sábado, 31 de octubre de 2020

La noche de las bestias

En el claro, en lo más profundo del bosque, una silueta femenina se recortaba contra la luz de la luna. La chica de piel pálida y largos cabellos negros, estaba sentada con las piernas cruzadas y tenía la cabeza baja. Miraba hacia el suelo, donde descansaban los restos de varios conejos, con los ojos amarillos muy abiertos. Sus manos, que eran sus únicas armas, estaban teñidas de sangre, así como su pecho desnudo y sus labios. Jadeaba. Aún necesitaba más alimento. 

Una gata negra emergió entonces de entre las sombras. Su paso era elegante y altivo. Ella siempre había sido la más orgullosa de las tres hermanas. 

—Tranquilízate, Edwina —dijo la gata, sentándose sobre sus cuartos traseros—. No podemos dejarnos vencer por la tentación de la sangre. 

Ante los ojos rabiosos de Edwina, su hermana Endora volvió a su forma humana. El pelo negro fue reemplazado por una piel suave, fina y blanca como el marfil, los ojos rasgados se convirtieron en pupilas humanas, sus orejas bajaron y se redondearon y las garras se volvieron largas y delicadas uñas humanas. Lo que Edwina siempre había envidiado de Endora era su gran capacidad para transformarse en animal y en ser humano, a conciencia y sin dolor, durante la noche de las bestias. Ella, una vez dejaba atrás su cuerpo de cuervo, no podía volver a él hasta que llegaba la luz del día. De alguna manera, la maldición las había afectado de forma diferente. 

—Deberías saber que no es tan fácil, querida hermana. —La voz de la chica, con cada año que pasaba, se volvía más gutural, menos humana—. Tú no entiendes lo que es el hambre. 

—Por supuesto que sí. Yo, como vosotras, tampoco puedo alimentarme más que esta noche. Sin embargo, no quiero perder la poca razón que me queda. 

Edwina gruñó. Su hermana mayor aún conservaba el temple que había tenido más de cincuenta años atrás y también su juventud y belleza. Ella, por el contrario, con cada transformación, se encorvaba más y más. Sus manos, con el paso del tiempo, se asemejaban a garras deformadas en lugar de a las manos delicadas de la chica de veinte años que era cuando la maldijeron. El proceso era lento, pero constante. Quizás en otros cincuenta años no pudiera volver a transformarse en humana o tal vez estuviera condenada a vivir como un monstruo deforme el resto de la eternidad. 

—No pienses en eso —dijo Endora, sacándola de golpe de sus pensamientos—. No has hecho nada tan malo para acabar así. No has transgredido ninguna norma. 

—Ya lo hice. Las tres lo hicimos. Por eso estamos malditas. Jugamos con fuego y nos quemamos. Tentamos al diablo y él nos castigó. 

Endora dejó escapar un ligero suspiro. Hacía cincuenta años, Evelyn, su hermana pequeña y aún una aprendiz de bruja muy inexperta, tuvo la brillante idea de probar un ritual nuevo usando algunos huesos animales. Ella misma se había encargado de traerlos del bosque y los había colocado meticulosamente junto a sus cristales favoritos y unas velas de colores. Endora, que conocía las dificultades de usar catalizadores biológicos, se negó en rotundo a participar, pero Edwina estuvo entusiasmada con la idea. Ambas hermanas, Evelyn y Edwina, siempre inseparables, se sentaron en el suelo, trazaron un círculo con sal y comenzaron con el ritual, mientras Endora las miraba desde lejos. En poco tiempo, lo que comenzó como un juego, se convirtió en un experimento perverso que Evelyn no fue capaz de controlar. 

Endora se culpaba a diario por no haber sido capaz de reconocer a tiempo los huesos humanos y por no ser lo suficientemente experta como para detener el ritual correctamente. Ella había interrumpirlo el proceso de forma abrupta y las había condenado a vivir en el cuerpo de un animal durante toda la eternidad, pero había conseguido salvar sus almas de las garras del diablo. A causa de la maldición, ella había acabado atrapada en el cuerpo de un gato, Edwina en el de un cuervo y Evelyn en el de una serpiente. Suyos eran ahora los huesos que Evelyn había encontrado en el bosque junto a los huesos humanos y el castigo de volver a un cuerpo humano para alimentarse de sangre tan solo una vez al año durante el resto de la eternidad. La única norma que no podían transgredir, era la de hacer daño a alguien de su misma especie. 

