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martes, 16 de junio de 2020

Deseo

Debía haber sido precavido. Laur no era una genio cualquiera, no era una Djinn. Su cuerpo no era azul y gaseoso, sino que estaba hecho de basalto, bronce y llamas. Cuando froté la lampara, tuve ante mi a una Ifrit, un demonio de fuego, uno de los más poderosos y orgullosos de todos aquellos seres mitológicos. Su sonrisa cínica y su rostro afilado y astuto deberían haberme bastado para arrojar la lámpara al fondo de alguna sima y haber corrido todo lo lejos que hubiera podido, rezando para que nadie encontrara aquel mágico objeto, pero la voz melodiosa de la Ifrit, sus ojos de fuego y sus promesas de riquezas y poder consiguieron conquistarme antes de que pudiera pensar con claridad qué hacer con el torrente de magia que había encontrado por casualidad en el mercado de una ciudad del Desierto Negro. 
—Puedo concederte tres deseos. Ni uno... 
—Conozco las reglas —espeté. 
Estábamos en el desierto, casi a las puertas de la ciudad. Tenía la lámpara entre mis rodillas y con el dedo índice en la barbilla pensaba cuál sería  mi siguiente deseo. Ya tenía fortuna, dos esposas bellas y jóvenes a las que podía mantener, un negocio próspero y cinco hijos sanos y fuertes. Cualquiera podría haber dicho que era un hombre feliz, pero no me conformaba. ¿Quién se hubiera conformado teniendo mi facilidad para encontrar contenedores de metal en los que había genios encerrados? 
Laur esbozó una sonrisa divertida y me apremió para que pidiera mi primer deseo. 
—Si quieres, puedo calcinar una ciudad entera —sugirió—. Estoy segura de que tienes algún enemigo al que deseas perder de vista. Todos tenéis uno. 
—¿Estás loca? Todo el mundo me adora. 
Ella no replicó. Simplemente volvió a sonreír y se frotó los brazos con sus largas uñas de piedra negra. Aquel sonido rasgado me puso el vello de punta. 
—Podría hacerte más hermoso. 
—¿No te parezco guapo? —pregunté, ofendido. No en vano, había sido uno de los deseos de los que estaba más orgulloso. 
—Los humanos me parecéis tan hermosos como los sapos de las ciénagas. 
—Qué rencorosa —murmuré, mientras seguía pensando en mi deseo—. Deberías ser más amable, soy tu amo. 
—No lo seré, a no ser que lo desees. 
La miré, visiblemente confundido. No estaba acostumbrado a un comportamiento tan descortés. Los Djinns siempre me habían tratado con pleitesía. 
—¿No me hablas con respeto y me llamas mi amo
Si en ese momento Laur hubiera podido abrasarme con su enorme poder, lo habría hecho. Yo no sabía que los Ifrit son terriblemente destructores y malignos. Son servidores del demonio y odian a los humanos. Nos consideran creaciones inferiores, seres que debían servirlos a ellos y no al contrario. 
—Deberías dejar de parlotear y pensar, rata asquerosa. Odio perder el tiempo. 
—No es que fueras a aprovecharlo mucho más dentro de esa lampara. 
Los ojos chispeantes de Laur me atravesaron cuando me eché a reír. Su enorme poder no me parecía imponente. Mientras estuviera atrapada en el recipiente de metal no podría hacerme daño. 
—¿Y una plaga? —preguntó. Empezaba a impacientarse— ¿Una guerra civil? ¿La muerte del sultán? Alguien tendría que ocupar su puesto. 
—¿Puedes hacerme sultán? 
—¿Lo dudas? Serías asquerosamente rico y poderoso. Ya te lo he dicho antes. 
—Está bien —dije, mientras me ponía en pie—. Deseo ser sultán. 
Ella rio y alzó sus brazos hacia el cielo anaranjado. El aire estaba lleno de polvo del desierto. 
—Pero... 
—¿Pero qué? —escupió. 
—Para ser sultán no deseo matarlo —dije. Temía que Laur quisiera destruirme. Deseo que se me elija como sucesor. 
—¿Algo más? 
—Nada más. 
Laur elevó entonces sus brazos hacia el cielo y, envuelta en llamas abrasadoras, se esfumó. De pronto, se escuchó un crujido y una gran columna de fuego surgió de las entrañas de la Tierra. Los edificios se vinieron abajo, se hundieron en los ríos de lava que la Ifrit había hecho correr bajo la ciudad. Todos mis vecinos gritaban y corrían, tratando de huir de la tormenta de fuego que estaba arrasando la ciudad. 
—¡No! —exclamé— ¡Esto no es lo que yo quería! ¡Para! ¡Deseo que pares! 
La Ifrit apareció horas después, cuando a mí ya no me quedaba voz para rogarle que detuviera aquella masacre, con su sonrisa cínica y su cuerpo volcánico. Volutas incandescentes se arremolinaban a su alrededor. Estaba orgullosa de su trabajo. 
—No es mi estilo dejar un deseo de mi amo a medias. 
—¡No te burles de mí, estúpido genio! 
Laur se volvió. Ya casi no quedaba nada de la ciudad. Un hombre había escapado de las llamas y avanzaba hacia nosotros, encorvado. Tenía una herida terrible en el vientre y gran parte de su cuerpo, envuelto en ricos ropajes, estaba quemado. En sus manos, llevaba el turbante del sultán. Él era el sultán. Sus ojos negros me miraron, suplicantes, cuando depositó el símbolo de su poder sobre mis manos. No pude hacer nada por él. Se desplomó sobre la arena, sin vida. 
—Felicidades. Eres el nuevo sultán. 
—¡Desee que no lo mataras! ¡Esto no es lo que yo había pedido! 
Ella me sonrió y ladeó la cabeza. El cabello de llamas le cayó con gracia sobre los hombros, cubiertos por una armadura de bronce. 
—Cuando te entregó el turbante ya no era sultán. 
—¡Maldita seas! —exclamé, rabioso. 
Ver la muerte de una ciudad entera con mis propios ojos me hizo enloquecer, me nubló el pensamiento y me hizo cometer mi peor error. 
—¿Cuál es tu siguiente deseo? 
—¡Desaparece de mi vista! ¡Deseo no volver a verte nunca más! 
Lo último que vi fue la sonrisa de la Ifrit. Sentí un dolor ardiente en los ojos y me vi obligado a arrodillarme sobre la arena. Sentía la sangre caliente sobre mi mano. Había sido un estúpido. Debía haber pensando bien mis palabras antes de formular mi deseo. 
—Piensa bien el último. 
Laur me susurró en el oído aquellas palabras. Su ardiente proximidad me asfixiaba. El dolor y la falta de oxígeno no me dejaban pensar con claridad. Tan solo quería que aquel demonio recibiera su merecido. 
—Deseo que vuelvas a la lámpara y nadie vuelva a encontrarte, que a tu lámpara le caiga encima toda la arena del desierto y jamás vuelva a salir a la superficie. 
La Ifrit dejó escapar una pequeña carcajada. No deseaba cumplir mi deseo, pero estaba obligada a obedecer. 
—Está bien... Pero recuerda que mi lámpara está junto a ti y junto a la ciudad. No sabía que tu deseo era ser el sultán de las arenas. 
Escuché cómo Laur se introducía en el interior de la forma en forma de vapor rojizo, tal y como había salido, y seguidamente pude notar el viento abrasador en la piel. Cada vez había más y más arena y yo no podía hacer más que rezar. Había tenido todo lo que un hombre podía desear, pero había querido más. Había jugado con la suerte y la avaricia y había perdido. Laur me había derrotado. Tan solo esperaba que, cuando el peso del desierto acabara con mi vida, el creador se apiadara de mi alma. 

