Andrew se acomodó en el sofá roído y ligeramente mohoso mientras le daba una calada a su cigarrillo West recién encendido. Melanie acababa de marcharse escaleras abajo para no volver nunca más. O al menos esa había sido su amenaza.
-Ya me echarás de menos- le había dicho justo antes de que ella diera el portazo definitivo.
La joven rubia de ojos celestes y cuerpo sinuoso siempre había sido demasiado temperamental para su gusto. Demasiado ruidosa, demasiado liberal, demasiado franca, demasiado intransigente. Demasiado ella misma.
Si Frank no le hubiera exigido que compartiera el pequeño apartamento de los suburbios con ella, la habría echado a la calle el primer día que le alzo la mano, pero tenía que soportarla aunque su voz chillona le sacara de quicio y su taconeo incansable le crispara los nervios. Aborrecía sus ataques de locura, sus manías extrañas, la forma en la que hablaba, sus noches en vela escuchando programas estúpidos en la radio y sus berrinches tontos acompañados de litros de cerveza.
-Deberías bajar el listón- le había dicho en más de una ocasión, burlándose de ella.
-¿Y conformarme con un fracasado como tú?- reía, sarcástica- No gracias.
Cada vez que le decía que era un inútil, él se limitaba a encogerse de hombros. Hacía años que había perdido a su abuela, la única familia que había conocido y nunca había terminado los estudios que ella intentó pagarle con tanto esfuerzo. Tampoco tenía un trabajo. Nunca lo había necesitado. Era mil veces más fácil vivir de las cuantiosas ayudas del Gobierno gracias a las tretas de su amigo Frank. Aunque tuviera que conformarse con un pequeño piso de treinta metros cuadrados en los suburbios. Había perdido la cuenta de cuántos carnets y pasaportes falsos tenía y había tenido, y también de cuántas veces había estado a punto de ser detenido. Pero por suerte, desde que se había mudado a aquella zona en la que la mayoría de los habitantes rozaba la ilegalidad no había vuelto a tener problemas.
Más de una vez le había preguntado a Melanie por qué ella estaba allí. Era una chica prometedora e inteligente y no tenía necesidad alguna de relacionarse con marginales como él.
-¿Nunca has matado a nadie, Andrew?- le preguntó, muy seria.
La joven se echó a reír al ver que se había tragado su perfecta actuación y él se sintió como un estúpido. No podía imaginársela como una asesina, al menos no con su rostro dulce. Tampoco podía imaginársela a la caza de hombres desprevenidos a los que robar o como prostituta de aquella zona. Tenía demasiada clase.
Frank tampoco le dio respuestas. Su amigo le quitó hierro al asunto moviendo su larga melena caoba y le sonrió mientras dejaba el dinero de los dos cafés que habían tomado sobre la barra de la cafetería más cara del centro. A pesar de ser un delincuente, a él le trataban con respeto. Y no era para menos cuando se vestía con sus trajes de sastre y su corbata perfectamente planchada. Él sabía de leyes, y las manejaba a su antojo. Había estudiado, tenía un buen puesto de trabajo y aún así robaba. Por eso no sabía quién era peor, si él mismo o su adinerado amigo.
Andrew le dio otra calada a su cigarro y retuvo ligeramente el humo en sus pulmones. El apartamento estaba demasiado silencioso. Podía escuchar al matrimonio que tenía justo encima discutir sobre sus supuestos amantes antes de que los muelles de la cama empezaran a crujir con un ritmo desenfrenado, podía escuchar la tos del anciano que tenía al lado y cómo escupía por el balcón. Desde que Melanie había llegado nunca había tenido tiempo para pararse a escuchar la vida que ocurría a su alrededor. Estaba demasiado ocupado con la suya propia. Ella le había dado un poco de emoción.
Sin quererlo, se había enamorado de ella. De aquel parásito que le estaba chupando la vida, el dinero y las energías, y le amargaba a diario. Se había enamorado de su mal genio, de su poca paciencia, de su cuerpo oculto tras las camisas anchas que le robaba cuando estaban limpias, de su sonrisa pícara y su astucia. Y ella se había marchado porque no soportaba vivir ni un segundo más bajo el mismo techo que él. Lógico.