—No me refiero al ritual —explicó Endora, tranquilamente—. Me refiero a que solo le hiciste un rasguño. 

—¡Y por eso me estoy convirtiendo lentamente en un monstruo! —exclamó Edwina. 

La chica, se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Años atrás había herido a un niño sin querer, con la única intención de salvarlo de Evelyn, de su querida Evelyn, la más implicada en el ritual, la más afectada por la maldición y la más hambrienta. Su hambre era proporcional a su implicación en el ritual. 

Se escuchó entonces el tintinear de unas cadenas. Las dos hermanas guardaron silencio y se volvieron hacia la oscuridad del bosque con los ojos muy abiertos. El sonido se acercaba y, poco a poco, se podían distinguir los pesados pasos que acompañaban a aquel suave murmullo. A medida que se acercaba al claro, la luz de la luna comenzó a iluminar a la figura bípeda, negruzca y abultada que había perdido su forma humana. Aquel ser, tan solo conservaba algunos cabellos negros en la que antes fue su cabeza, tenía los ojos hundidos y los dientes  le sobresalían en las mandíbulas desencajadas, sanguinolentos y babeantes. En lo que antes habían sido unas muñecas frágiles, estaban incrustados unos grilletes de metal que arrastraban algunas cadenas rotas. Aquel engendro, respiraba con dificultad y tenía el cuerpo cubierto de pústulas que supuraban un líquido verdoso y mal oliente. 

Endora y Edwina, atemorizadas, no movieron un solo músculo. Evelyn, o lo que quedaba de ella, no solo había roto las cadenas y escapado de la cueva en la que estaba presa, sino que había probado la sangre y traía alimento para ellas también. 

El monstruo, arrastró del cabello suave y brillante, hasta el claro, los cuerpos destrozados de dos niñas de no más de ocho años y esbozó como pudo una sonrisa. Desde su primera noche como maldita el alimento favorito de Evelyn habían sido los niños humanos. Ella había aceptado con gusto su castigo, había aceptado perder su humanidad a cambio de saciar su hambre y deseaba que sus hermanas también pudieran saciar la suya. 


martes, 13 de octubre de 2020

Negro

La Sujeto Número 22 había nacido y crecido entre las cuatro acolchadas paredes de la habitación a la que debía su nombre. Se trataba de una niña sana, de piel pálida, rubia, alta, delgada y muy inteligente para su edad. A pesar del confinamiento permanente en el que vivía desde su primer minuto de vida, había demostrado reaccionar perfectamente a todos los estímulos a los que se la había sometido, pensaba con lógica y resolvía rápidamente los problemas que se le planteaban con el conocimiento que aprendía cada tres días. En menos de una semana, podía resolver varios problemas de matemáticas complejos y leer un par de libros. En el último ensayo, descubrimos que se había confeccionado un vestido blanco ella misma, tan solo con una tela blanca, aguja e hilo del mismo color, siguiendo un patrón que le habíamos proporcionado. Era fascinante verla en acción, casi hipnotizante. Ejecutaba cada movimiento con una precisión excelente y su concentración era total. Durante horas, podía permanecer con la mirada gris clavada en el papel y sin hacer un solo cálculo con el lápiz, dar el resultado correcto. La Sujeto Número 22 era perfecta, hasta que se nos ocurrió estudiar qué ocurriría si entraba en contacto con El Sujeto Número 20. 

Nunca podré olvidar aquel día lluvioso en el que los trasladamos en camillas blancas. Ambos estaban sedados. Así serían incapaces de recorrer el camino que les llevaría de vuelta a sus habitaciones empleando su extraordinaria inteligencia. El Sujeto Número 20 fue el primero en despertar. Sus intensos ojos de color café no tardaron en reparar en La Sujeto Número 22. Se acercó a ella con timidez, mientras se acariciaba el cabello oscuro con la punta de los dedos. La observaba con detenimiento, incluso olisqueaba el aire, tal y como hubiera hecho un animal. El Sujeto Número 20 había crecido apartado de toda lógica, de las matemáticas, y del lenguaje. Su única forma de expresión habían sido los pinceles, los lienzos y los colores. Él, al contrario  que La Sujeto Número 22, no era capaz de razonar, no había adquirido los conocimientos necesarios. Sin embargo, sí que sabía expresarse a través del arte, de los sonidos y la percusión. En ese sentido, también era perfecto. Un ser creativo al completo, sin limitaciones lógicas. Un éxito rotundo. 