miércoles, 3 de junio de 2020

El viejo del tractor

Ya estaba cerca de la vieja casa de campo. Allí vivía un hombre viejo, muy viejo, que rara vez se levantaba de la silla de madera pegada junto a la ventana. El hombre tenía el rostro y las manos surcadas por cientos de arrugas, el cabello ceniciento, los ojos negros, hundidos y acuosos y los dientes amarillos de tanto fumar. Otra de sus características era que siempre fumaba un cigarrillo tras otro. Recuerdo que no había acabado el que tenía entre los labios agrietados cuando ya estaba encendiendo el siguiente. No era de extrañar que bajo su ventana, tuviera una increíble montaña de colillas que se desparramaba sobre el césped descuidado. Su aspecto y el de su casa eran terribles, pero su carácter no era mucho mejor. Sus labios siempre estaban curvados en una mueca amarga y cuando los chiquillos de otras casas veraniegas próximas jugaban demasiado cerca de su parcela, les llovían decenas de insultos y amenazas. Sin embargo, los críos se reían y lo retaban. Eran conscientes de que no se levantaría de la silla para ir a por ellos. 
Dejé el coche a varios metros de la vivienda y me encaminé hacia el porche. Allí, todo seguía igual, aunque mucho más triste y envejecido. El césped repartido en parches sobre la tierra oscura, que me hacía cosquillas en los tobillos, estaba peor de lo que lo recordaba. Antes de llamar, le di una pequeña vuelta a la casa y no pude evitar sonreír al ver el tractor abandonado y oxidado en el que tantas veces había jugado y que tantos quebraderos de cabeza le había dado a mi madre. Por suerte, nunca me había cortado con ninguna pieza de metal y no había tenido que llevarme al médico a que me pusiera la vacuna del tétanos. 
Aquel hombre, Ricardo, era conocido como El viejo del tractor, porque nadie más tenía uno. Él había vivido siempre del campo, de su sudor y su trabajo, no como los ricos de la ciudad que habían comprado las parcelas aledañas. 
Llamé a la puerta ennegrecida con los nudillos. Ricardo detestaba el sonido del timbre y por eso había pedido que lo desconectaran. 
La joven cuidadora de Ricardo abrió rápidamente, me recibió con una amplia sonrisa y me invitó a pasar. Hacía poco tiempo que trabajaba para él, pero ya me conocía. Yo iba a visitarlo cada semana. Para mí, aquel hombre huraño que nos había acogido a mi madre y a mí cuando huíamos de los malos tratos de mi padre, era como un abuelo. 
Al entrar en el pequeño salón le saludé con energía, pero él ni siquiera se volvió. Su mirada vítrea estaba perdida en la lejanía, en los árboles que crecían más allá de la ventana. Me senté frente a él. El hombre aún estaba en su vieja silla y tenía un cigarrillo sin encender entre los dedos. Sus arrugas se habían acentuado desde que yo era un niño. El tiempo no pasaba en balde. 
—Hoy le he traído uno de mis cuadros, Ricardo. ¿Le suena? 
El anciano se volvió para mirar el pequeño lienzo sobre el que yo había dibujado la parte trasera de la casa. Allí estaba plasmado, con todo lujo de detalles, su pequeño tesoro. 
—¿Es mi tractor? —preguntó, repasando con sus dedos llenos de callos los trazos del pincel. 
—El mismo — dije, mientras asentía con la cabeza. 
Entonces, sus ojos se levantaron hacia mi rostro, curiosos y desorientados. 
—¿Y tú quién eres? 
No pude evitar que un suspiro decepcionado escapara de mis labios. Hacía meses que Ricardo ya no me reconocía. Sus recuerdos estaban enfermos y morían poco a poco, pero yo estaba dispuesto a hacer cualquier esfuerzo por ayudar a su memoria. No me importaba decirle mil y una veces mi nombre y recordarle todo lo que habíamos vivido diez largos años. 
Durante toda la tarde, él escuchó cómo le relataba nuestras vivencias, todas las veces que él me había enseñado cómo se vivía en el campo y cómo me había apoyado cuando quise dedicarme al arte. Al final, se rió de mis ocurrencias y me comentó que él nunca había tenido hijos ni nietos y que  siempre había vivido solo. Quizá, lo que más me dolía no era que se hubiera olvidado de mí o mi madre, sino que hubiera olvidados esos tiempos en los que fue feliz. 
Una vez cayó la noche, cansado de recordar tantos buenos momentos, me despedí de Ricardo y de su cuidadora y puse rumbo a la ciudad. Aquella fue nuestra última charla, nuestra despedida. No pude volver a verle nunca más. 

jueves, 28 de mayo de 2020

Nefelibata

—Nefelibata. 
Dejé el libro a un lado y le dediqué una mirada inquisitiva. Gabriel y yo estábamos sentados en la alfombra de piel de toro del abuelo, leyendo cada uno nuestras respectivas lecturas. Hacía varios minutos que ninguno de los dos habíamos dicho una sola palabra, por eso su comentario me pilló completamente desubicada. 
—¿Cómo dices? 
—Lo que me ha dicho el abuelo. Me ha dicho que soy un imbécil que siempre está en las nubes y que así no podré hacer nada de provecho en la vida. 
Asentí. El abuelo había sido muy duro con él durante la comida. Era cierto que Gabriel era un chico que rara vez tenía los pies en la tierra y al que le gustaba fantasear con futuros que no estaban a nuestro alcance. De niño, incluso había llegado a tirarse por una ventana. Ya por aquel entonces, soñaba con poder volar. Por suerte, esa ventana era la del primer piso y solo se raspó un poco las rodillas. Después del incidente, nuestra madre le dio un azote y lo mandó a la cama, para que pensara en lo que había hecho. Mientras estábamos merendando unas galletas en la cocina, mi madre y yo lo escuchamos saltar de una cama a otra y después darse un golpe tremendo contra el suelo. La cicatriz  de la brecha que se hizo con la mesita de noche decoró para siempre su frente, pero eso no le hizo desistir en su idea de conquistar el cielo. 
—¡Pues se equivoca! —exclamó, saltando del sillón de orejas. Aterrizó a mi lado, de rodillas. Con su dedo señalaba una palabra en el diccionario que llevaba toda la tarde consultando—. Lee bien. ¡Nefelibata! 
Le arranqué el diccionario de las manos y lo coloqué sobre mis piernas dobladas. Busqué rápidamente la palabra por orden alfabético, pues la había perdido, y leí con detenimiento.
"Nefelibata. Dicho de una persona: que no se apercibe de la realidad". 
Desde luego, aquel término se ajustaba a la perfección a mi hermano. 
—Y a ti también te define —dijo, dando golpecitos con su dedo sobre la tinta negra de la hoja—. ¿O me dirás que tú no eres nefelibata? 
—¡Yo sé cuándo estoy soñando y cuándo algo puede ser realidad! —exclamé. Él ya me había dado la espalda y se había dirigido hacia la ventana del salón—. No soy tan tonta como tú. 
Gabriel se sentó en el alfeizar y me sonrió. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa traviesa en los labios. Para él, ser un tonto no era ningún insulto, sino un halago, porque todos los que habían tenido un gran sueño habían sido tildados de estúpidos y locos alguna vez en su vida. 
—Te compadezco. No hay nada más triste que una persona que está anclada y no puede soñar. 
—Pero sí que puedo soñar —repliqué. 
Sin embargo, con el tiempo, fue más que evidente que comparada con él, sí que estaba anclada. Mientras él fantaseaba, yo logré terminar mis estudios y conseguí un trabajo. En todo aquel tiempo, Gabriel se negaba a enfrentarse a la realidad y a crecer. Los sueños de mi hermano iban más allá de lo que nuestra familia y yo misma podíamos comprender. Saltar desde una ventana o de una cama a otra simplemente fue el principio de nuestros quebraderos de cabeza. 
Si algo tienen en común los soñadores como Gabriel, es que ninguno de ellos vive demasiado y mi hermano no fue una excepción. Era muy joven cuando se marchó por culpa de un terrible accidente, pero yo estoy segura que aún entonces seguía soñando y que seguiría haciéndolo allí donde estuviese. Su pérdida me hacía sentirme triste, pero en el fondo, cada vez que miraba las estrellas y le recordaba, queriendo siempre volar tan cerca de ellas, sabía que mi hermano nunca habría sido feliz viviendo anclado al mundo real. Porque él, no era un iluso, no era estúpido ni estaba loco. Simplemente era nefelibata. 

