miércoles, 9 de septiembre de 2020

Vela

Era incapaz de recordar. No recordaba cómo había llegado hasta aquella oquedad de paredes húmedas cubiertas de musgo. No recordaba el camino que me había llevado hasta allí desde mi pequeña aldea situada en el límite del bosque. Tan solo recordaba que, cuando el sol estaba en lo más alto, estaba en casa, remendando y, tras un parpadeo, me encontraba en aquel lugar frío y solitario por cuya entrada se colaba la luz tenue del anochecer. Estaba arrodillada en un suelo cubierto de ramas y hojas secas, sentada sobre mis propias piernas, con la espalda muy recta y los puños cerrados sobre los muslos. Podía oler las flores secas que colgaban en pequeños ramilletes del techo compuesto por vigas de madera oscura y veteada que se incrustaban en la piedra gris. A mi derecha, ardía un pequeño fuego, insuficiente para vencer al frío del lugar, que llegaba hasta los huesos y los mordía como un perro hambriento. Mi vestimenta, tampoco me ayudaba a entrar en calor. Iba vestida con un camisón corto con tirantes finos, de seda blanca e inmaculada. Una prenda que no era mía y que tampoco sabía de dónde había salido. Me miré los dedos, en uno de ellos llevaba una alianza de plata labrada. 

—Curiosos los grilletes del amor. 

Levanté la vista. Aquella voz profunda y calmada me había sobresaltado. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Hasta entonces, había estado sola en la cueva, en un periodo de reflexión tranquilo e inconsciente, pues ni siquiera sabía exactamente sobre qué había estado pensando. 

—¿Quién eres? —pregunté. 

Frente a mí, tenía a una mujer de mi edad, delgada y alta, arrodillada como yo sobre las ramas y las hojas. Su cabello oscuro cubría ligeramente su rostro pálido y alargado. Sus ojos negros me traspasaban, como si vieran más allá de mí, más allá de lo que hubiera en la cueva o en el bosque. 

—Sabes quién soy —contestó ella, ladeando ligeramente la cabeza. El cabello le cayó sobre los hombros, cubiertos por un camisón negro, y un largo collar de metal y hueso—. Ya has venido antes a verme. ¿No lo recuerdas? 

—No —dije. Esperaba ver en su rostro alguna mueca de decepción, pero siguió inmutable, como una estatua—. ¿Debería? 

Ella volvió a negar con la cabeza y estiro sus brazos hacía mí. Sus manos, parecidas a garras oscuras parcialmente quemadas, estaban cubiertas por la cera de una vela a medio consumir. Ella también llevaba una alianza, en el dedo pulgar de su mano derecha. Yo no supe muy bien cómo reaccionar, así que permanecí estática, mientras ella acercaba más y más el pequeño objeto a mí. La llama era cálida y acogedora e inmediatamente me hizo dejar de temblar de frío, aunque no de miedo. Estaba aterrada, no por el lugar en el que me encontraba, no por la persona mística y desconocida, aunque no extraña, que tenía ante mí, sino por algo que aún no llegaba a comprender o que no recordaba, pero que me atenazaba el alma. 

—Cógela. 


Obedecí inmediatamente. En mis manos temblorosas, la llama se agitaba, inquieta. El nudo de mi garganta casi me impedía respirar. Estaba a punto de echarme a llorar mientras observaba la danza desenfrenada de la pequeña lengua de fuego, como si en lugar de la vela, fuera yo quien estuviera a punto de apagarse y de extinguirse con un pequeño soplo de aire, con el más mínimo movimiento brusco. 

La mujer se puso entonces en pie. Sus pies descalzos, que estaban ennegrecidos al igual que sus manos, dieron algunos pasos hasta a mí. Ella se deslizó hasta el suelo delicadamente y cubrió con sus manos la llama, arropándola y protegiéndola del aire que llegaba desde el bosque y el frío de la oquedad. Sus dedos ya no se quemaban, sino que formaban pequeño refugio oscuro. De pronto, sin saber por qué, dejé de tener miedo y de temblar. El fuego llegó a calentar toda la estancia y las ramas y las hojas secas se volvieron musgo suave y mullido. 

—No permitas que se extinga tu llama.  