En el momento en el que La Sujeto Número 22 recuperó la consciencia, gritó. Era la primera vez en su vida que tenía contacto con alguien como El Sujeto Número 20. Su piel negra, sus ojos oscuros y su increíble musculatura le eran extraños. Olía a pintura y a sudor y ella lo miraba con desagrado. Ni siquiera se reconoció en él hasta que vio sus manos, idénticas a las suyas, completamente funcionales, sus piernas, su cuello y la forma de su rostro, tan similares a las que ella percibía en su propio ser a pesar de nunca haber visto su reflejo en un espejo. Después del primer reconocimiento, ella trató de hablarle, pero él no entendía una sola palabra y ella miraba sus intentos inútiles de comunicarse mediante colores con una ceja levantada. Cada uno de ellos había establecido su propio sistema de comunicación con los monitores que utilizábamos para enseñarles las aptitudes que queríamos que desarrollaran, así que teníamos la teoría de que aquellos dos seres perfectos, lógica y creatividad puras, jamás se entenderían. 


El experimento siguió adelante durante algunos meses. Los dos sujetos parecían rehuirse a pesar de la evidente fascinación que sentían por el trabajo del otro y, aunque parecían encontrarse cómodos, no consiguieron entablar conversación durante aquel tiempo. A los pocos días, dimos por terminada la experiencia. Teníamos la prueba definitiva de que el ser humano podía vivir desarrollando todo su potencial lógico o creativo sin ninguna consecuencia para la sociedad ya que parecían respetarse a pesar de no entenderse. 

Ambos sujetos volvieron a sus habitaciones, al aislamiento que habían mantenido desde niños y fueron observados durante varias semanas sin que se apreciaran cambios significativos. Después de aquello, los otros investigadores se olvidaron de ellos, pero yo no pude evitar sentir curiosidad por su evolución. En su comportamiento a largo plazo podrían residir claves importantes que nos enseñaran algo más de la naturaleza humana por más que mis colegas se negaran. Por esa razón, durante una de mis guardias nocturnas, me deslice hasta el control de la habitación número 22. La Sujeto Número 22 aún no estaba dormida, sino que tenía las piernas sobre el colchón y utilizaba uno de los pinceles que le habíamos proporcionado después de sus visitas al Sujeto Número 20. Las cerdas y parte de la virola del pequeño instrumento estaban manchadas de pintura negra, la misma que repartía sobre la piel de sus manos poco a poco, con movimientos precisos y metodológicos. Fascinado, la observé durante varios minutos, mientras la pintura llegaba hasta sus codos y ella comenzaba a repasar su mejilla con el pincel, dejando un rastro negro por su rostro inmaculado. No pude evitar acercarme a la consola y teclear unas preguntas. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué haces esto?

Al escuchar el pitido de la computadora, La Sujeto Número 22 se acercó hasta el teclado y escribió con una precisión absoluta: Lo necesito. Necesito mi otra mitad. Mi complementario. Lo que el negro es al blanco y la creatividad a la lógica. No sé cómo he vivido tantos años apartada de una parte tan importante de mí misma. Nunca he estado completa. 

Tragué saliva. Jamás hubiera esperado un comportamiento así de ella. Volví a escribir: No sé por qué dices eso. Eres perfecta. 

Ella le dedicó una ligera sonrisa al monitor antes de responderme: Ahora sí lo soy. 


miércoles, 9 de septiembre de 2020

Vela

Era incapaz de recordar. No recordaba cómo había llegado hasta aquella oquedad de paredes húmedas cubiertas de musgo. No recordaba el camino que me había llevado hasta allí desde mi pequeña aldea situada en el límite del bosque. Tan solo recordaba que, cuando el sol estaba en lo más alto, estaba en casa, remendando y, tras un parpadeo, me encontraba en aquel lugar frío y solitario por cuya entrada se colaba la luz tenue del anochecer. Estaba arrodillada en un suelo cubierto de ramas y hojas secas, sentada sobre mis propias piernas, con la espalda muy recta y los puños cerrados sobre los muslos. Podía oler las flores secas que colgaban en pequeños ramilletes del techo compuesto por vigas de madera oscura y veteada que se incrustaban en la piedra gris. A mi derecha, ardía un pequeño fuego, insuficiente para vencer al frío del lugar, que llegaba hasta los huesos y los mordía como un perro hambriento. Mi vestimenta, tampoco me ayudaba a entrar en calor. Iba vestida con un camisón corto con tirantes finos, de seda blanca e inmaculada. Una prenda que no era mía y que tampoco sabía de dónde había salido. Me miré los dedos, en uno de ellos llevaba una alianza de plata labrada. 