El joven apagó el cigarro en el pequeño cenicero de cristal lleno de ceniza y colillas y tomó su chaqueta color tierra. El suelo estaba lleno de trastos y de basura que tuvo que sortear para llegar hasta la puerta. Melanie le había dicho más de una vez que iba a enfermar en esa pocilga por su culpa. Las latas de cerveza se amontonaban en los rincones, había charcos oscuros y pegajosos y algo de sangre reseca, restos de sus peleas callejeras, en algunas zonas de la moqueta.
-Me parece que Frank se va a quedar sin su fianza- le contestaba siempre. Y ella enrojecía de rabia y subía las escaleras de madera que daban al pequeño altillo de poco más de medio metro en el que estaba el colchón en el que dormía-. Eres demasiado dramática. ¿Sabes?
-Y tú eres un cerdo.
El frío de principios de noviembre le recibió nada más salir del pequeño portal en el que estaba su apartamento. Era una calle estrecha por la que el viento se colaba a su antojo de un lado a otro, removiendo el cabello de aquellos que se aventuraban a caminar por la zona. Era un lugar conocido por las peleas, las violaciones y los asesinatos, así que por suerte no tenía que ver a gente elegante y a familias felices con niños y chucho incluido. Eso le habría puesto de muy mal humor.
Encendió otro cigarro colocando la mano justo ante el mechero para que la llama no se apagara mientras caminaba. Si conocía a Melanie, estaría esperando a que pasara un taxi o un autobús que le llevara hasta el aeropuerto o hasta la estación de trenes. Siempre había soñado con marcharse de aquel lugar turbulento y apestoso. Y le extrañaba que en aquellos meses no lo hubiera hecho.
Una sonrisa tonta se dibujó en su rostro al comprobar que no se equivocaba. Ella estaba de pie junto a la parada del autobús a algunas manzanas del apartamento. La joven, apoyada en su maleta, le daba la espalda. Escasos metros de distancia les separaban.
Andrew dio la última calada a su cigarro y lo tiró al suelo. Retorció su bota gastada sobre la colilla y se colocó la chaqueta adecuadamente. Melanie le iba a decir a la cara que era un bastardo y un mal nacido, pero no le importaba mucho. Lo único que quería era zanjar aquella pelea y que ella regresara a casa, aunque para eso tuviera que limpiar todo el apartamento o afeitarse más a menudo. Estaba harto de peleas tontas como la de aquel día.
El joven estaba a punto de cruzar la calle y darle un pequeño susto cuando dos hombres vestidos con chaquetas oscuras y sombreros negros de ala corta le cortaron el paso. Sus rostros oscuros y sus miradas afiladas le dejaron bien claro que no iban precisamente a pedirle tabaco.
-¿Andrew Collins?- preguntó el más maduro. Algunas canas empezaban a notarse en su cabello castaño.
-Soy yo. ¿Qué quieren de mí?
El hombre que había hablado le hizo una señal al más joven con la cabeza. Este le cubrió la boca con la mano y le tomó por el brazo derecho, mientras que su compañero le tomaba por el izquierdo. Entre los dos le metieron en el callejón más cercano mientras él trataba de escapar en vano.
El autobús llegó justo cuando comenzaban a caer unas gotas tímidas. Melanie había sido precavida. Por eso, llevaba en la mano el paraguas grisáceo que iba a juego con su gabardina perfectamente planchada. Siempre había sido una mujer metódica y organizada, y durante aquellos meses había tenido que aprender a sobrevivir en un lugar sucio y caótico en el que tenía que comportarse como una mujer impulsiva. Era la única forma de poder escapar de las personas que la perseguían.
La joven subió la escalerilla de metal del autobús y se sentó con elegancia en uno de los asientos tapizados en burdeos que quedaba pegado a la ventana. Desde ella se podía ver la pequeña calle que había recorrido esa misma mañana al abandonar su patético hogar. Y también el pequeño callejón del que salían dos hombres vestidos de negro. El más corpulento con una pistola aún humeante en la mano. Por allí no era raro ver asesinatos. Tampoco era raro encontrarse un cadáver en una esquina acribillado a balazos. Nadie preguntaba. Nadie buscaba a los culpables. Ni siquiera Frank pondría pegas cuando ella fuera a verle al día siguiente a su despacho en persona. Le había dicho que podría hacer lo que quisiera con Andrew una vez acabara su trabajo allí.
Y ella había decidido no dejar ningún cabo suelto.

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