Ella se inclinó ligeramente hacia mí para darme un beso tierno en la frente, a modo de despedida. Nuestro tiempo juntas había concluido. 

···

—¡Beatrice! ¡Beatrice! ¡¿Cómo es posible que puedas dormir en un momento como este?! 

Mi tía me zarandeó del brazo sin ninguna consideración. Me había dormido mientras remendaba y mientras esperaba a que Héctor viniera a verme. Debía tener un aspecto horrible. Mi tía me ordenó subir a la planta de arriba a asearme y peinarme lo antes posible y así lo hice. Ya no quedaba ni rastro del camisón de seda, de la alianza o de la vela. Todo había sido un sueño extraño y demasiado real. pero había sido solo eso, un sueño. Me arrastré hasta la planta de abajo, ligeramente desorientada y volví a sentarme sobre la silla. Atónita, descubrí que sobre mi mesa ardía una vela blanca. Mi tía me explicó que Marie, nuestra sirvienta, una chica de mi edad de tiernos ojos color miel, cabello dorado y piel pálida y suave, la había dejado allí para que me diera suerte e iluminara mi camino. 

—Pareciera que has visto un fantasma —apuntó mi tía, al ver que yo no era capaz de articular palabra. 

—Tal vez así sea... —murmuré. 

Héctor llegó poco después, perfectamente vestido y perfumado, con el bigote alisado y un gran ramo de flores en las manos. Había vuelto tras un par de semanas, unas semanas que me había concedido para reflexionar sobre su deseo. Esta vez, sería una propuesta formal. El joven depositó sobre mi mano una alianza similar a la de mi sueño y se arrodilló. Sus ojos brillaban de emoción, parecía sincero y tenía mucho dinero. Tal vez fuera el hombre perfecto. Quizá, como en los cuentos de hadas, me amara de verdad y nuestro destino fuera ser felices juntos. Sin embargo,  inconscientemente, miré hacia un lado. La vela ardía sobre la mesa, inquieta. La llama tintineaba al ritmo de los latidos de mi corazón. Hacia el otro lado estaba la puerta del servicio. Marie nos observaba por la puerta entreabierta. También temblaba. Si dejaba que se extinguiera mi llama, también se extinguiría la llama de Marie, de mi querida Marie. Y entonces moriríamos las dos. 

—Lo siento. No puedo casarme con usted. 

Le devolví la alianza a su dueño y salí de la habitación a toda prisa por la puerta del servicio, arrastrando conmigo a Marie. Ni en su dedo ni en el mío había alianzas. No la necesitábamos. Nuestro amor tenía prejuicios, pero no grilletes y jamás los tendría. Me negaba a formar parte de un matrimonio infeliz mientras amaba en secreto a otra persona, mientras me escondía por miedo y dejaba que poco a poco el fuego que ardía en mi se apagara. Entramos atropelladamente en mi habitación y cerré la puerta con un golpe. Entonces, me volví hacia Marie, la tomé por las mejillas y besé sus labios por primera vez, sin que ella lo aprobara, sin esperar su consentimiento. No pareció importarle. Todo había sido culpa suya. Había colocado una vela para que iluminara mi camino y mi camino llegaba hasta ella. 


lunes, 31 de agosto de 2020

Ensaimada

Ya habían transcurrido varios meses desde que la mayoría de los judíos y árabes se marcharan de la isla. Uno a uno, habían abandonado sus hogares, cargados con fardos repletos de enseres personales, recuerdos y nostalgia. Habían decidido que su fe estaba por encima de su vida aquí, en una tierra que en poco tiempo acabaría siendo territorio exclusivo de los cristianos. Mi madre me confesó que nosotros también nos habríamos marchado si hubiéramos podido, pero mi abuela no tenía fuerzas suficientes para aguantar un viaje tan largo y mi hermana pequeña llevaba casi un año debilitada por una enfermedad de la sangre. Además, sin un hombre en la familia, aunque mi madre fuera una viuda de armas tomar, no llegaríamos muy lejos.

—Jael, apártate de ahí y ven a comer —ordenó mi madre, sentada en su pequeña silla desvencijada, junto a la única mesa de nuestra vivienda. 