—Curiosos los grilletes del amor. 

Levanté la vista. Aquella voz profunda y calmada me había sobresaltado. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Hasta entonces, había estado sola en la cueva, en un periodo de reflexión tranquilo e inconsciente, pues ni siquiera sabía exactamente sobre qué había estado pensando. 

—¿Quién eres? —pregunté. 

Frente a mí, tenía a una mujer de mi edad, delgada y alta, arrodillada como yo sobre las ramas y las hojas. Su cabello oscuro cubría ligeramente su rostro pálido y alargado. Sus ojos negros me traspasaban, como si vieran más allá de mí, más allá de lo que hubiera en la cueva o en el bosque. 

—Sabes quién soy —contestó ella, ladeando ligeramente la cabeza. El cabello le cayó sobre los hombros, cubiertos por un camisón negro, y un largo collar de metal y hueso—. Ya has venido antes a verme. ¿No lo recuerdas? 

—No —dije. Esperaba ver en su rostro alguna mueca de decepción, pero siguió inmutable, como una estatua—. ¿Debería? 

Ella volvió a negar con la cabeza y estiro sus brazos hacía mí. Sus manos, parecidas a garras oscuras parcialmente quemadas, estaban cubiertas por la cera de una vela a medio consumir. Ella también llevaba una alianza, en el dedo pulgar de su mano derecha. Yo no supe muy bien cómo reaccionar, así que permanecí estática, mientras ella acercaba más y más el pequeño objeto a mí. La llama era cálida y acogedora e inmediatamente me hizo dejar de temblar de frío, aunque no de miedo. Estaba aterrada, no por el lugar en el que me encontraba, no por la persona mística y desconocida, aunque no extraña, que tenía ante mí, sino por algo que aún no llegaba a comprender o que no recordaba, pero que me atenazaba el alma. 

—Cógela. 


Obedecí inmediatamente. En mis manos temblorosas, la llama se agitaba, inquieta. El nudo de mi garganta casi me impedía respirar. Estaba a punto de echarme a llorar mientras observaba la danza desenfrenada de la pequeña lengua de fuego, como si en lugar de la vela, fuera yo quien estuviera a punto de apagarse y de extinguirse con un pequeño soplo de aire, con el más mínimo movimiento brusco. 

La mujer se puso entonces en pie. Sus pies descalzos, que estaban ennegrecidos al igual que sus manos, dieron algunos pasos hasta a mí. Ella se deslizó hasta el suelo delicadamente y cubrió con sus manos la llama, arropándola y protegiéndola del aire que llegaba desde el bosque y el frío de la oquedad. Sus dedos ya no se quemaban, sino que formaban pequeño refugio oscuro. De pronto, sin saber por qué, dejé de tener miedo y de temblar. El fuego llegó a calentar toda la estancia y las ramas y las hojas secas se volvieron musgo suave y mullido. 

—No permitas que se extinga tu llama.  

Ella se inclinó ligeramente hacia mí para darme un beso tierno en la frente, a modo de despedida. Nuestro tiempo juntas había concluido. 

···

—¡Beatrice! ¡Beatrice! ¡¿Cómo es posible que puedas dormir en un momento como este?! 

Mi tía me zarandeó del brazo sin ninguna consideración. Me había dormido mientras remendaba y mientras esperaba a que Héctor viniera a verme. Debía tener un aspecto horrible. Mi tía me ordenó subir a la planta de arriba a asearme y peinarme lo antes posible y así lo hice. Ya no quedaba ni rastro del camisón de seda, de la alianza o de la vela. Todo había sido un sueño extraño y demasiado real. pero había sido solo eso, un sueño. Me arrastré hasta la planta de abajo, ligeramente desorientada y volví a sentarme sobre la silla. Atónita, descubrí que sobre mi mesa ardía una vela blanca. Mi tía me explicó que Marie, nuestra sirvienta, una chica de mi edad de tiernos ojos color miel, cabello dorado y piel pálida y suave, la había dejado allí para que me diera suerte e iluminara mi camino. 

