martes, 16 de junio de 2020

Deseo

Debía haber sido precavido. Laur no era una genio cualquiera, no era una Djinn. Su cuerpo no era azul y gaseoso, sino que estaba hecho de basalto, bronce y llamas. Cuando froté la lampara, tuve ante mi a una Ifrit, un demonio de fuego, uno de los más poderosos y orgullosos de todos aquellos seres mitológicos. Su sonrisa cínica y su rostro afilado y astuto deberían haberme bastado para arrojar la lámpara al fondo de alguna sima y haber corrido todo lo lejos que hubiera podido, rezando para que nadie encontrara aquel mágico objeto, pero la voz melodiosa de la Ifrit, sus ojos de fuego y sus promesas de riquezas y poder consiguieron conquistarme antes de que pudiera pensar con claridad qué hacer con el torrente de magia que había encontrado por casualidad en el mercado de una ciudad del Desierto Negro. 
—Puedo concederte tres deseos. Ni uno... 
—Conozco las reglas —espeté. 
Estábamos en el desierto, casi a las puertas de la ciudad. Tenía la lámpara entre mis rodillas y con el dedo índice en la barbilla pensaba cuál sería  mi siguiente deseo. Ya tenía fortuna, dos esposas bellas y jóvenes a las que podía mantener, un negocio próspero y cinco hijos sanos y fuertes. Cualquiera podría haber dicho que era un hombre feliz, pero no me conformaba. ¿Quién se hubiera conformado teniendo mi facilidad para encontrar contenedores de metal en los que había genios encerrados? 
Laur esbozó una sonrisa divertida y me apremió para que pidiera mi primer deseo. 
—Si quieres, puedo calcinar una ciudad entera —sugirió—. Estoy segura de que tienes algún enemigo al que deseas perder de vista. Todos tenéis uno. 
—¿Estás loca? Todo el mundo me adora. 
Ella no replicó. Simplemente volvió a sonreír y se frotó los brazos con sus largas uñas de piedra negra. Aquel sonido rasgado me puso el vello de punta. 
—Podría hacerte más hermoso. 
—¿No te parezco guapo? —pregunté, ofendido. No en vano, había sido uno de los deseos de los que estaba más orgulloso. 
—Los humanos me parecéis tan hermosos como los sapos de las ciénagas. 
—Qué rencorosa —murmuré, mientras seguía pensando en mi deseo—. Deberías ser más amable, soy tu amo. 
—No lo seré, a no ser que lo desees. 
La miré, visiblemente confundido. No estaba acostumbrado a un comportamiento tan descortés. Los Djinns siempre me habían tratado con pleitesía. 
—¿No me hablas con respeto y me llamas mi amo
Si en ese momento Laur hubiera podido abrasarme con su enorme poder, lo habría hecho. Yo no sabía que los Ifrit son terriblemente destructores y malignos. Son servidores del demonio y odian a los humanos. Nos consideran creaciones inferiores, seres que debían servirlos a ellos y no al contrario. 
—Deberías dejar de parlotear y pensar, rata asquerosa. Odio perder el tiempo. 
—No es que fueras a aprovecharlo mucho más dentro de esa lampara. 
Los ojos chispeantes de Laur me atravesaron cuando me eché a reír. Su enorme poder no me parecía imponente. Mientras estuviera atrapada en el recipiente de metal no podría hacerme daño. 
—¿Y una plaga? —preguntó. Empezaba a impacientarse— ¿Una guerra civil? ¿La muerte del sultán? Alguien tendría que ocupar su puesto. 
—¿Puedes hacerme sultán? 
—¿Lo dudas? Serías asquerosamente rico y poderoso. Ya te lo he dicho antes. 
—Está bien —dije, mientras me ponía en pie—. Deseo ser sultán. 
Ella rio y alzó sus brazos hacia el cielo anaranjado. El aire estaba lleno de polvo del desierto. 