Yo asentí rápidamente y obedecí. Era consciente de que mi madre no quería que viera cómo los soldados de los nuevos reyes conquistadores expulsaban a nuestros vecinos. Ellos, como nosotros, decidieron quedarse, pero no habían demostrado su conversión. Había sido cuestión de tiempo que los  cristianos, temerosos de su propias creencias, los denunciaran. 

—¿No los vamos a ayudar? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. 

—Come y calla —espetó mi abuela. Estaba tensa y tenía las manos entrelazadas en el regazo. En voz baja, rezaba—. No me mires más y empieza a comer. 

Durante aquel almuerzo, nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra. Teníamos un nudo en la garganta, nuestras manos temblaban y apenas éramos capaces de probar bocado mientras escuchábamos los golpes y los gritos de la casa de al lado. Los soldados lanzaban insultos tanto al matrimonio joven como a sus dos hijos. Los sacaron de la casa arrastras y buscaron los libros sagrados, pruebas irrefutables de que aquella familia era judía y no cristina. Sin embargo, no encontrarían nada. Yo me había encargado de quemar los libros a escondidas junto a Ruth, su hija mayor. 

—¿Y si vienen aquí? —me atreví a preguntar. 

—No vendrán —aseguró mi madre. Ella había empezado a darle de comer a Ester—. Me he encargado de que no sospechen de nosotros. 

Desde que los nuevos reyes hubieran ordenado la expulsión de los judíos de todo el reino, mi madre se puso manos a la obra, comprando cerdo para preparar diferentes alimentos que luego daba a los perros y pidiendo que nos bautizaran a todos, ya que un poco de agua no podía hacernos daño. Nuestros vecinos, tanto judíos como musulmanes y cristianos, la habían criticado e incluso habían llegado a insultarla y a agredirla, pero ella no se había dado por vencida. Sabía mejor que nadie que marcharse significaría perder a su madre y a su hija y no estaba dispuesta a ello, como tampoco estaba dispuesta a perder su hogar. Mi madre confiaba en nuestro dios. Elohim entendería su sacrificio y perdonaría sus pecados. Elohim era compasivo y benevolente. 

De pronto, se escucharon algunos golpes en la puerta. Mi abuela dio un respingo en la silla e inmediatamente dejó de rezar. Ester se hizo un ovillo en su lecho y mi madre dejó a un lado el plato de sopa. Ella, me indicó con la cabeza que abriera. Ya no se escuchaban gritos, golpes, ni voces, tan solo un llanto constante de dos niñas. Los soldados habían acabado en la casa de nuestros vecinos. 

—Aparta — espetó el soldado, de rostro oscuro y áspero, cuando abrí la puerta—. ¿Esta también es casa de judíos? 

—Ya no —contestó mi madre. Tenía la mirada fija en el rostro del hombre—. Aceptamos a Dios, nuestro Señor, hace algunos años. 

—Seguro... —murmuró el soldado, revisando la mesa en la que estábamos comiendo— Qué curioso. No veo ni un solo pedazo de cerdo, pero sí cordero. 

—Es difícil dejar algunas costumbres, pero creo que puedo demostrarlo.  

Mi madre dejó a Ester sola en el lecho y se encaminó lentamente y con la espalda muy recta hasta la despensa.. Con ambas manos, tomó un pequeño plato de barro cubierto por un trapo de tela fino y lo depositó sobre la mesa. 

—¿Qué es eso? —preguntó el soldado. 

Mi madre retiró la tela. Sobre el plato, había un dulce grande, trenzado, anaranjado y esponjoso. 

—Es una bulema —contestó ella, con una sonrisa—, pero con saim, que quiere decir manteca de cerdo. Tengo más ahí, mi madre las hace para todo el pueblo. ¿Quiere un pedazo para comprobarlo? 

El soldado asintió. Estaba hambriento y un pedazo de aquel dulce se le hacía irresistible. 

—¿Y por qué cogéis vosotros también? preguntó, una vez lo tuvo en su poder. 

Mi madre asintió. Cortó con cuidado su propio pedazo y lo compartió con mi abuela. Era la única forma de demostrar que habían abandonado sus creencias, comer un alimento prohibido por la Torah. Ambas se miraron, cómplices, antes de cometer aquel pecado. 