—Pareciera que has visto un fantasma —apuntó mi tía, al ver que yo no era capaz de articular palabra. 

—Tal vez así sea... —murmuré. 

Héctor llegó poco después, perfectamente vestido y perfumado, con el bigote alisado y un gran ramo de flores en las manos. Había vuelto tras un par de semanas, unas semanas que me había concedido para reflexionar sobre su deseo. Esta vez, sería una propuesta formal. El joven depositó sobre mi mano una alianza similar a la de mi sueño y se arrodilló. Sus ojos brillaban de emoción, parecía sincero y tenía mucho dinero. Tal vez fuera el hombre perfecto. Quizá, como en los cuentos de hadas, me amara de verdad y nuestro destino fuera ser felices juntos. Sin embargo,  inconscientemente, miré hacia un lado. La vela ardía sobre la mesa, inquieta. La llama tintineaba al ritmo de los latidos de mi corazón. Hacia el otro lado estaba la puerta del servicio. Marie nos observaba por la puerta entreabierta. También temblaba. Si dejaba que se extinguiera mi llama, también se extinguiría la llama de Marie, de mi querida Marie. Y entonces moriríamos las dos. 

—Lo siento. No puedo casarme con usted. 

Le devolví la alianza a su dueño y salí de la habitación a toda prisa por la puerta del servicio, arrastrando conmigo a Marie. Ni en su dedo ni en el mío había alianzas. No la necesitábamos. Nuestro amor tenía prejuicios, pero no grilletes y jamás los tendría. Me negaba a formar parte de un matrimonio infeliz mientras amaba en secreto a otra persona, mientras me escondía por miedo y dejaba que poco a poco el fuego que ardía en mi se apagara. Entramos atropelladamente en mi habitación y cerré la puerta con un golpe. Entonces, me volví hacia Marie, la tomé por las mejillas y besé sus labios por primera vez, sin que ella lo aprobara, sin esperar su consentimiento. No pareció importarle. Todo había sido culpa suya. Había colocado una vela para que iluminara mi camino y mi camino llegaba hasta ella. 


lunes, 31 de agosto de 2020

Ensaimada

Ya habían transcurrido varios meses desde que la mayoría de los judíos y árabes se marcharan de la isla. Uno a uno, habían abandonado sus hogares, cargados con fardos repletos de enseres personales, recuerdos y nostalgia. Habían decidido que su fe estaba por encima de su vida aquí, en una tierra que en poco tiempo acabaría siendo territorio exclusivo de los cristianos. Mi madre me confesó que nosotros también nos habríamos marchado si hubiéramos podido, pero mi abuela no tenía fuerzas suficientes para aguantar un viaje tan largo y mi hermana pequeña llevaba casi un año debilitada por una enfermedad de la sangre. Además, sin un hombre en la familia, aunque mi madre fuera una viuda de armas tomar, no llegaríamos muy lejos.

—Jael, apártate de ahí y ven a comer —ordenó mi madre, sentada en su pequeña silla desvencijada, junto a la única mesa de nuestra vivienda. 

Yo asentí rápidamente y obedecí. Era consciente de que mi madre no quería que viera cómo los soldados de los nuevos reyes conquistadores expulsaban a nuestros vecinos. Ellos, como nosotros, decidieron quedarse, pero no habían demostrado su conversión. Había sido cuestión de tiempo que los  cristianos, temerosos de su propias creencias, los denunciaran. 

—¿No los vamos a ayudar? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. 

—Come y calla —espetó mi abuela. Estaba tensa y tenía las manos entrelazadas en el regazo. En voz baja, rezaba—. No me mires más y empieza a comer. 

Durante aquel almuerzo, nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra. Teníamos un nudo en la garganta, nuestras manos temblaban y apenas éramos capaces de probar bocado mientras escuchábamos los golpes y los gritos de la casa de al lado. Los soldados lanzaban insultos tanto al matrimonio joven como a sus dos hijos. Los sacaron de la casa arrastras y buscaron los libros sagrados, pruebas irrefutables de que aquella familia era judía y no cristina. Sin embargo, no encontrarían nada. Yo me había encargado de quemar los libros a escondidas junto a Ruth, su hija mayor. 

—¿Y si vienen aquí? —me atreví a preguntar. 