—Pero... 
—¿Pero qué? —escupió. 
—Para ser sultán no deseo matarlo —dije. Temía que Laur quisiera destruirme. Deseo que se me elija como sucesor. 
—¿Algo más? 
—Nada más. 
Laur elevó entonces sus brazos hacia el cielo y, envuelta en llamas abrasadoras, se esfumó. De pronto, se escuchó un crujido y una gran columna de fuego surgió de las entrañas de la Tierra. Los edificios se vinieron abajo, se hundieron en los ríos de lava que la Ifrit había hecho correr bajo la ciudad. Todos mis vecinos gritaban y corrían, tratando de huir de la tormenta de fuego que estaba arrasando la ciudad. 
—¡No! —exclamé— ¡Esto no es lo que yo quería! ¡Para! ¡Deseo que pares! 
La Ifrit apareció horas después, cuando a mí ya no me quedaba voz para rogarle que detuviera aquella masacre, con su sonrisa cínica y su cuerpo volcánico. Volutas incandescentes se arremolinaban a su alrededor. Estaba orgullosa de su trabajo. 
—No es mi estilo dejar un deseo de mi amo a medias. 
—¡No te burles de mí, estúpido genio! 
Laur se volvió. Ya casi no quedaba nada de la ciudad. Un hombre había escapado de las llamas y avanzaba hacia nosotros, encorvado. Tenía una herida terrible en el vientre y gran parte de su cuerpo, envuelto en ricos ropajes, estaba quemado. En sus manos, llevaba el turbante del sultán. Él era el sultán. Sus ojos negros me miraron, suplicantes, cuando depositó el símbolo de su poder sobre mis manos. No pude hacer nada por él. Se desplomó sobre la arena, sin vida. 
—Felicidades. Eres el nuevo sultán. 
—¡Desee que no lo mataras! ¡Esto no es lo que yo había pedido! 
Ella me sonrió y ladeó la cabeza. El cabello de llamas le cayó con gracia sobre los hombros, cubiertos por una armadura de bronce. 
—Cuando te entregó el turbante ya no era sultán. 
—¡Maldita seas! —exclamé, rabioso. 
Ver la muerte de una ciudad entera con mis propios ojos me hizo enloquecer, me nubló el pensamiento y me hizo cometer mi peor error. 
—¿Cuál es tu siguiente deseo? 
—¡Desaparece de mi vista! ¡Deseo no volver a verte nunca más! 
Lo último que vi fue la sonrisa de la Ifrit. Sentí un dolor ardiente en los ojos y me vi obligado a arrodillarme sobre la arena. Sentía la sangre caliente sobre mi mano. Había sido un estúpido. Debía haber pensando bien mis palabras antes de formular mi deseo. 
—Piensa bien el último. 
Laur me susurró en el oído aquellas palabras. Su ardiente proximidad me asfixiaba. El dolor y la falta de oxígeno no me dejaban pensar con claridad. Tan solo quería que aquel demonio recibiera su merecido. 
—Deseo que vuelvas a la lámpara y nadie vuelva a encontrarte, que a tu lámpara le caiga encima toda la arena del desierto y jamás vuelva a salir a la superficie. 
La Ifrit dejó escapar una pequeña carcajada. No deseaba cumplir mi deseo, pero estaba obligada a obedecer. 
—Está bien... Pero recuerda que mi lámpara está junto a ti y junto a la ciudad. No sabía que tu deseo era ser el sultán de las arenas. 
Escuché cómo Laur se introducía en el interior de la forma en forma de vapor rojizo, tal y como había salido, y seguidamente pude notar el viento abrasador en la piel. Cada vez había más y más arena y yo no podía hacer más que rezar. Había tenido todo lo que un hombre podía desear, pero había querido más. Había jugado con la suerte y la avaricia y había perdido. Laur me había derrotado. Tan solo esperaba que, cuando el peso del desierto acabara con mi vida, el creador se apiadara de mi alma. 