sábado, 23 de mayo de 2020

Piruleta

Rebusco en mis bolsillos. Siempre llevo una piruleta encima por si las moscas. El dueño de la tienda de chucherías de la esquina me trata como una niña grande cada vez que compro un buen puñado. No puedo hacer más que dedicarle mi mejor sonrisa fingida y salir a paso apresurado. No soy capaz de aguantar demasiado tiempo el asco que me produce su forma de tratarme. Sacudo la cabeza. Ahora eso no es importante. Con cuidado, dejo la pequeña golosina sobre la mesita de cristal. Me gusta dejar firmadas mis obras de arte. Que sepan que he sido yo. 
Le doy la espalda a la ventana por la que se cuelan las luces nocturnas de la ciudad y respiro hondo, saboreando el momento. Soy consciente de que tengo que marcharme, pero el momento posterior a hacer algo prohibido y peligroso es excitante y me gusta alargarlo todo lo posible para disfrutarlo. Sin embargo, no puedo arriesgarme a que la policía llegue antes de que me haya ido. Estoy segura de que loa vecinos han escuchado los gritos y los cristales rotos. Ya sospechan algo. No puedo confiar en que no denunciarán el alboroto. Son las cuatro de la madrugada, debo haberlos despertado a todos. 
Recojo mis tacones de aguja del suelo y los guardo en mi amplio bolso, justo en el lugar donde antes estuvieron las zapatillas de deporte que ahora llevo puestas. Me coloco minuciosamente el abrigo gris y me aseguro de no dejar una sola prueba contra mí en el apartamento. No me he quitado los guantes durante toda la noche. A estos pirados les encantan. Les ponen. Y eso me facilita las cosas. Le echo un último vistazo al cuerpo, completamente desnudo, peludo y obeso. Tiene una puñalada en el pecho, sangre en la nariz y en la parte posterior del cráneo. No es de los peores escenarios de un crimen, pero tampoco de los mejores. Alguna vez he tenido que mancharme demasiado de sangre, aunque en realidad nunca me ha importado.
Recuerdo perfectamente la primera vez, el primer hombre horrible de mi vida y el que empezó todo esto. Era alto y fuerte, atlético, y tenía las manos demasiado largas. Aquel hombre, era amigo de mi padre y yo tenía doce años la primera vez que abusó de mí en uno de los cuartos de invitados, mientras mis padres charlaban y reían con su mujer en el gran salón de nuestra casa. Me convenció de que no debía decir ni una palabra de lo que había ocurrido, que tan solo era un juego privado entre nosotros y que si me portaba bien, cada vez que pasara me daría una piruleta, como hacía con los niños de su consulta después de auscultarlos. 
Aguanté esa tortura durante años por vergüenza y miedo, oculté mi sufrimiento todo lo bien que pude durante mucho tiempo, pero al cumplir los dieciocho años decidí que debía poner punto y final a aquel asunto. Por aquel entonces, ya había conocido a mi primera pareja y no podía la presión que suponía un secreto tan grande, un secreto que había hundido mi vida poco a poco.
Fui hasta su consulta, decidida a hacer cualquier cosa por apartarlo de mí. Le amenacé y le insulté. Le dio miedo mi determinación. Si yo hablaba, le hundiría la vida, perdería su trabajo como pediatra y también a su familia. Un castigo bien merecido, sin duda.
Se volvió loco. Me cogió por los brazos y me zarandeó, insultándome en voz baja para que nadie fuera de la consulta pudiera escucharlo. Yo traté de liberarme, pero él era mucho más fuerte. Él tenía el poder y yo solo era una pequeña marioneta obediente. Siempre había sido así. Forcejeamos y conseguí escapar. Eso le hizo enfurecer. Volvió a alcanzarme, pero esta vez no se anduvo con tonterías. Me agarró del cuello con tanta fuerza que creí que me lo partiría y me cortó la respiración. Tengo que reconocer que pensé que me mataría. Tuve mucha suerte. Seguí luchando por mantenerme con vida golpeándole y empujándole como podía con mi cuerpo. En uno de aquellos empujones perdió el equilibrio, me soltó y cayó de espaldas hacia el suelo, golpeándose en la nuca con la mesa cuadrada de su consulta. El lapicero en el que guardaba sus piruletas cayó junto a él y las golosinas se repartieron sobre su cuerpo y sobre el suelo. Aún me parece casi poético aquel detalle. Sin saberlo, acababa de firmar mi primer y accidental crimen.
Se oyeron unos golpes tímidos en la puerta de la consulta. Había pacientes esperando. Si abrían la puerta me cogerían, así que no me lo pensé dos veces antes de salir del edificio por la ventana. Nadie sabía que yo estaba ahí y nunca lo sabría. Por suerte, no había cámaras grabando.
Tras aquel incidente, creí que todo habría acabado y sin embargo, no había hecho más que empezar. Mi pareja, tan dulce al principio, acabó por chantajearme para mantener relaciones con él a diario, quisiera o no. Con él fue más fácil. Simplemente se marchó cuando descubrió que yo no era lo que él deseaba. Eso le salvó la vida. 
Después llegaron muchos más, de muchos tipos, con muchas máscaras perfectas. Fueron capaces de contarme cosas terribles mientras tomábamos unas copas. Es increíble lo que se desata una lengua con la cantidad de alcohol adecuada y un par de engaños. Cuando finges que eres una mujer sin escrúpulos, aquellos seres sin alma alardean de sus relaciones con menores, con hijas de amigos, con alumnas, con sobrinas, e incluso con hijas. A cada uno de ellos, les dejé una piruleta junto a sus cuerpos antes de marcharme de los hoteles y apartamentos a los que me llevaban. 
Con el tiempo, me había ganado una reputación en el mundo de los asesinos en serie. Yo era el asesino de la piruleta, un nombre ridículo pero bien merecido. La gente ya empezaba a temerme, pero yo no era peligrosa. Solo era peligrosa para los hombres que, como el amigo de mi padre, como el hombre que yace a mis pies en el apartamento, han hecho daño a niñas inocentes como lo era yo. 
Me aseguro de que no hay nadie en el pasillo antes de salir. Hace frío en la calle iluminada por una farola medio fundida, pero pedir un taxi no es demasiado inteligente, así que me aventuro entre los callejones, donde la policía no puede encontrarme e interrogarme. Una mujer sola, a las cuatro de la madrugada no es algo muy común y no puedo dejar que me reconozcan como posible sospechosa.
Me alejo lo suficiente como para poder fumarme un cigarrillo tranquilamente mientras observo las luces azules llegar. Es un espectáculo divino que me eriza todo el vello de la espalda. Ellos no lo saben, pero están observando la escena del crimen de un pederasta, de una persona que había acabado con el futuro de muchos niños, porque aquel malnacido no discriminaba entre niños y niñas. 
Acabo el cigarro rápido, pero no tiro la colilla sino que la llevo conmigo hasta mi propio barrio, donde ya no pueden relacionarme con el asesinato. 
La ducha de aquella noche, después de quitarme la peluca y el maquillaje me sabe a gloria. Tengo pensado dormir hasta bien entrado el día. Es domingo y me merezco un descanso. He hecho justicia, quizás no como debería hacerse, pero sí de la única manera que conozco. No tengo remordimientos. He hecho lo que tenía que hacer. 

martes, 19 de mayo de 2020

Veneno

Desde pequeña me habían instruido en el arte de las plantas curativas, las pociones y los polvos, los emplastos, los puntos de sutura, el agua y el fuego. Desde que llegué al mundo, mi madre había intuido que tenía un don especial para sanar a los heridos y cuidar de los enfermos, por eso se había esmerado en enseñarme todo lo que ella y el resto de mi familia conocía tan bien. Nosotros éramos los curanderos del pueblo. Todos y cada uno de nuestros vecinos acudían a nuestra casa a pedirnos algún que otro tónico para el dolor de muelas, plantas y extractos para calmar a los niños por las noche, algún remedio para la infertilidad e incluso nos preguntaban si podíamos sanar los huesos de los animales o aumentar la cantidad de leche que era capaz de producir una vaca. 
No puedo quejarme de mi infancia. Fue muy feliz. Tenía una familia que me quería y nuestros vecinos eran amables con nosotros, al menos hasta que llegaron las cazas de brujas. Por aquel entonces yo ya tenía quince años y me había convertido en una muchacha atractiva, más incluso de lo que me hubiera gustado, porque si la fealdad hubiera estado presente en mi rostro, quizás aquel hombre de la realeza jamás se habría fijado en mí y yo podría haber seguido siendo libre. 
Austin se presentó en casa a mediados de noviembre. No llevaba escolta. Tan solo uno de sus sirvientes de confianza lo acompañaba para encargarse de todas sus necesidades. El hombre sabía que allí estaría a salvo. Mi familia era conocida por ser altruista y pacífica. Pocas veces habíamos cobrado de más por nuestras medicinas o habíamos empezado alguna riña con los vecinos. Creo que mi padre jamás le habría levantado la mano a nadie de no ser absolutamente necesario. 
—Seré breve —dijo, después de presentarse. Ni siquiera recuerdo todos los títulos que enumeró, porque eran demasiados—. He oído que en esta casa se practica magia negra. Dicen por ahí que sois capaces de curar los huesos y los dientes con malas artes, que maldecís a cualquier hombre honrado que os inoportune gracias a la ayuda del maligno. 
Conforme Austin hablaba, veía encenderse las mejillas de mis padres. Estaban rojos de ira, no de vergüenza. Ninguno de nosotros podía entender qué habíamos hecho para que aquel hombre viniese hasta nuestra casa a insultarnos. No éramos malvados y aún menos tratábamos con el demonio. ¡Dios nos libre!
—¿Cómo se le ocurre...? 
Austin alzó su obesa mano para callar a mi padre. En sus dedos brillaban al menos siete anillos. 
—Sabréis que están dando la orden de quemar a todas las brujas de la región. Yo he venido a ofrecer mi protección por un pequeño precio. 
Mi madre me cogió por los brazos y me apretó contra su pecho. Siempre he sospechado que ella intuía lo que aquel hombre despreciable estaba a punto de pedirles a cambio, quizás porque no apartaba sus ojos azules de mí hasta que no terminaba cada frase. Entonces, los dirigía hacia mi padre, para observar su expresión consternada. 
—Si vuestra hija fuera mi curandera personal, yo podría garantizar que esta casa está libre de brujas. ¿Por qué iba a tener a alguien de la familia trabajando para mí si estuviera relacionada con el demonio? 
Jamás vi más enfadado a mi padre. Si mi madre no lo hubiera detenido, sé que habría sido capaz de abofetear a Austin. Mi madre hizo bien. Esa falta de respeto, nos habría costado la vida. 
La conversación siguiente fue larga y densa. Mis padres no querían que me marchara con aquel hombre, querían que nos dejaran en paz y poder seguir viviendo como lo habíamos hecho hasta entonces, con nuestros conocimientos sobre plantas curativas y los animales domésticos, pero todos sabíamos que una vez nos señalaran como brujas nuestra vida se hundiría para siempre. 
No me fue difícil decidir. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por el bien de mi familia, por salvarlos de morir quemados vivos en la hoguera. Austin se frotó las manos al oír mi elección y, aunque mis padres trataron de detenerme, aceptaron que quisiera protegerles. Con cautela, mi madre pidió que nos dejaran un momento a solas para despedirnos y, entonces, me entregó mi posesión más valiosa. Se trataba de una pequeña joya, un anillo de oro con un labrado delicado y con una piedra verde semipreciosa engastada. Me pidió que lo guardara para siempre y que si, en cualquier momento lo necesitaba, lo utilizara. La piedra estaba hueca por dentro y, apretando un pequeño botón que podía accionarse fácilmente con el pulgar, se abría para mostrar un pequeño compartimento en el que perfectamente cabían cinco o seis gotas de alguna solución. 
Mi madre me abrazó y me besó, consciente de que podía ser la última vez que lo hacía. Mi padre se despidió de mí de la misma manera, bajo los ojos fríos de Austin. 
El primer viaje en su carruaje fue terrible, repleto de miradas sucias y palabras aún peores, pero nada comparado con los años que viví en su palacio. Su mujer y todo el servicio me miraban con recelo. Yo era una muchacha joven, de un pueblo humilde, que jamás había conocido los lujos de la realeza ni tampoco sus costumbres. Todo era nuevo para mí. Me sumergí de golpe en un mundo que jamás querría haber descubierto. En comparación con el resto del servicio, yo era tosca y torpe, no sabía modales y me costaba comportarme. Nadie me había enseñado que debía ser dulce, sumisa y callada. Tampoco estaba dispuesta a hacerlo. 
Para apartarme de la vista de su esposa, Austin, como él quería que lo llamara, me proporcionó una pequeña habitación donde yo elaboraría las curas que él necesitaba para los caballos y el servicio y también algunos polvos que conseguirían que su mujer, por fin, pudiera concebir un hijo. El matrimonio trataba por cualquier medio de conseguir un heredero, pero la salud de Mónica era frágil como el cristal. No estoy segura de si fueron mis remedios los que consiguieron que la mujer quedara embarazada, lo único que sé es que, tras su muerte y la muerte del niño durante el parto, Austin se dedicó a insultarme y a agredirme, acusándome de haber sido la causante de su desgracia. Durante meses me sentí amenazada. Yo no había tenido la culpa de sus muertes. Eran ellos los que habían forzado aquella situación. 
Harta de los malos tratos de Austin, me encerré en mi pequeño laboratorio durante días. El temperamento del hombre no hacía más que empeorar, otras mujeres del servicio habían sufrido sus arrebatos de ira y lloraban cuando nadie podía verlas. Yo las escuchaba desde mi pequeño santuario cuando bajaban un par de escaleras para desahogarse durante algunos minutos. 
Me miré los brazos amoratados. Las huellas de sus dedos estaban ahí, recordándome que era un hombre despreciable. Prefería no mirarme la cara. En su último arrebato me había partido el labio y me dolía la mandíbula. Yo había sido el objeto principal de su ira, pero no volvería a serlo. Nunca antes había pensado en usar el anillo que me regaló mi madre, hasta entonces. Tomé con decisión algunas de las plantas que empleaba para hacer remedios y con ellas elaboré un sutil veneno. La diferencia entre la medicina y el veneno radica en su dosis. Es algo que había aprendido desde pequeña. Con cuidado, vertí algunas gotas de color pardo en el pequeño compartimento de mi anillo y me aseguré de cerrarlo bien hasta que llegara mi oportunidad. 
Austin solía tomar un buen vaso de té de hierbas por las tardes, tras su siesta, así que me aseguré de estar en las cocinas buscando algo de comer para entonces. Cuando la cocinera estuvo de espaldas a mí, me acerqué hasta la taza y abrí el compartimento con el pulgar. No me tembló el pulso. Rápidamente vacié el contenido, que cayó gota a gota al té, y me marché hacia la despensa. Cuando me vio, la cocinera ni siquiera me saludó, sino que levantó la cabeza con orgullo y me pasó, como hacía siempre. Aquella vez me dolió menos. Prefería ser invisible. Otra sirvienta se llevó poco después la taza, mientras yo devoraba un pedazo de pan. Me había asegurado de retirar cualquier resto de veneno que pudiera tener en las manos. 
Repetí aquella operación durante meses, en los que la salud de Austin fue menguando poco a poco mientras le daba mil remedios que no tendrían éxito. El hombre murió sin sufrir demasiado, mientras dormía. Sus médicos no pudieron encontrar ni un solo resto del veneno ni ninguna planta en mi laboratorio por la que pudieran acusarme. Me aseguraba de destruir a diario los restos que pudieran quedar del veneno. 
Al no tener un solo hijo, los sobrinos de Austin heredaron la casa y toda su fortuna. Ambos decidieron rápidamente que no necesitaban mis servicios, pues no había sido capaz de mantener a su tío con vida y había propiciado la muerte de su tía. A pesar de todo, parecían contentos con mi incompetencia. Gracias a mí, eran aún más ricos. Quizás por eso me dieron dinero de sobra como para poder vivir cómodamente, algunos vestidos viejos de la difunta, que yo me encargué de transformar en prendas mucho más cómodas y hermosas, y me facilitaron un carruaje que me llevó de vuelta a casa. 
No soy capaz de describir la cara de felicidad de mis padres al verme volver sana y salva a nuestro hogar. Mi madre me besó y miró el anillo. Yo asentí con la cabeza. No necesitamos decir nada más. Teníamos mucho tiempo que recuperar. 