—No vendrán —aseguró mi madre. Ella había empezado a darle de comer a Ester—. Me he encargado de que no sospechen de nosotros. 

Desde que los nuevos reyes hubieran ordenado la expulsión de los judíos de todo el reino, mi madre se puso manos a la obra, comprando cerdo para preparar diferentes alimentos que luego daba a los perros y pidiendo que nos bautizaran a todos, ya que un poco de agua no podía hacernos daño. Nuestros vecinos, tanto judíos como musulmanes y cristianos, la habían criticado e incluso habían llegado a insultarla y a agredirla, pero ella no se había dado por vencida. Sabía mejor que nadie que marcharse significaría perder a su madre y a su hija y no estaba dispuesta a ello, como tampoco estaba dispuesta a perder su hogar. Mi madre confiaba en nuestro dios. Elohim entendería su sacrificio y perdonaría sus pecados. Elohim era compasivo y benevolente. 

De pronto, se escucharon algunos golpes en la puerta. Mi abuela dio un respingo en la silla e inmediatamente dejó de rezar. Ester se hizo un ovillo en su lecho y mi madre dejó a un lado el plato de sopa. Ella, me indicó con la cabeza que abriera. Ya no se escuchaban gritos, golpes, ni voces, tan solo un llanto constante de dos niñas. Los soldados habían acabado en la casa de nuestros vecinos. 

—Aparta — espetó el soldado, de rostro oscuro y áspero, cuando abrí la puerta—. ¿Esta también es casa de judíos? 

—Ya no —contestó mi madre. Tenía la mirada fija en el rostro del hombre—. Aceptamos a Dios, nuestro Señor, hace algunos años. 

—Seguro... —murmuró el soldado, revisando la mesa en la que estábamos comiendo— Qué curioso. No veo ni un solo pedazo de cerdo, pero sí cordero. 

—Es difícil dejar algunas costumbres, pero creo que puedo demostrarlo.  

Mi madre dejó a Ester sola en el lecho y se encaminó lentamente y con la espalda muy recta hasta la despensa.. Con ambas manos, tomó un pequeño plato de barro cubierto por un trapo de tela fino y lo depositó sobre la mesa. 

—¿Qué es eso? —preguntó el soldado. 

Mi madre retiró la tela. Sobre el plato, había un dulce grande, trenzado, anaranjado y esponjoso. 

—Es una bulema —contestó ella, con una sonrisa—, pero con saim, que quiere decir manteca de cerdo. Tengo más ahí, mi madre las hace para todo el pueblo. ¿Quiere un pedazo para comprobarlo? 

El soldado asintió. Estaba hambriento y un pedazo de aquel dulce se le hacía irresistible. 

—¿Y por qué cogéis vosotros también? preguntó, una vez lo tuvo en su poder. 

Mi madre asintió. Cortó con cuidado su propio pedazo y lo compartió con mi abuela. Era la única forma de demostrar que habían abandonado sus creencias, comer un alimento prohibido por la Torah. Ambas se miraron, cómplices, antes de cometer aquel pecado. 

—¿Qué hay de los niños? —preguntó el soldado, mientras se limpiaba la comisura de los labios con los dedos. Había comprobado en su paladar que mi madre no mentía—. No  me gustaría que se quedaran sin probar algo tan delicioso. 

—Mi hija no puede comerlo. Está enferma —dijo mi madre, rápidamente. No quería que nosotros nos convirtiéramos también en pecadores. Confiaba en Elohim, pero prefería no tentar a la suerte y condenar nuestra alma. 

—Entonces el chico. 

Fue la primera vez que vi a mi madre dudar. No sabía cómo debía de intervenir para que yo no probara ni un solo bocado de aquel alimento prohibido y a la vez librarse de un castigo terrible por fingir nuestra conversión y tomar el nombre de Dios en vano. Sin embargo, fui yo el que tomó la decisión por ella. Cogí un buen pedazo de la bulema y me lo comí sin ningún remordimiento. Mi madre y mi abuela creían fielmente en las creencias de su pueblo, pero yo no. Me había criado en una isla en la que convivían tres religiones diferentes, había aprendido de las tres y había renegado de todas ellas. ¿Cómo podía estar en lo cierto al afirmar cuál verdadera? ¿Cómo podía saber que aquella que se me había inculcado desde el nacimiento era la correcta? Creía en Elohim y su palabra, pero no al nivel de mi familia, así que no podía sentirme tan culpable. 