miércoles, 3 de junio de 2020

El viejo del tractor

Ya estaba cerca de la vieja casa de campo. Allí vivía un hombre viejo, muy viejo, que rara vez se levantaba de la silla de madera pegada junto a la ventana. El hombre tenía el rostro y las manos surcadas por cientos de arrugas, el cabello ceniciento, los ojos negros, hundidos y acuosos y los dientes amarillos de tanto fumar. Otra de sus características era que siempre fumaba un cigarrillo tras otro. Recuerdo que no había acabado el que tenía entre los labios agrietados cuando ya estaba encendiendo el siguiente. No era de extrañar que bajo su ventana, tuviera una increíble montaña de colillas que se desparramaba sobre el césped descuidado. Su aspecto y el de su casa eran terribles, pero su carácter no era mucho mejor. Sus labios siempre estaban curvados en una mueca amarga y cuando los chiquillos de otras casas veraniegas próximas jugaban demasiado cerca de su parcela, les llovían decenas de insultos y amenazas. Sin embargo, los críos se reían y lo retaban. Eran conscientes de que no se levantaría de la silla para ir a por ellos. 
Dejé el coche a varios metros de la vivienda y me encaminé hacia el porche. Allí, todo seguía igual, aunque mucho más triste y envejecido. El césped repartido en parches sobre la tierra oscura, que me hacía cosquillas en los tobillos, estaba peor de lo que lo recordaba. Antes de llamar, le di una pequeña vuelta a la casa y no pude evitar sonreír al ver el tractor abandonado y oxidado en el que tantas veces había jugado y que tantos quebraderos de cabeza le había dado a mi madre. Por suerte, nunca me había cortado con ninguna pieza de metal y no había tenido que llevarme al médico a que me pusiera la vacuna del tétanos. 
Aquel hombre, Ricardo, era conocido como El viejo del tractor, porque nadie más tenía uno. Él había vivido siempre del campo, de su sudor y su trabajo, no como los ricos de la ciudad que habían comprado las parcelas aledañas. 
Llamé a la puerta ennegrecida con los nudillos. Ricardo detestaba el sonido del timbre y por eso había pedido que lo desconectaran. 
La joven cuidadora de Ricardo abrió rápidamente, me recibió con una amplia sonrisa y me invitó a pasar. Hacía poco tiempo que trabajaba para él, pero ya me conocía. Yo iba a visitarlo cada semana. Para mí, aquel hombre huraño que nos había acogido a mi madre y a mí cuando huíamos de los malos tratos de mi padre, era como un abuelo. 
Al entrar en el pequeño salón le saludé con energía, pero él ni siquiera se volvió. Su mirada vítrea estaba perdida en la lejanía, en los árboles que crecían más allá de la ventana. Me senté frente a él. El hombre aún estaba en su vieja silla y tenía un cigarrillo sin encender entre los dedos. Sus arrugas se habían acentuado desde que yo era un niño. El tiempo no pasaba en balde. 
—Hoy le he traído uno de mis cuadros, Ricardo. ¿Le suena? 
El anciano se volvió para mirar el pequeño lienzo sobre el que yo había dibujado la parte trasera de la casa. Allí estaba plasmado, con todo lujo de detalles, su pequeño tesoro. 
—¿Es mi tractor? —preguntó, repasando con sus dedos llenos de callos los trazos del pincel. 
—El mismo — dije, mientras asentía con la cabeza. 
Entonces, sus ojos se levantaron hacia mi rostro, curiosos y desorientados. 
—¿Y tú quién eres? 
No pude evitar que un suspiro decepcionado escapara de mis labios. Hacía meses que Ricardo ya no me reconocía. Sus recuerdos estaban enfermos y morían poco a poco, pero yo estaba dispuesto a hacer cualquier esfuerzo por ayudar a su memoria. No me importaba decirle mil y una veces mi nombre y recordarle todo lo que habíamos vivido diez largos años. 
Durante toda la tarde, él escuchó cómo le relataba nuestras vivencias, todas las veces que él me había enseñado cómo se vivía en el campo y cómo me había apoyado cuando quise dedicarme al arte. Al final, se rió de mis ocurrencias y me comentó que él nunca había tenido hijos ni nietos y que  siempre había vivido solo. Quizá, lo que más me dolía no era que se hubiera olvidado de mí o mi madre, sino que hubiera olvidados esos tiempos en los que fue feliz. 
Una vez cayó la noche, cansado de recordar tantos buenos momentos, me despedí de Ricardo y de su cuidadora y puse rumbo a la ciudad. Aquella fue nuestra última charla, nuestra despedida. No pude volver a verle nunca más. 