sábado, 16 de mayo de 2020

Gordofobia

Es duro que te etiqueten para siempre como la gordaLa gorda del grupo, la gorda de la clase, la gorda de extraescolares... en general la gorda que debería dejar de serlo. Gorda no es un simple adjetivo, es una etiqueta que te perseguirá para siempre. Aunque bajes de peso, aunque te esfuerces por verte mejor delante del espejo estará ahí, esperando, agazapada, para recordarte que no vales demasiado para el resto del mundo, porque eso es lo que siempre te han hecho creer. Gorda no es una palabra cualquiera, son años y años de presión, de insultos, de miedos, de ansias de cambiar, de miradas de soslayo cuando pides una hamburguesa en cualquier local de comida rápida. Te juzgan. Tú eres la que nunca va a estar satisfecha con una cheeseburguer, si no la que probablemente se levantará para pedir un refresco grande y doble ración de patatas fritas. Eso está mal, porque estás gorda. Podrías ser tan solo  una chica independiente que disfruta de la comida, pero eres la gorda y esa losa que ha estado siempre sobre ti, pesa, no te deja vivir como a los demás. Te percatas de sus miradas, de sus risas y comes, pero no disfrutas, simplemente lo haces de forma automática, porque parece que te hace sentirte algo mejor. Tan solo sacias esa ansiedad que te atormenta. 
El espejo se burla, las redes sociales, repletas de cuerpos perfectos, se burlan. ¿Para qué vas a subir una foto si se supone que estás haciendo apología a la obesidad? ¿Para qué vas a demostrar que estás feliz con tu cuerpo si van recriminarte que no eres una persona sana? Nadie cuestiona el colesterol, la tensión o la diabetes de una persona delgada, nadie cuestiona sus rutinas de deporte, nadie se preocupa por la supuesta normalidad, pero sí cuestiona tu forma de vida porque la forma de tu cuerpo no les parece adecuada.
—¿No comes, tía? 
Parpadeó un par de veces. Otra vez vuelvo a darle vueltas al mismo pensamiento obsesivo. Ya no soy la misma persona de siempre. He cambiado, aunque tan solo por fuera. He perdido esa forma que tanto me hacía sufrir, ya no me miran, ahora soy una persona más del montón, una persona dentro de su peso. 
—No tengo mucha hambre hoy. 
—Pues deberías comer, te estás quedando demasiado delgada. 
Suspiro y le doy un bocado a mi hamburguesa. Vivimos en el mundo de la perfección, pero nadie es perfecto, todo el mundo es demasiado algo, demasiado alto, demasiado feo, demasiado prepotente, demasiado astuto, demasiado tonto, demasiado gordo. 
Somos demasiado y eso nos hace insuficientes en el mundo de la apariencia frágil y perfecta. 

Susurros

Hacía años que nadie entraba a aquella ruinosa catedral. Desde que la ciudad entera colapsara, todo había acabado hecho pedazos. Décadas atrás, la revueltas de los nuevos veinte habían acabado con el orden establecido, los insurrectos habían derrocado al gobierno después de años en los que se había vertido demasiada sangre de ambos bandos y ciudades enteras habían ardido hasta los cimientos, hasta convertirse en cenizas. Por suerte, la ciudad de mis padres, Oriall, prefirió rendirse y que sus habitantes sobrevivieran a enfrentarse a un nuevo ataque. La población no habría resistido otro bombardeo más, tampoco se lo merecía. Por aquel entonces, en Oriall tan solo vivían civiles muy pobres, principalmente niños refugiados de otras zonas arrasadas del país.
—Da miedo, ¿eh?
Asentí lentamente con la cabeza. La catedral, cargada de decoraciones florales y estatuas, estaba llena de polvo y telarañas. Los bancos que aún se mantenían en pie se habían podrido por la lluvia que se colaba por el techo agujereado por una de las bombas y se acumulaba en el cráter formando un pequeño lago verdoso. De entre las baldosas, crecían malas hierbas que nos llegaban hasta los tobillos. Ernest y yo éramos de los primeros que se habían atrevido a regresar veinte años después de que los libertarios, como el nuevo orden se hacía llamar, se hubieran llevado los cuerpos de las víctimas de la guerra y hubieran cubierto las estatuas con velos negros en señal de luto, un dolor que ellos mismos se habían encargado de crear y mantener. 
—¿Qué crees que dirían si pudieran hablar? —preguntó Ernest, mientras apuntaba a una de las estatuas con su linterna—. ¿Nos contarían cómo fue el bombardeo?
—Creo que no quiero saberlo —espeté, con desagrado. Quería marcharme de aquel lugar que me ponía el vello de punta cuanto antes. 

