Tiro de la mano de Niall para que
camine más deprisa. Tenemos que alejarnos cuanto antes de las cabañas y del
bosque. Tenemos que llegar al río.
A nuestras espaldas se escuchan
las voces que nos persiguen. Las antorchas que iluminan el camino. Las pisadas
que hacen crujir las raíces de los árboles a su paso. No tenemos mucho tiempo.
Están muy cerca.
Helena va delante de mí. Lleva a
Phoebe en brazos y a Evelyn cogida a su mano. Louise va con ellas. Ante ellos, algunas
mujeres con sus hijos y sus compañeros. Otras, como yo, han dejado atrás un
pedazo de su corazón. Leonard y otros hombres se están enfrentando a los
monstruos que han venido a matarnos.
Le habían prendido fuego a las
casas mientras dormíamos. El humo y las llamas nos habían despertado y habíamos
tenido que salir con lo puesto. Todas nuestras pertenencias, nuestros hogares,
nuestros refugios, estaban en llamas, mientras los más valientes de la pequeña aldea
luchaban por evitar que el fuego lo devorara todo y los monstruos trataban de
atraparlos, herirlos o matarlos.
—Mamá. ¿Por qué no viene papá con
nosotros? —pregunta Niall.
Mi pequeño no deja de mirar hacia
atrás. Espera que Leonard regrese, pero es demasiado pronto.
—Vamos. No podemos pararnos.
Seguimos hasta el río. A algunos
pasos de la margen hay una pequeña cueva que solemos usar como almacén y que
ahora va a servirnos como refugio. Arrinconamos las herramientas y los sacos de
grano, después de tomar las horcas y los martillos como armas. No estamos
dispuestos a dejarnos cazar tan fácilmente.
Vemos a lo lejos las llamas y el
humo. El fuego ha tenido que destruirlo todo. Nuestros compañeros no han podido
apagarlo. Quizás estén en peligro. Saco de mi mandil una vela blanca que he
rescatado de mi pequeña cabaña y la coloco en el centro de la cueva. Todos me
miran con ojos brillantes y ansiosos, pero no me inmuto. Sé que no tenemos
fuego, pero no importa. Fuego no es lo que necesitamos ahora mismo. Rodeo la
vela con unas flores moradas que recogimos ayer y que aún tengo en el fondo de
mi mandil y suspiro. Le suplico al cielo que no ocurra nada. Que vuelvan sanos
y salvos. Los necesitamos.
Helena se marcha con Louise.
Tienen la genial idea de recoger hierbas y agua para preparar medicinas por si
Leonard y los demás vuelven heridos. Graham les acompaña. No deben hacer ruido
por si los monstruos, de rostro y costumbres humanas, aparecen.
Al cabo de un tiempo, escuchamos
pasos. No pueden ser de ellos. Son pasos vacilantes. Temerosos tal vez. Nadie
quiere salir a echar un vistazo. Temen que puedas hacerles daño. Le pido a Cecile
que cuide de Niall y me aventuro hacia el bosque. Pueden que sean los monstruos,
pero también puede que sea alguno de los nuestros que necesita ayuda.
Veo un hombre caminar entre la
maleza. Le siguen algunos más. No llevan antorchas ni armas. Distingo la
silueta de Leonard. Es el que camina primero. Va encorvado. Antes de que
lleguen a donde estoy yo, tienen que ayudarle a caminar. Eugene y Fedrick también
vienen. Me acerco a ellos. Yo seré la que ayude a Leonard a llegar hasta la
cueva.
Me dice, jadeando y a media voz,
que no han podido hacer nada. Que Daniel y Theodor han sido capturados. No han
tenido piedad con ellos y les han apaleado hasta dejarlos inconscientes en el
suelo.
Llegamos hasta nuestro refugio.
No sé cómo, la vela ha sido encendida. Ayudo a Leonard a recostarse contra la
pared y Niall le abraza con fuerza, llorando. Sé que ha pasado mucho miedo. Helena
se acerca para curar las heridas de mi compañero. Tiene una brecha en el cráneo,
un palmo sobre la sien, y le han pinchado a la altura de las costillas. Sangra
considerablemente, pero él no le da importancia y se deja hacer. Me siento
junto a él y me abraza. Se deja caer sobre mí, con sus manos enlazadas en las
mías.
Ambos miramos hacia donde estuvo
nuestro hogar. No queda ni rastro del fuego, solo humo. La mañana empieza a
despuntar cuando Leonard cae presa del sueño y Niall se duerme a su lado. Dejo
que descansen. Sé que yo no podré dormir en mucho tiempo.
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