—¿Qué hay de los niños? —preguntó el soldado, mientras se limpiaba la comisura de los labios con los dedos. Había comprobado en su paladar que mi madre no mentía—. No  me gustaría que se quedaran sin probar algo tan delicioso. 

—Mi hija no puede comerlo. Está enferma —dijo mi madre, rápidamente. No quería que nosotros nos convirtiéramos también en pecadores. Confiaba en Elohim, pero prefería no tentar a la suerte y condenar nuestra alma. 

—Entonces el chico. 

Fue la primera vez que vi a mi madre dudar. No sabía cómo debía de intervenir para que yo no probara ni un solo bocado de aquel alimento prohibido y a la vez librarse de un castigo terrible por fingir nuestra conversión y tomar el nombre de Dios en vano. Sin embargo, fui yo el que tomó la decisión por ella. Cogí un buen pedazo de la bulema y me lo comí sin ningún remordimiento. Mi madre y mi abuela creían fielmente en las creencias de su pueblo, pero yo no. Me había criado en una isla en la que convivían tres religiones diferentes, había aprendido de las tres y había renegado de todas ellas. ¿Cómo podía estar en lo cierto al afirmar cuál verdadera? ¿Cómo podía saber que aquella que se me había inculcado desde el nacimiento era la correcta? Creía en Elohim y su palabra, pero no al nivel de mi familia, así que no podía sentirme tan culpable. 

El soldado me miró, orgulloso, esbozó una sonrisa y se marchó por donde había venido, cerrando la puerta a sus espaldas. Inmediatamente, mi madre me abrazó, llorando. Yo la abracé también, mientras mi abuela rezaba. Ambas eran dos personas increíbles, capaces de sacrificar su alma por el bien de los suyos y por no perder a nadie en el camino a un exilio injusto o bajo la hoja de algún soldado cristiano, como habían muerto mi padre y mi abuelo muchos años atrás. A nuestra familia le había tocado vivir tiempos oscuros y si lo único que debíamos hacer para sobrevivir era aprendernos otras enseñanzas, asistir a los oficios y comer bulema con saim mientras adorábamos en secreto a Elohim, lo haríamos. 

lunes, 3 de agosto de 2020

Pesadilla

Jamás habría imaginado una situación como esta mientras aprendía el arte de la medicina junto a mi maestro. Si él hubiera presenciado tal desgracia, tendría el alma desgarrada y el corazón encogido, tal y como yo lo tengo. Sin embargo, fue de los primeros en morir. Nuestro gremio fue el más castigado y la debilidad y el desgaste de sus años no fueron perdonados por la enfermedad. Mi maestro no fue el primero y tampoco el último, ni siquiera yo puedo asegurar que esta máscara me proteja del castigo que Dios, o incluso el mismo Demonio, nos ha enviado. Otros más jóvenes que yo y menos expuestos han caído. No hay día que me levante pensando si será el último, si podré volver a ver a Anna o podré regresa a Viena. Todo es muy complicado y difícil. 
Intento escribir esta carta con puño firme, pero me tiembla el pulso. A medida que avanzan los días la carga es más difícil de sobrellevar. Las imágenes de los cadáveres amontonados en las calles son terribles. Los enfermos piden ayuda mientras que los sanos —o aquellos que creen que lo están— huyen despavoridos, con los ojos desorbitados, llorosos y cargados de miedo, sin saber dónde meterse, pues no hay escapatoria. 
Todas estas estampas crueles y desgarradoras no dejan de desfilar en mi mente durante todo el día y tampoco lo hacen durante la noche. Las pesadillas no me dejan descansar, el miedo me atenaza el corazón. 
Tengo a mi lado el uniforme. La ropa negra, los guantes negros, las botas negras, la máscara negra de pico largo con hierbas aromáticas para poder soportar el hedor de los cuerpos. Parecemos grandes cuervos. Precedemos a la muerte, pues poco podemos hacer. La situación se nos escapa de las manos. Hemos aprendido a sanar, somos médicos, es lo que se espera de nosotros, pero todo nuestro esfuerzo es en vano. No somos capaces de parar esta locura y no sabemos cuánto tardaremos en dejar de respirar y sumarnos a la infinita pila mortuoria. No estamos a salvo. Nuestro conocimiento no nos hace inmunes a lo que sea que está provocando esta situación, este mal sueño común del que no podemos despertar. 
Querido Paul, me despido de ti. No sé si para cuando esta carta cruce el continente tú seguirás vivo y tampoco sé si yo lo estaré para recibir tu respuesta. Lo que más deseo es que sobrevivamos a esta catástrofe y podamos volver a reunirnos. Si llegaras a leer esto, tan solo quiero que le des un beso a Anna de mi parte y dile que su padre desea volver a verla. Si no ha ocurrido nada terrible, Dios no lo quiera, debe de haber crecido muchísimo desde que me marché. 
Siempre vuestro. 
Víctor. 