—No te pongas así, miedica. 
—¡Yo no tengo miedo! —exclamé. En realidad sí que lo tenía. Me temblaban las piernas y las manos y Ernest podía verlo claramente en el vaivén de la luz de mi linterna. 
Mi amigo dejó escapar un profundo suspiro. Él era demasiado valiente para mi gusto y yo demasiado cobarde para el suyo. El caso es que su inteligencia y carisma siempre conseguían superar a mi falta de actitud y, al final, acabábamos haciendo lo que él quería. 
Ernest me empujó por la espalda y ambos entramos al interior cubierto de escombros de la sacristía. Todos los objetos de valor habían sido saqueados y tan solo quedaba una mesa de madera y una cruz del mismo material. Allí hacía mucho más frío que el resto del edificio. 
—¿Has dicho algo? —me preguntó, mientras revisaba cada esquina de la habitación. 
Yo negué con la cabeza. También me había parecido escuchar un pequeño murmullo, pero quise restarle importancia. Sin embargo, cuando ambos escuchamos una voz femenina susurrar a la nuestras espaldas, nos volvimos, aterrados. Nuestras linternas apuntaron hacia los bancos y la luz se movió rápidamente siguiendo las trayectorias que trazaban nuestras manos por toda la planta principal en forma de cruz. Buscábamos desesperadamente a la dueña de aquella voz, pero allí tan solo estábamos nosotros. 
—Si es una broma no tiene gracia, Ernest —dije, rompiendo el silencio que nos envolvía. 
—Será mejor que nos vayamos. Se me han puesto los pelos de punta... 
—¿Ahora quién es un miedica? 
—¡Cállate y vámonos! Ya vendremos cuando sea de día. 
Obedecí sin rechistar. En verdad me sentía trementamente feliz de poder marcharme de una vez de aquel lugar oscuro, frío y húmedo.
Atravesamos rápidamente la planta principal, bordeamos el cráter y nos encaramamos al agujero por el que habíamos entrado. Una vez allí, volvimos a escuchar algo, esta vez algunas risas que reverberaron por las paredes desconchadas. Uno de los velos negros había caído al suelo y mostraba una estatua completamente desnuda, con un brazo roto y el rostro níveo cubierto por sangre seca y muy antigua. 
Ernest tiró de mi al ver que no me movía y ambos aterrizamos al otro lado del agujero, en el asfalto de la calle. Mi linterna se había quedado sin batería, pero ni siquiera me percaté. Seguía pensando en la voz y la estatua. 
—Lo has escuchado tan bien como yo, ¿verdad? —pregunté, pero no obtuve respuesta—. ¿Verdad?
—Cállate. No vuelvas a decir ni una sola palabra. ¡Ni una sola me has oído! 
Tenía los ojos clavados en la expresión asustada de Ernest. Jamás lo había visto así, casi al borde de las lágrimas. Yo había escuchado algo que se asemejaba a unas risas que incluso podían considerarse alegres, pero a Ernest le habían susurrado algo peor, algo que le había hecho estremecerse del horror y que no me confesó hasta años más tarde, cuando reunió el valor suficiente. Él había escuchado voces de advertencia, la bomba caer, los gritos y, después, el silencio de la muerte. 

lunes, 11 de mayo de 2020

Futuro

Charlotte se vio obligada a salir a la azotea. La conexión la había agobiado más que de costumbre. Sus amigos no la entendían, nadie la entendía en aquella ciudad, ni siquiera los hombres y mujeres de las galerías subterráneas, donde solía ir a pasar el rato a menudo. Ella necesitaba algo más que cables, programas, consolas y datos, necesitaba algo que no sabía si existía dentro de aquella cúpula de metacrilato que rodeaba su ciudad, su hogar. Allí, en Ranix, habitaban millones de personas, recluidas en sus habitaciones minúsculas, conectadas a cada minuto en el torrente de datos que fluía por las fachadas, los cimientos y las galerías. Pocos, como Charlotte, salían al exterior iluminado por los neones. Pocos seguían conservando los ojos o incluso las piernas. Ya no los necesitaban. La conciencia era más que suficiente para ellos. Mientras pudieran seguir conectados, seguirían viviendo en su propia realidad, en sus cascarones hechos de datos. 

La muchacha se dejó caer poco a poco sobre la barandilla de metal. Había ahorrado mucho para ir renovando lentamente su cuerpo por prótesis de acero inoxidable. Un cuerpo humano no duraba demasiado tiempo, tal vez noventa o cien años como mucho, y uno de metal de calidad costaba demasiado como para poder permitírselo en un solo pago. La inmortalidad en un cuerpo perfecto era un lujo que muy pocos podían permitirse.
—¿Qué ha pasado ahora? 
Charlotte se volvió para recibir a Travis con una amplia sonrisa plateada. Las placas de su rostro soltaron un ligero chirrido al moverse. Debía engrasarlas antes de dormir, pero pocas veces encontraba el momento para hacerlo. 
—Me ha dado un poco de ansiedad estar ahí dentro, eso es todo. 
El hombre, aún de carne y hueso, se acercó a ella y sacó una caja de cigarros. Se jactaba de haber robado un cargamento entero hacía años, antes de llegar a la ciudad y no volver al exterior nunca más. En Ranix todo era artificial, pero no se vivía mal siempre que se cumplieran una serie de normas. Entre ellas estaba no involucrarse en la política. 
—¿Quieres uno?
Charlotte negó con la cabeza. Sus pulmones aún no habían sido sustituidos y estaban débiles. Hacía años que no hacía ejercicio. 
—Vas a matarte. 
—Qué emocionante. ¿No crees? 
—Emocionante es saber qué nos deparará el futuro, Travis, no morir por haber fumado esa mierda. 
—Esta mierda, como tú dices, me da la vida y me quita el estrés. Toma —dijo, ofreciéndole uno ya encendido. Ella lo aceptó poco convencida. Aún así le dio una calada—, te vendrá bien. Aún tienes un cerebro humano. ¿Es lo último que reemplazarás no? 
La muchacha asintió. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a ese paso. Había escuchado historias sobre lo que ocurría cuando se reemplazaba un órgano tan importante, como que ciertos recuerdos se perdían para siempre, que incluso se alteraba el ánimo o el carácter. Algunos, habían dejado de ser ellos mismos después de la intervención. 
—Aún no estoy segura —murmuró, abstraída. Los neones azules iluminaban su rostro de metal—. Hay una parte de mí que se niega a ser del todo... 
—¿Una máquina? —preguntó Travis, con una sonrisa—. Lo pensé el día en el que te conocí. Pensé que dentro de todos esos circuitos y esas placas, aún latía un alma humana. Lo creas o no, en Ranix no hay muchas. 
—Qué tontería. Hay millones de conciencias en Ranix y todas humanas. 
El hombre volvió a dedicarle una sonrisa. Con un ligero gesto, apagó el cigarro sobre la barandilla y lo lanzó a la calle, a decenas de metros bajo sus pies. 
—No todas las conciencias albergan humanidad, Charlotte. No lo olvides nunca. 


sábado, 9 de mayo de 2020

Abismo

¿Y si lo que siempre hubiera querido hubiera sido saltar? ¿Sentir la libertad de este vuelo? Mis pies no tocan el suelo, se encuentran lejos del asfalto artificial, del césped húmedo o la tierra baldía, lejos de la roca fría como la conciencia del hombre, lejos de la realidad. 
Salto a los brazos del misterio, de la incertidumbre, el miedo... miedo a encontrar qué aguarda al final de la garganta helada, miedo a que el final sea peor que el trayecto. 
Los astros son los únicos testigos de mi último paso, el que me hace despegar, volar más alto de lo que jamás habría esperado, y es que caer, tal vez, también es volar, volar mientras te arropan los recuerdos de una vida rota, de un hogar muerto y unos rostros casi olvidados. No se puede llorar por un sentimiento apagado desde hace tantos años, por lo perdido o lo amado, no cuando has llorado tanto. 
Quizás nunca más se vuelva a saber de mí, pero ¿importa acaso? 

lunes, 7 de mayo de 2018

Inferno.

Vuelvo a casa. Cansada. Muy cansada. 
El tiempo no perdona. Los años pasan y yo no soy la misma de siempre. Lo sé. Lo notan mis piernas, mis brazos y mi espalda. Mis ojos, que han visto tantas cosas. Demasiadas como para ser recordadas con la precisión de las crónicas que escribía tiempo atrás. Mis manos y mi rostro ya comienzan a tener arrugas. Las manchas me delatan. Las bolsas en mis ojos gritan desde el espejo que ya no soy tan joven. 
Pero no me importa. Porque estoy viva. Porque sigo respirando a pesar del tiempo. A pesar del dolor. A pesar de la rabia. A pesar de la muerte, que me persigue desde el día que llegué al mundo. 
Llego a casa cansada. Aún con la pistola en la mano. Aún caliente. El rimel y el pintalabios trazan líneas difusas sobre mi rostro. Remarcan las lágrimas y también los besos arrancados. Las gotas rojizas, tímidas, como pequeños lunares difusos. 
Arrojo la camisa a un lado, cubierta de tinta carmesí. No quiero volver a saber nada de ella. Quizá la eche a lavar. Tal vez quiera que se pierda para siempre en el vertedero. O la haga pedazos con las tijeras. Lo primero es limpiarme a mí misma. Mis manos, mi rostro y mi cuello. Todo mi cuerpo. 
El agua elimina un color tan terrorífico. Lo arrastra hasta que desaparece en una espiral por el sumidero del inmaculado plato de ducha. Sin embargo, el olor a herrumbre ha quedado grabado en mi mente. Quizá para siempre. 
Me dirijo a la cocina, aún con la piel húmeda y el cabello empapado. Tengo cosas más importantes que hacer que mirar la pistola y la camisa. Con pasos lentos y movimientos prácticamente automáticos pongo al fuego un poco de agua y me preparo una infusión relajante. La misma que uso en las noches más amargas. En las noches más largas. En las más dolorosas. En la ansiedad y en las ganas de abandonarlo todo. En las noches que pienso en poner punto y final. En las que nunca me atrevo a ir más allá. 
Sin prisa me siento con las piernas cruzadas sobre la silla de la cocina. Hace frío fuera. El cristal está empañado. Con cuidado, tomo la taza con las dos manos. Están heladas. 
Manos frías, corazón caliente. O eso me dicen siempre. Aunque yo siento el corazón helado desde hace años. Hace años que vivo en este infierno. Hace años que me siento vacía. Sola. Muerta. 
Tan solo una bala. Un tiro a quemarropa. Mi jaula de nudillos y hueso tendida sobre un río de sangre. Mi libertad. Tan cerca y a la vez tan lejos. Separada de mí por la línea de la moral que me atenaza tan fuerte desde siempre. 
La condena y el encierro. Tal vez mi nueva vida. La vida del fugitivo. Entregarme o no. Aún tengo que pensarlo. De cualquier manera es mejor que mi vida anterior. La vida de la sumisión y el miedo. La vida del esclavo. La vida de mi madre. La vida de mi abuela. De todas las mujeres de mi familia. 
Siempre lo tuve muy claro. Yo no aguantaría tanto. No iba a aguantar que me apuntaras con la pistola que ahora descansa sobre la mesa del salón y me amenazaras una vez más. 
Eras tú o era yo. 

miércoles, 3 de enero de 2018

Bruja.