jueves, 28 de mayo de 2020

Nefelibata

—Nefelibata. 
Dejé el libro a un lado y le dediqué una mirada inquisitiva. Gabriel y yo estábamos sentados en la alfombra de piel de toro del abuelo, leyendo cada uno nuestras respectivas lecturas. Hacía varios minutos que ninguno de los dos habíamos dicho una sola palabra, por eso su comentario me pilló completamente desubicada. 
—¿Cómo dices? 
—Lo que me ha dicho el abuelo. Me ha dicho que soy un imbécil que siempre está en las nubes y que así no podré hacer nada de provecho en la vida. 
Asentí. El abuelo había sido muy duro con él durante la comida. Era cierto que Gabriel era un chico que rara vez tenía los pies en la tierra y al que le gustaba fantasear con futuros que no estaban a nuestro alcance. De niño, incluso había llegado a tirarse por una ventana. Ya por aquel entonces, soñaba con poder volar. Por suerte, esa ventana era la del primer piso y solo se raspó un poco las rodillas. Después del incidente, nuestra madre le dio un azote y lo mandó a la cama, para que pensara en lo que había hecho. Mientras estábamos merendando unas galletas en la cocina, mi madre y yo lo escuchamos saltar de una cama a otra y después darse un golpe tremendo contra el suelo. La cicatriz  de la brecha que se hizo con la mesita de noche decoró para siempre su frente, pero eso no le hizo desistir en su idea de conquistar el cielo. 
—¡Pues se equivoca! —exclamó, saltando del sillón de orejas. Aterrizó a mi lado, de rodillas. Con su dedo señalaba una palabra en el diccionario que llevaba toda la tarde consultando—. Lee bien. ¡Nefelibata! 
Le arranqué el diccionario de las manos y lo coloqué sobre mis piernas dobladas. Busqué rápidamente la palabra por orden alfabético, pues la había perdido, y leí con detenimiento.
"Nefelibata. Dicho de una persona: que no se apercibe de la realidad". 
Desde luego, aquel término se ajustaba a la perfección a mi hermano. 
—Y a ti también te define —dijo, dando golpecitos con su dedo sobre la tinta negra de la hoja—. ¿O me dirás que tú no eres nefelibata? 
—¡Yo sé cuándo estoy soñando y cuándo algo puede ser realidad! —exclamé. Él ya me había dado la espalda y se había dirigido hacia la ventana del salón—. No soy tan tonta como tú. 
Gabriel se sentó en el alfeizar y me sonrió. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa traviesa en los labios. Para él, ser un tonto no era ningún insulto, sino un halago, porque todos los que habían tenido un gran sueño habían sido tildados de estúpidos y locos alguna vez en su vida. 
—Te compadezco. No hay nada más triste que una persona que está anclada y no puede soñar. 
—Pero sí que puedo soñar —repliqué. 
Sin embargo, con el tiempo, fue más que evidente que comparada con él, sí que estaba anclada. Mientras él fantaseaba, yo logré terminar mis estudios y conseguí un trabajo. En todo aquel tiempo, Gabriel se negaba a enfrentarse a la realidad y a crecer. Los sueños de mi hermano iban más allá de lo que nuestra familia y yo misma podíamos comprender. Saltar desde una ventana o de una cama a otra simplemente fue el principio de nuestros quebraderos de cabeza. 
Si algo tienen en común los soñadores como Gabriel, es que ninguno de ellos vive demasiado y mi hermano no fue una excepción. Era muy joven cuando se marchó por culpa de un terrible accidente, pero yo estoy segura que aún entonces seguía soñando y que seguiría haciéndolo allí donde estuviese. Su pérdida me hacía sentirme triste, pero en el fondo, cada vez que miraba las estrellas y le recordaba, queriendo siempre volar tan cerca de ellas, sabía que mi hermano nunca habría sido feliz viviendo anclado al mundo real. Porque él, no era un iluso, no era estúpido ni estaba loco. Simplemente era nefelibata. 