~~

Dejo la pluma a un lado y me levanto de la silla. Hace días que me siento extraño, cansado y sin fuerzas. No tengo suficientes horas en el día para dormir, pero tampoco puedo hacerlo, por muy cansado que esté. La situación me sobrepasa, la presión me aplasta contra el suelo y, por mucho que intente resistir, sé que me quebraré como el cristal fino. Todos tenemos un límite y yo tan solo estoy esperando llegar al mío. 
Apoyo las manos en la ventana y miro hacia el exterior. Amanece un nuevo día y todo es frío, gris y triste. No se ven rostros felices, nadie ríe y no hay gritos de alegría, solo lágrimas, dolor y desesperación. 
Me llevo las manos al rostro y suspiro. 
¿Cuándo acabará esta pesadilla? 


lunes, 20 de julio de 2020

Justicia

Mi padre siempre me había pedido paciencia. Me agarraba del brazo con fuerza cuando estaba a punto de saltar hacia delante para evitar que algún soldado borracho agarrara a las muchachas de la aldea o el gobernador de la región se riera de algún campesino con el rostro lleno de pústulas. Mis vecinos, mi propia familia y yo pasábamos hambre a diario y el ejercito del emperador no encontraba otra diversión que no fuera humillarnos. Se justificaban en el hecho de que nuestra aldea había pertenecido al enemigo, a pesar de que nos habíamos rendido pronto, sin oponer resistencia. Éramos personas pacíficas, no teníamos otra opción. Todos los belicosos ya se estaban pudriendo en una fosa común, junto al molino, y mi padre temía que yo fuera el siguiente si me atrevía a alzar la voz ante las injusticias que nos ocurrían prácticamente a diario. 
—No te preocupes hijo mío —me decía, con las manos sobre las rodillas flexionadas y la espalda muy recta—. Algún día tendrán el castigo que se merecen. 
—¡Pero nadie hace nada! ¡Nadie está por encima de ellos! 
—Algún día, la justicia divina caerá sobre ellos y entonces pagarán por sus pecados. Créeme. Nadie escapa a su castigo.
Siempre me decía lo mismo. Intentaba convencerme de que las personas crueles acababan pagando. Pensar que los dioses les juzgarían cuando murieran era una fantasía preciosa, pero no estaba hecha para mí. Y sin embargo... Ojalá hubiera sido capaz de creer. Así habría evitado nuestro triste final. 

Todo ocurrió muy deprisa. Los soldados llegaron esa misma mañana, cargados con espadas de filo reluciente. Llevaban mucho tiempo sin aparecer y venían con ganas de provocarnos. Sabían que yo era una presa fácil. Me habían visto más de una vez hacer el amago de encararme con ellos y eran conscientes de que estallaría si encontraban la forma adecuada de hacerlo. Por ese motivo, dos de ellos fueron directamente a nuestros campos y volcaron varias sacas de sal en nuestros cultivos. Aquella vez mi padre no pudo detenerme. Estallé, cegado por la rabia, y los agredí. No era mucho más fuerte, tampoco estaba armado, así que fui un objetivo fácil. Me redujeron pronto, sin dudar al usar su espada. Entonces, mi padre trató de defenderme y corrió mi misma suerte. Mi madre tampoco pudo escapar. 
Nos ataron a un poste, en mitad de la aldea y se aseguraron de que sirviéramos como ejemplo popular. Así se castigaba a los que se rebelaban. Ya no había muertes rápidas, sino latigazos y castigos físicos. Ni siquiera me atrevo a relatar lo que nos hicieron aquellos monstruos sin alma ni escrúpulos. 
Mi último día, mi verdugo se acercó, espada en mano. Me preguntó si tenía algo que decir, pero yo negué con la cabeza. Estaba muy cansado y casi no podía hablar. Mis padres habían muerto días antes de hambre y agotamiento. Ya no me quedaban fuerzas ni ánimos. 
El verdugo alzó la espalda y yo cerré los ojos. Ya no me quedaba nada, salvo comprobar si mi padre tenía razón y tras la injusticia terrenal, oscura y ponzoñosa, se encontraba aquella justicia de la que él, con tanto cariño y paciencia, me había hablado. Solo me quedaba saber si recibiría mi castigo por haber sido el culpable de la muerte de mis padres. 