Jamás me habían asustado los monstruos o las brujas, porque desde que era niña había visto a todas esas criaturas como seres fantasiosos que no tenían cabida en el mundo real. 
Pero aquella noche de invierno, la verdad cobró vida ante mis ojos y me mostró que los monstruos existían, que había vivido siempre rodeada por ellos. Pude ver que no eran frutos de mis pesadillas, sino que eran de carne y hueso e iban vestidos con grandes hábitos blancos. Los monstruos se habían ocultado a mis ojos con sus velos de pureza, con sus máscaras de hombres buenos y piadosos temerosos de Dios. Pero me habían acechado desde las sombras, planeando meticulosamente cómo atentar contra una moral que no comprendían: La mía. La de una bruja. 
Quizá por ser pobre y humilde nadie alzó la voz a modo de protesta, quizá por mi condición de mujer todo fue mucho más sencillo para ellos. Por vivir la vida a mi manera, por no haber aceptado doblegarme ante ellos ni ante ningún hombre, por ser capaz de curar las fiebres y los huesos sin la ayuda divina de Dios. Por todo eso y más, me había condenado a morir en el más terrible de los sufrimientos. Porque el fuego limpiaría mis pecados. O eso era lo que decían los monstruos. 
Había visto a muchas otras brujas arder desde que había llegado al mundo dieciséis primaveras antes de que me hubieran condenado. Nunca las había culpado por lo que eran. Creo que en el fondo de mi corazón siempre había sabido que su pecado no era merecedor de tal atrocidad. Y en ese momento, en el que iban a quemarme viva, podía estar segura de que había estado en lo cierto. 
Ninguna bruja se había salvado de las llamas ante mis ojos. Ninguna de las que ahora consideraba mis compañeras en aquel duelo había estado de lado del Maligno, y todas habían muerto en la Gracia de Dios. Al igual que sentenciarían una vez descolgaran mi cadáver calcinado del poste en el que me habían amarrado. Pero para mí, la vida eterna no tenía ningún sentido. No tan pronto. 
Quizá, esa era otra de las razones de mi condena. Amaba la vida, y temía a la muerte, amaba la libertad y la naturaleza. Me angustiaba ver a cualquier forma de vida dejar este mundo terrenal del que ellos renegaban y no adoraba a Dios en su gran jaula de piedra, madera labrada y oro. Quizá se debía a que también adoraba a los hombres y a las mujeres, criaturas que Dios había creado libres y que libres debían morir.  
Los monstruos no estaban de acuerdo con mi forma de ver la creación de Dios, y tampoco estaban de acuerdo con mi forma de ejercer la libertad y los dones que Dios me había otorgado. Pensaba tan diferente a ellos que me consideraban peligrosa, aunque yo jamás hubiera sido capaz de matar ni a una mosca.
Por eso iban a quemarme, por eso no merecía vivir. 
El verdugo encendió la hoguera justo bajo mis pies. Otro monstruo enmascarado y vestido de negro que vivía a costa de la muerte y le lavaba las manos y la conciencia a los monstruos que se disfrazaban de falsa divinidad. 
No podría decir qué era peor, si el calor sofocante que estaba a punto de alcanzar mi piel aún joven o el humo ennegrecido que se colaba en mi garganta y no me permitía respirar. O la angustia de una vida que tocaba a su fin por culpa de unos monstruos que tenían el poder de decidir el destino de los pobres que no habían temido la furia de Dios, sino que habían amado a su creador a su manera. Como yo. 
No sé si miré el cielo buscando una bocanada de aire o quizá lo hice esperando un milagro, a pesar de que en el fondo de mi alma sabía que nunca llegaría a salvarme. 
Estaba perdida, había firmado mi sentencia de muerte, y tan solo esperaba que en el final de sus días a aquellos monstruos se les juzgara como a mí se me había juzgado y que ardieran para siempre en las llamas del Infierno. Tan solo esperaba que Dios no se apiadara de unas almas que habían manchado su nombre con mi sangre y con la de tantas mujeres y hombres a lo largo de los años. Esperaba que tarde o temprano hubiera justicia y las voces que no se habían alzado para detener mi muerte cantaran a coro para destruir los privilegios de aquellos asesinos. 
Nuestros asesinos. 

lunes, 9 de octubre de 2017

Café frío.

El invierno había regresado, como cada año. Los árboles habían perdido sus hojas y arañaban las cristaleras con sus dedos nudosos, movidos por el viento. Las calles estaban desiertas, como la madrugada de un lunes cualquiera. Pero era fin de semana. Sábado. Tal vez domingo. Seis de la tarde. Y la noche ya había caído sobre la ciudad. 
Diciembre siempre había sido oscuro y frío, como la muerte. Diciembre, el último mes del año, el último suspiro de un enfermo terminal. Otro año se acababa. 
Las luces del local titilaban. Apenas eran capaces de iluminar la sala al completo, pues solo estaban encendidas las que quedaban inmediatamente sobre mi cabeza. La cafetería estaba a punto de cerrar. Pero yo seguía allí, esperando tal vez que el destino quisiera sonreírme, mientras los empleados fregaban el suelo alrededor de mis pies y tosían de vez en cuando para intentar que me sintiera culpable de mi propio comportamiento. Pero no lo iban a conseguir. 
El café estaba fuerte, como de costumbre, pero en aquel sitio, envuelto en recuerdo, el sabor era aún más intenso. Aunque nunca sería equiparable a aquel trago amargo, años atrás. 
Minutos más tarde, cerré el portátil con fuerza y lo guardé en el maletín. Volvía a salir de allí como hacía cada treinta y uno de diciembre: Sin una respuesta, sin una llamada, de la misma manera en la que había regresado. 
Después de eso, siempre me dirigía hacia el pequeño puente que colgaba sobre el río, en el barrio próximo. Volver a casa no me servía de nada, solo para sentir aún más la angustia de un recuerdo incompleto. Prefería sacar mi pequeño cuaderno y apuntar una y otra vez en él cada uno de mis pasos, a modo de diario. Era una pequeña guía para no perderme en mi rutinaria vida, la vida que me había quedado después de tantos años de universidad. Un trabajo insatisfactorio, demasiadas facturas que pagar y un frío helado que me atenazaba el corazón, como aquel café de nuestra despedida. 
Me prometiste volver a vernos pronto, tal vez al año siguiente, en aquel mismo sitio. Pero no volviste a aparecer, y quedaste para siempre en mi recuerdo, como un fantasma, como la pieza perdida de un puzzle que nunca se resolvería. 
En todo aquel tiempo, había llegado a pensar que todo era culpa mía, por estar en el lugar inadecuado en el momento inadecuado, por haberte conocido. Por dar el primer paso. Por ser incapaz de pasar página, al menos contigo. 
Suspiré con pesar y una pequeña nube de vapor se elevó unos centímetros hasta desaparecer. El reloj marcaba la una de la mañana cuando decidí volver a casa. El tiempo, que hasta entonces había avanzado tan lento, quedó congelado cuando te vi ahí, en el otro extremo del puente, mirando el agua con tus ojos cargados de sueños, de metas, de preguntas. Tan vivos como siempre. 
Dije tu nombre, casi en un suspiro imperceptible. Y entonces me miraste, y se detuvieron las manecillas del reloj, como siempre que me mirabas de aquella manera tan tuya. El viento, travieso, te revolvió el cabello y jugó con tu abrigo negro. 
Con una sonrisa me preguntaste: 
-¿Me has echado de menos?  

viernes, 8 de septiembre de 2017

Ōmagatoki.