El soldado me miró, orgulloso, esbozó una sonrisa y se marchó por donde había venido, cerrando la puerta a sus espaldas. Inmediatamente, mi madre me abrazó, llorando. Yo la abracé también, mientras mi abuela rezaba. Ambas eran dos personas increíbles, capaces de sacrificar su alma por el bien de los suyos y por no perder a nadie en el camino a un exilio injusto o bajo la hoja de algún soldado cristiano, como habían muerto mi padre y mi abuelo muchos años atrás. A nuestra familia le había tocado vivir tiempos oscuros y si lo único que debíamos hacer para sobrevivir era aprendernos otras enseñanzas, asistir a los oficios y comer bulema con saim mientras adorábamos en secreto a Elohim, lo haríamos. 

lunes, 3 de agosto de 2020

Pesadilla

Jamás habría imaginado una situación como esta mientras aprendía el arte de la medicina junto a mi maestro. Si él hubiera presenciado tal desgracia, tendría el alma desgarrada y el corazón encogido, tal y como yo lo tengo. Sin embargo, fue de los primeros en morir. Nuestro gremio fue el más castigado y la debilidad y el desgaste de sus años no fueron perdonados por la enfermedad. Mi maestro no fue el primero y tampoco el último, ni siquiera yo puedo asegurar que esta máscara me proteja del castigo que Dios, o incluso el mismo Demonio, nos ha enviado. Otros más jóvenes que yo y menos expuestos han caído. No hay día que me levante pensando si será el último, si podré volver a ver a Anna o podré regresa a Viena. Todo es muy complicado y difícil. 
Intento escribir esta carta con puño firme, pero me tiembla el pulso. A medida que avanzan los días la carga es más difícil de sobrellevar. Las imágenes de los cadáveres amontonados en las calles son terribles. Los enfermos piden ayuda mientras que los sanos —o aquellos que creen que lo están— huyen despavoridos, con los ojos desorbitados, llorosos y cargados de miedo, sin saber dónde meterse, pues no hay escapatoria. 
Todas estas estampas crueles y desgarradoras no dejan de desfilar en mi mente durante todo el día y tampoco lo hacen durante la noche. Las pesadillas no me dejan descansar, el miedo me atenaza el corazón. 
Tengo a mi lado el uniforme. La ropa negra, los guantes negros, las botas negras, la máscara negra de pico largo con hierbas aromáticas para poder soportar el hedor de los cuerpos. Parecemos grandes cuervos. Precedemos a la muerte, pues poco podemos hacer. La situación se nos escapa de las manos. Hemos aprendido a sanar, somos médicos, es lo que se espera de nosotros, pero todo nuestro esfuerzo es en vano. No somos capaces de parar esta locura y no sabemos cuánto tardaremos en dejar de respirar y sumarnos a la infinita pila mortuoria. No estamos a salvo. Nuestro conocimiento no nos hace inmunes a lo que sea que está provocando esta situación, este mal sueño común del que no podemos despertar. 
Querido Paul, me despido de ti. No sé si para cuando esta carta cruce el continente tú seguirás vivo y tampoco sé si yo lo estaré para recibir tu respuesta. Lo que más deseo es que sobrevivamos a esta catástrofe y podamos volver a reunirnos. Si llegaras a leer esto, tan solo quiero que le des un beso a Anna de mi parte y dile que su padre desea volver a verla. Si no ha ocurrido nada terrible, Dios no lo quiera, debe de haber crecido muchísimo desde que me marché. 
Siempre vuestro. 
Víctor. 

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Dejo la pluma a un lado y me levanto de la silla. Hace días que me siento extraño, cansado y sin fuerzas. No tengo suficientes horas en el día para dormir, pero tampoco puedo hacerlo, por muy cansado que esté. La situación me sobrepasa, la presión me aplasta contra el suelo y, por mucho que intente resistir, sé que me quebraré como el cristal fino. Todos tenemos un límite y yo tan solo estoy esperando llegar al mío. 
Apoyo las manos en la ventana y miro hacia el exterior. Amanece un nuevo día y todo es frío, gris y triste. No se ven rostros felices, nadie ríe y no hay gritos de alegría, solo lágrimas, dolor y desesperación. 
Me llevo las manos al rostro y suspiro. 
¿Cuándo acabará esta pesadilla?