sábado, 23 de mayo de 2020

Piruleta

Rebusco en mis bolsillos. Siempre llevo una piruleta encima por si las moscas. El dueño de la tienda de chucherías de la esquina me trata como una niña grande cada vez que compro un buen puñado. No puedo hacer más que dedicarle mi mejor sonrisa fingida y salir a paso apresurado. No soy capaz de aguantar demasiado tiempo el asco que me produce su forma de tratarme. Sacudo la cabeza. Ahora eso no es importante. Con cuidado, dejo la pequeña golosina sobre la mesita de cristal. Me gusta dejar firmadas mis obras de arte. Que sepan que he sido yo. 
Le doy la espalda a la ventana por la que se cuelan las luces nocturnas de la ciudad y respiro hondo, saboreando el momento. Soy consciente de que tengo que marcharme, pero el momento posterior a hacer algo prohibido y peligroso es excitante y me gusta alargarlo todo lo posible para disfrutarlo. Sin embargo, no puedo arriesgarme a que la policía llegue antes de que me haya ido. Estoy segura de que loa vecinos han escuchado los gritos y los cristales rotos. Ya sospechan algo. No puedo confiar en que no denunciarán el alboroto. Son las cuatro de la madrugada, debo haberlos despertado a todos. 
Recojo mis tacones de aguja del suelo y los guardo en mi amplio bolso, justo en el lugar donde antes estuvieron las zapatillas de deporte que ahora llevo puestas. Me coloco minuciosamente el abrigo gris y me aseguro de no dejar una sola prueba contra mí en el apartamento. No me he quitado los guantes durante toda la noche. A estos pirados les encantan. Les ponen. Y eso me facilita las cosas. Le echo un último vistazo al cuerpo, completamente desnudo, peludo y obeso. Tiene una puñalada en el pecho, sangre en la nariz y en la parte posterior del cráneo. No es de los peores escenarios de un crimen, pero tampoco de los mejores. Alguna vez he tenido que mancharme demasiado de sangre, aunque en realidad nunca me ha importado.
Recuerdo perfectamente la primera vez, el primer hombre horrible de mi vida y el que empezó todo esto. Era alto y fuerte, atlético, y tenía las manos demasiado largas. Aquel hombre, era amigo de mi padre y yo tenía doce años la primera vez que abusó de mí en uno de los cuartos de invitados, mientras mis padres charlaban y reían con su mujer en el gran salón de nuestra casa. Me convenció de que no debía decir ni una palabra de lo que había ocurrido, que tan solo era un juego privado entre nosotros y que si me portaba bien, cada vez que pasara me daría una piruleta, como hacía con los niños de su consulta después de auscultarlos. 
Aguanté esa tortura durante años por vergüenza y miedo, oculté mi sufrimiento todo lo bien que pude durante mucho tiempo, pero al cumplir los dieciocho años decidí que debía poner punto y final a aquel asunto. Por aquel entonces, ya había conocido a mi primera pareja y no podía la presión que suponía un secreto tan grande, un secreto que había hundido mi vida poco a poco.
Fui hasta su consulta, decidida a hacer cualquier cosa por apartarlo de mí. Le amenacé y le insulté. Le dio miedo mi determinación. Si yo hablaba, le hundiría la vida, perdería su trabajo como pediatra y también a su familia. Un castigo bien merecido, sin duda.
Se volvió loco. Me cogió por los brazos y me zarandeó, insultándome en voz baja para que nadie fuera de la consulta pudiera escucharlo. Yo traté de liberarme, pero él era mucho más fuerte. Él tenía el poder y yo solo era una pequeña marioneta obediente. Siempre había sido así. Forcejeamos y conseguí escapar. Eso le hizo enfurecer. Volvió a alcanzarme, pero esta vez no se anduvo con tonterías. Me agarró del cuello con tanta fuerza que creí que me lo partiría y me cortó la respiración. Tengo que reconocer que pensé que me mataría. Tuve mucha suerte. Seguí luchando por mantenerme con vida golpeándole y empujándole como podía con mi cuerpo. En uno de aquellos empujones perdió el equilibrio, me soltó y cayó de espaldas hacia el suelo, golpeándose en la nuca con la mesa cuadrada de su consulta. El lapicero en el que guardaba sus piruletas cayó junto a él y las golosinas se repartieron sobre su cuerpo y sobre el suelo. Aún me parece casi poético aquel detalle. Sin saberlo, acababa de firmar mi primer y accidental crimen.
Se oyeron unos golpes tímidos en la puerta de la consulta. Había pacientes esperando. Si abrían la puerta me cogerían, así que no me lo pensé dos veces antes de salir del edificio por la ventana. Nadie sabía que yo estaba ahí y nunca lo sabría. Por suerte, no había cámaras grabando.
Tras aquel incidente, creí que todo habría acabado y sin embargo, no había hecho más que empezar. Mi pareja, tan dulce al principio, acabó por chantajearme para mantener relaciones con él a diario, quisiera o no. Con él fue más fácil. Simplemente se marchó cuando descubrió que yo no era lo que él deseaba. Eso le salvó la vida. 
Después llegaron muchos más, de muchos tipos, con muchas máscaras perfectas. Fueron capaces de contarme cosas terribles mientras tomábamos unas copas. Es increíble lo que se desata una lengua con la cantidad de alcohol adecuada y un par de engaños. Cuando finges que eres una mujer sin escrúpulos, aquellos seres sin alma alardean de sus relaciones con menores, con hijas de amigos, con alumnas, con sobrinas, e incluso con hijas. A cada uno de ellos, les dejé una piruleta junto a sus cuerpos antes de marcharme de los hoteles y apartamentos a los que me llevaban. 
Con el tiempo, me había ganado una reputación en el mundo de los asesinos en serie. Yo era el asesino de la piruleta, un nombre ridículo pero bien merecido. La gente ya empezaba a temerme, pero yo no era peligrosa. Solo era peligrosa para los hombres que, como el amigo de mi padre, como el hombre que yace a mis pies en el apartamento, han hecho daño a niñas inocentes como lo era yo. 
Me aseguro de que no hay nadie en el pasillo antes de salir. Hace frío en la calle iluminada por una farola medio fundida, pero pedir un taxi no es demasiado inteligente, así que me aventuro entre los callejones, donde la policía no puede encontrarme e interrogarme. Una mujer sola, a las cuatro de la madrugada no es algo muy común y no puedo dejar que me reconozcan como posible sospechosa.
Me alejo lo suficiente como para poder fumarme un cigarrillo tranquilamente mientras observo las luces azules llegar. Es un espectáculo divino que me eriza todo el vello de la espalda. Ellos no lo saben, pero están observando la escena del crimen de un pederasta, de una persona que había acabado con el futuro de muchos niños, porque aquel malnacido no discriminaba entre niños y niñas. 
Acabo el cigarro rápido, pero no tiro la colilla sino que la llevo conmigo hasta mi propio barrio, donde ya no pueden relacionarme con el asesinato. 
La ducha de aquella noche, después de quitarme la peluca y el maquillaje me sabe a gloria. Tengo pensado dormir hasta bien entrado el día. Es domingo y me merezco un descanso. He hecho justicia, quizás no como debería hacerse, pero sí de la única manera que conozco. No tengo remordimientos. He hecho lo que tenía que hacer. 