Ryuu estaba muy emocionado. A sus dieciocho años, iba a dormir por primera vez en una casa que no era la suya, lejos de la atenta mirada de sus severos padres. Le parecía increíble que su padre le hubiera permitido ir con él a Japón para conocer a sus primos Haru y Satoru y al resto de su familia. Había viajado durante horas en avión, tren y autobús para llegar desde Estados Unidos a una pequeña aldea de la isla de Hokkaidō en la que ni siquiera había cobertura ni WiFi para poder charlar con sus amigos de Nueva York o ponerse en contacto con su madre. Sin embargo, desde que había conocido a sus primos y a sus abuelos no había tenido tiempo de echar de menos su vida en Norteamérica. Ellos les habían entretenido desde que llegó con juegos tradicionales e historias japonesas. Él ya las conocía más o menos por un libro de bolsillo que había sacado de la biblioteca un día antes de viajar a su tierra natal, pero era agradable escucharlas de sus labios.
Esa noche había una fiesta de bienvenida solo para él. Su padre había tenido que desplazarse a la ciudad más cercana a arreglar unos papeles y no volvería en unos días, así que se sentía mucho más libre de lo que lo había estado en toda su vida.
La casa de sus tíos tenía dos plantas y era muy espaciosa. Estaba decorada como las típicas casas japonesas que había visto en tantos animes y en las fotos antiguas de sus padres. Además, su familia había preparado una mesa repleta de platos tradicionales entre los que no podían faltar el onigiri y el takoyaki. Incluso dejaron que diera un pequeño sorbo al tokkuri en el que su abuelo bebía el sake. Todos rieron cuando compuso una mueca de desagrado y después se relamió. Tenía un sabor fuerte al principio, pero también era algo dulzón. Era una mezcla extraña a la que, quizás cuando fuera adulto y tan grande y fuerte como su abuelo, podría acostumbrarse. Si su padre le hubiera visto, le hubiera reprochado con la mirada que probara una sola gota de alcohol, pero su padre no estaba allí para impedirle disfrutar de todo lo que podía.
Para él, estar en Japón era un sueño. Su familia era más amable de lo que su padre solía comentarle y también eran más agraciados físicamente de lo que le había dicho su madre. Eran personas normales y corrientes, con rasgos asiáticos y sonrisas amables. Tenían el cabello oscuro y liso y los ojos castaños almendrados. Eran tan parecidos a él que no era capaz de acostumbrarse. Nunca había estado rodeado de tantas personas semejantes. En Estados Unidos, la mayoría de sus amigos y conocidos eran de raza blanca y en ocasiones había tenido la mala suerte de encontrarse con personas que le habían mirado mal y le habían juzgado por sus raíces. Allí todo era más fácil, solo le miraban los cotillas de la aldea que trataban de situarlo en alguna familia y eso le importaba muy poco.
De postre, su abuela le dio a comer un dulce típico del país. Había leído mangas en los que los protagonistas tomaban de esos dulces para merendar. Se llamaba dorayaki, y en su caso estaba relleno de té verde. Le pareció delicioso, pero su primo Haru le comentó que él los prefería rellenos de melocotón, mientras que a Sotaru les gustaban más con pasta de judías dulces. Ryuu se encogió de hombros, estaba dispuesto a probarlos todos de ser necesario.
Una vez la cena acabó, sus abuelos se marcharon a dormir a su propia casa a pesar de que apenas el sol había comenzado a caer. Su tía les acompañó por si había algún problema, su tío se dedicó a fumar en la puerta de entrada y sus primos le propusieron revolver todos los cajones de la casa para buscar sus yukatas. Le explicaron que eran kimonos para el verano, mucho más fáciles y cómodos de llevar y le obligaron a que vistiera con uno de ellos, uno que Haru, el pequeño, había desechado el año anterior porque ya no le quedaba bien.
El yukata era azul con los bordes de color negro. Tenía algunos motivos blancos orientales en los puños y en el cinturón negro que se le ajustaba con fuerza en la cintura, y un dragón japonés rojo bordado en la espalda.
-Te queda muy bien- dijo Sotaru, riendo.
Sus primos también se colocaron sus yukatas sencillos de color negro y los tres bajaron a la planta inferior, tratando de huir de su padre para que no les viera. Normalmente usaban esa prenda para ocasiones especiales, pero para ellos, aquella era muy especial. No volverían a verse en muchos años.
Ryuu se sentó con las piernas cruzadas en el pequeño estanque con carpas que tenía la casa en el patio trasero. Sus primos le habían pedido que esperase mientras ellos iban a buscar el tablero y las piezas de shōgi, una especie de ajedrez típico de Japón. Era un juego complicado, pero tenían pensado enseñárselo esa misma noche con toda la paciencia del mundo.
El chico cerró los ojos cuando estuvo a solas. Le encantaba escuchar el canto de los primeros grillos, el chapoteo de las carpas en el estanque y sentir el viento fresco acariciándole el cabello. Algunos animales podían oírse en el bosque vecino. Le parecía maravilloso que ni siquiera una pequeña valla separara la casa de la espesura. El mundo rural estaría algo atrasado, pero también era fascinante en cuanto a sus costumbres y a su forma de vida. En Nueva York era imposible pensar en una casa que tuviera como jardín un bosque completo.
De pronto, un ligero gruñido le sobresaltó. A sus pies tenía un zorro de pelaje rojo con el pecho plateado y siete colas que se agitaban traviesas. ¡Siete colas!
Ryuu se frotó los ojos, incrédulo. Debía haberse quedado dormido mientras esperaba a sus primos y estaba alucinando. Los zorros no tenían siete colas y tampoco sonreían cuando veían a las personas.
-¿Vamos?- preguntó el animal con voz aflautada.
El chico sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
-¡Hablas!- exclamó, poniéndose en pie de un salto.
-Por supuesto. ¿Es que acaso no sabes reconocer a una kitsune, chico estúpido? Si no vienes conmigo me iré yo sola.
Ryuu miró hacia la casa, su tía debía estar de regreso en pocos minutos y sus primos se preocuparían si no le veían. Además, aventurarse solo en el bosque no era lo que más le apetecía, pero cuando la kitsune le alejó con pasos elegantes se vio tentado a seguirla. Siempre podría dar media vuelta si se encontraba con algún peligro o sus primos irían a buscarle. Ellos habían crecido en la zona y debían conocerse el bosque palmo a palmo.
-¿A dónde quieres que vaya?- preguntó, poniéndose a su altura.
-Al Ōmagatoki, por supuesto.
-¿A dónde?
La kitsune volvió la cabeza. Sus ojos rasgados parecían incrédulos.
-¿No sabes lo que es? ¿De verdad?
-Acabo de llegar de Nueva York, esta es mi segunda noche aquí. Ni siquiera sé si de verdad estoy hablando contigo, eres un zorro.
Ella soltó un ligero gruñido y le pidió que diera media vuelta. Ryuu no entendía muy bien por qué se enfadaba si él solo le había preguntado por algo que no comprendía. Estaba decido a volver a casa, pero antes de que pudiera dar un solo paso, sintió dos golpecitos suaves en su hombro. Al girarse pudo descubrir que la kitsune había adquirido forma humana. Era más o menos de su altura con el cabello corto rojizo, aunque sus bigotes, ojos y orejas seguían siendo las de un zorro y conservaba su siete colas de puntas plateadas. Iba vestida con una yukata naranja que se cruzaba en el pecho y que tenía una puesta de sol bordada en la espalda.
-Encantada de conocerte, me llamo Hikari. No sabía que eras nuevo por aquí.
Él parpadeó, incrédulo. Alucinaba, sin duda alguna.
-Ryuu. Sí, acabo de llegar a la isla.
-Pues te presentaré a los demás, Ryuu. Aunque no sé si a todos les caerás bien. Son un poco especiales.
La kitsune le tomó de la mano y le guió hacia el bosque con entusiasmo mientras él no era capaz de salir de su asombro. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo, no sabía por qué algo así le pasaba a él o si debía de fiarse de ese espíritu que vagaba por el bosque. Porque no podía ser otra cosa que uno de esos espíritus de los que le habían hablado sus abuelos y había leído en su libro. Un yökai. 
-¿Dónde dices que vamos?- preguntó, sorteando una piedra con torpeza. Apenas podía ver nada. El tono anaranjado de la puesta de sol se perdía entre las copas de los árboles. 
-Al Ōmagatoki. Significa "el momento de la reunión yökai". Es muy divertido. Al menos para mí. No sabes lo bien que me lo paso gastando bromas a todo el mundo.
Los yökai eran seres mitológicos que habitaban en las tierras de sus antepasados. Al parecer eran más fuertes que los humanos, sin embargo preferían vivir apartados de estos por posibles disputas. Ryuu creía que debía estar paranoico.
-¿Entonces esto es una broma?
-Ojalá, pero aunque no lo sea me lo estoy pasando muy bien. Cuidado con la rama, Ryuu.
El chico se agachó justo en el momento preciso en el que iba a golpearse en la cabeza. Hikari le había conducido hasta un claro del bosque en el que los últimos rayos del ocaso se colaban tímidamente. En el centro había una casa de madera decorada con farolillos orientales y con guirnaldas típicas del país. Todas las luces estaban encendidas. Junto a ella, discurría un río sobre el que pasaba un puente de madera. Parecía un escenario sacado de un cuento de hadas.
-Mira, ahí están Emi y Sakura, son las primeras en llegar.
Hikari movió el brazo enérgicamente y otras dos chicas le saludaron nada más salir de entre los árboles. Si ella tenía rasgos de zorro, ellas dos lo tenían de tejón y de gato respectivamente. Era increíble, pero sumamente interesante. Ryuu no pudo despegar sus ojos de ellas, hasta que las perdió de vista tras la casa.
-Emi, la chica que tiene rasgos de tejón, es una mujina y Sakura, la gatita, es una nekomusume. Las tres somos hengeyökai porque somos animales que pueden adoptar forma humana. Te caerán muy bien, son muy graciosas. Y mira, ahí está Yuriko.
