Apenas recuerdo cuánto tiempo hace
que permanezco aquí, apartada del mundo real, de las ciudades de metal, del
aire contaminado y enrarecido, de las calles atestadas de tráfico y transitadas
por marionetas inertes, de los ruidos mecánicos que envuelven a la mayoría de
la población mundial en un abrazo estridente y caótico. Hice bien apartándome
de aquel mundo peculiar al que no pertenecía y al que apenas extraño. De entre
todo lo que abandoné, creo que lo que menos hecho de menos es a mi terrible comunidad
de vecinos, esos mismos desgraciados que hicieron pintadas en mi puerta y me
tacharon de loca en tantas ocasiones, los que respiraron más aliviados que
mi propia familia cuando me marché de casa.
A diario, mientras preparo el
café, me pregunto si mi hermano no tendría razón cuando me dijo que había
perdido la cordura. Por aquel entonces me enfadé con él, pero después de
tanto tiempo de reflexión, me doy cuenta de que no estaban tan equivocado, que
la equivocada era yo. Tal vez, debería haber hecho caso omiso a mi orgullo
y haber ido antes a la consulta de un psicólogo, pero ya no importa, estoy
alejada de toda persona o animal al que pueda dañar, en una pequeña cabaña
al borde de un lago tan congelado como mis sentimientos. Donde un único sauce
besa la sólida superficie cristalina con sus largas ramas, solitario y triste
como yo. Solo nos tenemos el uno al otro. Es por eso que, a veces, cuando la nieve
no me llega hasta las rodillas, me atrevo a salir al exterior y sentarme sobre
la hierba con la espalda apoyada en su esbelto tronco. Allí le cuento mi vida y
las ideas que tengo en mente, como ir a Japón cuando me recupere si es
que llego a hacerlo. Sin embargo, rara vez me contesta. Es un maleducado.
El reloj de pared marca las
tres de la tarde con tres golpes secos y profundos. Me aparto de la ventana
fría y me acerco hasta el portátil violeta que me indica, parpadeando,
que tengo un e-mail. A su lado, un papel en blanco me recuerda
que tengo que ponerme a escribir. Es una pena que no me apetezca. Sé que antes
había alguien que me animaba a comenzar, alguien incansable, que no dudaba en
darme el pequeño empujón que necesitaba. ¿Un marido, tal vez? ¿Alguna
vez estuve casada? Es posible. Mi hermano siempre mencionaba el nombre de otro
hombre, un nombre que se perdió en los recovecos de mi memoria para siempre. Quizá nunca
llegué a quererlo o tal vez lo amé demasiado. Después de que él se fuera fue cuando
perdí la cabeza. O eso me contaron.
—No puedes vivir en el pasado
—murmuro, parafraseando a mi hermano—. Tienes que seguir adelante, dejarte de
gilipolleces y seguir adelante.
Sin embargo, hace tiempo que veo
cómo todo el mundo sigue adelante mientras yo me quedo atrás, cómo pasan las horas, los meses y las
estaciones, cómo se arrugan mis manos y se me encanece el cabello. Los labios
se me agrietan, las arrugas se acentúan, sé que mi vida se acorta, sé que estoy
malgastando uno de los regalos más importantes que el destino me ha dado. Soy
escritora, por supuesto que lo sé, pero no puedo hacer nada. Hace mucho que la sangre
no me corre por las venas. Me siento muerta. ¿Es acaso un pecado morir
en vida? Si es así, yo iré al infierno y me llevaré conmigo la pequeña estatua
de madera con forma de golondrina que me regaló mi padre antes de
marcharse para siempre. Me dijo que volaría alto, no que me estrellaría
tal y como lo había hecho. Si pudiera volver atrás en el tiempo, le pediría que
me regalara un tigre para recuperar la fuerza que me falta o una serpiente
para ser escurridiza y escapar rápido antes de que mi hermano me atrape en la cabaña. Si pudiera viajar en el
tiempo… le pediría por favor, le suplicaría, que no se marchara. Aún me cuesta
encajar su partida, cómo nos abandonó sin derramar una lágrima. Aún hago equilibrios
en la cuerda floja de mi memoria para no echarme a llorar cada vez que lo
recuerdo. ¿Fue la persona que amé tan insensible como mi padre? ¿Fue por eso por
lo que la olvidé? ¿No podía soportar más dolor?
Tomo un pequeño pincel que hay
sobre la mesa y lo observo con detenimiento. Repaso la punta
redondeada de madera con mi dedo, deseando que se transforme en el filo puntiagudo de un puñal. A estas alturas, soy
capaz incluso de quitarme la vida con un tenedor, dormida, con alevosía,
porque no me defenderé, ya no. Sin embargo, mi hermano se encargó de cambiar el menaje de metal por cubiertos
de plástico. Se aseguró de que no pudiera hacerme daño. No hay nada en la casa que pueda
usar como arma y eso me desespera aún más. La vida me pesa, me consumo
lentamente, pero no puedo acelerar el proceso, no puedo remediar el dolor y la pesadumbre, las
lágrimas no me limpian el alma. Tan solo puedo esperar, sometida al terror
constante de una vida vacía que ya no me pertenece y que ya no quiero.

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