domingo, 5 de julio de 2020

Megaloceros

Aún me gusta pasear por el viejo museo tal y como lo hacía mi padre, con las manos a la espalda y fumando un pequeño cigarrillo mientras me aliso el bigote con los dedos. He tenido la suerte de heredar uno de los museos de historia natural más antiguos del mundo de un hombre excéntrico e increíble y de una mujer inteligente y metodológica. Mi padre me enseño a amar y cuidar de aquel lugar y mi madre me inició en el arte de identificar huesos, plantas y huellas fosilizados. Si no hubiera sido por ellos, lo más probable habría sido que vendiera el museo y me dedicara al negocio del azúcar, como mi hermano. Él tenía muchas más ganancias que yo y se podía permitir una vida llena de lujos. Sin embargo, yo no lo envidiaba. Adoraba levantarme temprano para ir al museo y salir de él cuando ya había caído la noche y todo estaba iluminado con las bombillas tenues y anaranjadas. Adoraba ver las caras de los niños, sus gestos de sorpresa al descubrir qué criaturas habían poblado nuestro planeta antes de que el hombre pusiera un pie en él y sus suspiros de admiración. Mi trabajo era demasiado gratificante como para cambiarlo por viajes en tren de vapor al otro lado del país o cruceros transatlánticos. 
Apagué el cigarrillo y lo dejé en uno de los ceniceros que teníamos junto a las papeleras. Acababa de llegar a mi sección favorita, donde se encontraba el primer fósil que había visto en mi vida y el que, durante años, me había causado un pavor impresionante. Al principio, había tenido pesadillas terribles con aquel esqueleto, que me doblaba el tamaño, y aquellas astas imponentes. El alce irlandés, Megaloceros giganteus, debía haber sido un animal demasiado imponente y, aunque me hubiera gustado ver a alguno con vida, sé que hubiera salido corriendo ante su increíble visión. Al menos, eso fue lo que hice cuando mi padre me lo presentó. 

Mi primera visita al museo fue en una fresca mañana de abril. Mi padre había decidido colocar el esqueleto en la entrada, para que todos los turistas pudieran observarlo nada más cruzar la puerta. No en balde, estaba tremendamente orgulloso de su adquisición. 
—No tengas miedo, Peter. No te va a hacer nada —me dijo, cuando yo me escondí tras las faldas de mi madre—. Este animal ya no existe. Se extinguió hace muchos años. 
—¿De verdad? —pregunté, a media voz. 
—Vaya rollo... —murmuró mi hermano— ¿Para ver este montón de huesos hemos madrugado? 
—Este montón de huesos, como tú dices, Louis, está completo —explicó mi madre, con voz dulce. Siempre había tenido mucha paciencia—. Es muy difícil encontrar un esqueleto completo y también es muy caro. Lo entenderás cuando seas mayor. 
Pero Louis nunca llegó a entenderlo. Él se olvidó cuando antes del museo y me vendió su parte. Me dijo que si quería estar rodeado para siempre de huesos y piedras estúpidas que así lo hiciera. Y así lo hice. Aunque lo hubiera pasado mal tras mi primera visita, cada vez deseaba pasar más tiempo allí, aprender cómo debía gestionar el lugar y cómo podría llegar a más y más gente para maravillarla con los hallazgos y las adquisiciones de mis padres.
Me senté en el banco que había colocado frente al esqueleto del gran cérvido y sonreí, admirando su belleza. 
Quizá no había elegido la vida más fácil, pero sí la que me hacía más feliz.