Ryuu siguió con la mirada el dedo de Hikari. Yuriko era una niña de no más de cinco años que estaba sentada en el porche de madera de la casa del claro. Tenía el pelo corto y oscuro y les miraba con una sonrisa tierna. Parecía muy amable y dulce. Él no pudo evitar devolverle una sonrisa, le recordaba a su hermana pequeña.
-Es la guardiana de la casa- Hikari se encogió de hombros-. Un yökai protector, una Zashiki-Warashi. Es un poco traviesa, como yo. Cambia las almohadas de sitio, deja pisadas de ceniza por el suelo... lo normal.
-¿Normal?- preguntó, con los ojos como platos. Había oído historias como de los labios de su padre, pero nunca había creído que fueran reales.
-Al menos aquí sí. Mira, los kodamas ya han aparecido.
Ryuu se fijo en las ramas y los troncos de los árboles más cercanos. Sobre ellos había unos hombrecillos pequeños de un color verde semitransparente. Parecían realmente dulces, como la niña de la casa.
-Son espíritus de los árboles, nada que temer. Mientras no contamines se llevarán bien contigo. ¿Tratas bien a la naturaleza, verdad Ryuu?
-Todo lo que puedo... Cojo el bus urbano en vez del coche- murmuró, maravillado por la cantidad de kodamas que le rodeaban y que iluminaban ligeramente el claro con un aura verdosa.
Hikari le tomó de nuevo de la mano y lo arrastró de improviso con ella hacia unos matorrales para esconderlo. Le parecía algo incoherente que hiciera eso cuando era ella misma la que le había llevado hasta allí, pero como todo era tan extraño, a esas alturas ya no le importaba demasiado.
-¿Qué es lo que pasa?- preguntó intrigado.
-Un bakeneko, mira.
Ryuu pudo ver un gato de al menos dos metros de pelaje oscuro que caminaba a dos patas. Iba vestido de la misma forma que lo hacía su abuelo y fumaba en pipa. Cada vez que pisaba el suelo, este temblaba y se escuchaba un ruido sordo que hacía que los pájaros de los árboles cercanos alzaran el vuelo. Estaba llegando al claro desde el lado opuesto al que ellos se encontraban. Parecía indefenso, pero por el sigilo con el que Hikari estaba obrando le parecía que su apariencia podría engañar.
-Por suerte por esta zona solo hay uno- murmuró, sin quitarle el ojo de encima-. Pueden devorar humanos para robarles su identidad.
-¡Todos los años hacer la misma broma, Hikari!- gruño el gran gato- Tendré cien años pero escucho perfectamente. Tranquilo, hijo. No te voy a comer.
-Ya me has estropeado la broma, Isao.
-Pues es una broma que no me hace gracia, así que déjala de una vez.
La kitsune suspiró y Ryuu se sintió abochornado. No parecía malvado, pero sí que le imponía mucho respeto y no le gustaba la idea de que se hubiera molestado. 
-¿Por qué le gastas esa broma?- preguntó- Deberías pedirle perdón.
-Bueno, es lo que se dice de ellos. Yo no tengo la culpa de eso, la gente tenía miedo de que los gatos viejos, gordos y con la cola muy larga se convirtieran en bakenekos, por eso los abandonaban o bien les cortaban la cola.
-He visto algunos de esos...- murmuró el chico, recordando el gato rabicorto que tenía su abuela en casa-. Me parece muy cruel.
De pronto, un niño con una linterna de papel pasó corriendo al lado del arbusto en el que se encontraban. Parecía bastante normal, salvo porque usaba de sombrero la tela de un paraguas gastado.
-Ese es Kano. Siempre anda con prisa. Es un Amefurikozō, ya verás como mañana llueve.
-¿Por qué?- preguntó, siguiendo con la mirada al niño impaciente que iba de un lado a otro iluminando el claro con su linterna. Los kodamas parecían saludarle.
-Porque es el encargado de traer la lluvia. Y mira en este tronco, son las garras de un Raijuu.
Ryuu recorrió con las manos la marca que un rayo había dejado en la corteza del árbol.
-Esto no son garras- reprochó-. No intentes engañarme otra vez.
-Son las garras del demonio de las tormentas, niño tonto- gruñó Hikari-. Da gracias que no venga hoy porque es un espíritu maligno que lo va destrozando todo cuando se pone nervioso. Seguro que está durmiendo en el ombligo de algún hombre de las montañas.
-¿En el ombligo?
-Así es. ¿De qué te extrañas?
El chico se encogió de hombros. Hikari tenía razón, todo era tan raro que el hecho de un yökai durmiera en el ombligo de un hombre tampoco era para tanto.
-¿Hay más?- preguntó él, mirando a su alrededor.
Poco a poco, las voces de los yökais iban cubriendo el claro. Isao, el bakeneko, charlaba animadamente con Sakura, la chica gato y con Yuriko, la niña de la casa de madera. La pequeña estaba acariciando un perro de pelaje oscuro que no le quitaba la vista de encima. Ryuu estaba convencido de que era otro yökai y que Hikari le diría de cuál se trataba, pero no fue así. En vez de eso le llevó hasta el río y siguieron hasta la parte central del puente. En el agua, el chico pudo ver algunos seres del tamaño de un niño con cuerpo de rana que se bañaban y jugaban entre ellos. Tenían el cuerpo de color verdoso repleto de escamas y rostro de tortuga. Además, llevaban un caparazón a la espalda y sobre sus cabezas tenían una calva llena de agua y rodeada de cabello verde. Su atención se centró en sus manos y sus pies que tenían membranas interdigitales que le servían para nadar a toda velocidad. Le parecieron asombrosos.
-Son kappas. Y mira, debajo del puente hay un par de onis.
Ryuu se inclinó ligeramente para poder ver a los dos yökais que le indicaba la kitsune. Había leído sobre ellos y sabía que equivalían a los ogros occidentales. Sin embargo, su cuerpo musculado no era verde, sino rojo y tenían colmillos afilados y dos cuernos pequeños y puntiagudos sobre su cabeza. En la mano, cada uno llevaba un bate de hierro. Era mejor no meterse con ellos ni llamar la atención.
Al otro lado del río, una mujer de enorme belleza que cosía y cantaba sentada en la orilla captó su atención. No dejaba de mirarle y de sonreírle de forma tierna, parecía amable. Ryuu sentía la necesidad de ir con ella y hablarle, tal vez de conocerla un poco más. Era una sensación extraña que salía de lo más profundo de su ser.
De pronto, Hikari le tapó los ojos y le hizo retroceder poco a poco hasta que estuvieron de nuevo en la otra orilla, lejos de la mujer.
-¡Ni se te ocurra acercarte! ¡Que no te encandile con su aspecto! ¡Es un espíritu maligno!- exclamó- Hone-Onna. Era una geisha a la que traicionaron y mataron. Su prometido la vendió a un burdel y cuando ella quiso escapar la asesinó y tiró su cuerpo al río. Desde entonces encandila a los hombres y los lleva a su cama para robarles el alma. ¡No te acerques!
Ryuu asintió, pálido como el mármol. El tono de Hikari denotaba que no estaba bromeando como de costumbre.
-Vale, vale. No lo sabía, pero no tenías que ser tan brusca. Puedo andar yo solo sin que me tapes los ojos.
-Por si acaso- gruñó- Vamos con Isao. Quiero burlarme de él un poco más.
Ryuu miró a su alrededor. Todos los presentes eran yökais, pero él era el único humano. Quizás Hikari lo había elegido para gastarle una broma o al final tenían pensado devorarlo, borrarle la memoria o algo parecido. Su mente volaba entre las miles de posibilidades que había leído en novelas de fantasía.
-¿Por qué me has traído aquí, Hikari? No veo más humanos.
-Ah...- murmuró-. Me ha faltado un yökai por presentarte.
La kitsune se giró y esbozó una amplia sonrisa mientras colocaba sus manos a la espalda y agitaba sus siete colas. Al chico le pareció una actitud algo traviesa.
-Es un Han'yō.
-¿Y donde está?
-Pues es un híbrido entre yökai y humano. Nació como hombre, pero el espíritu de un antiguo yökai vive dentro de él. Se llama Ryuu, y es un dragón.
El chico dio un respingo y despertó de golpe. Estaba tumbado sobre el escritorio de la casa de sus abuelos justo sobre el libro de folclore que había sacado de la biblioteca. Se revolvió el cabello con energía y se frotó los ojos. En la calle era de noche y estaba lloviendo a mares. Se había quedado dormido leyendo, como de costumbre.
Ryuu tomó su móvil y apretó el botón lateral para poder ver la fecha y la hora. Era su primera noche en Japón, casi de madrugada. Nada de lo que había soñado era real, ni siquiera la cena en casa de sus tíos lo había sido. Su subconsciente le había hecho soñar con algo que deseaba vivir y lo había mezclado con la nueva información sobre yökais. Intentaba recordar el sueño al completo, pero poco a poco se iba borrando de su memoria. Miró el libro con detenimiento. El dragón que estaba bordado en el yukata era el mismo que estaba pintado en la portada. También recordaba algunos de los espíritus, pero sobre todo el perro al que acariciaba la niña protectora de la casa del lago. Le picaba la curiosidad y quiso buscarlo. Le parecía haber leído antes sobre él.
-Inugami- leyó.
Era un espíritu animal usado para llevar a cabo una venganza por su amo, pero que podía llegar a poseer su cuerpo pasado un tiempo.
Ryuu suspiró. Se sentía ligeramente decepcionado porque el sueño hubiera sido tan solo una invención suya, pero sabía que algo así no podía existir. No eran más que cuentos de viejas y mitología nipona. Se levantó de la silla con lentitud y se dirigió hacia la ventana para cerrarla.
En el edificio de enfrente había un cartel en el que estaba dibujada la misma puesta de sol que la kitsune llevaba bordada en su yukata. Era asombroso cómo había mezclado toda esa información en el cerebro.
Cogió la cuerda de la persiana para bajarla, pero cuando estaba a punto de hacerlo, cambió de opinión. Abrió la ventana de par en par y sacó la cabeza, aún a riesgo de calarse hasta los huesos. Justo bajo el cartel, protegiéndose de la lluvia, había un zorro de pelaje rojo y pecho plateado. Estaba tumbado en el camino de tierra con la cabeza sobre sus patas y la cola oculta desde donde él podía verlo.
-¿Hikari?- preguntó, incrédulo.
El zorro levantó la cabeza y se  removió, mostrando sus colas rojizas de puntas plateadas. Ryuu las contó varias veces y se pellizco en el brazo para asegurarse de que no seguía soñando. La kitsune le dedico una sonrisa y agitó sus siete colas como si fueran un abanico.