martes, 19 de mayo de 2020

Veneno

Desde pequeña me habían instruido en el arte de las plantas curativas, las pociones y los polvos, los emplastos, los puntos de sutura, el agua y el fuego. Desde que llegué al mundo, mi madre había intuido que tenía un don especial para sanar a los heridos y cuidar de los enfermos, por eso se había esmerado en enseñarme todo lo que ella y el resto de mi familia conocía tan bien. Nosotros éramos los curanderos del pueblo. Todos y cada uno de nuestros vecinos acudían a nuestra casa a pedirnos algún que otro tónico para el dolor de muelas, plantas y extractos para calmar a los niños por las noche, algún remedio para la infertilidad e incluso nos preguntaban si podíamos sanar los huesos de los animales o aumentar la cantidad de leche que era capaz de producir una vaca. 
No puedo quejarme de mi infancia. Fue muy feliz. Tenía una familia que me quería y nuestros vecinos eran amables con nosotros, al menos hasta que llegaron las cazas de brujas. Por aquel entonces yo ya tenía quince años y me había convertido en una muchacha atractiva, más incluso de lo que me hubiera gustado, porque si la fealdad hubiera estado presente en mi rostro, quizás aquel hombre de la realeza jamás se habría fijado en mí y yo podría haber seguido siendo libre. 
Austin se presentó en casa a mediados de noviembre. No llevaba escolta. Tan solo uno de sus sirvientes de confianza lo acompañaba para encargarse de todas sus necesidades. El hombre sabía que allí estaría a salvo. Mi familia era conocida por ser altruista y pacífica. Pocas veces habíamos cobrado de más por nuestras medicinas o habíamos empezado alguna riña con los vecinos. Creo que mi padre jamás le habría levantado la mano a nadie de no ser absolutamente necesario. 
—Seré breve —dijo, después de presentarse. Ni siquiera recuerdo todos los títulos que enumeró, porque eran demasiados—. He oído que en esta casa se practica magia negra. Dicen por ahí que sois capaces de curar los huesos y los dientes con malas artes, que maldecís a cualquier hombre honrado que os inoportune gracias a la ayuda del maligno. 
Conforme Austin hablaba, veía encenderse las mejillas de mis padres. Estaban rojos de ira, no de vergüenza. Ninguno de nosotros podía entender qué habíamos hecho para que aquel hombre viniese hasta nuestra casa a insultarnos. No éramos malvados y aún menos tratábamos con el demonio. ¡Dios nos libre!
—¿Cómo se le ocurre...? 
Austin alzó su obesa mano para callar a mi padre. En sus dedos brillaban al menos siete anillos. 
—Sabréis que están dando la orden de quemar a todas las brujas de la región. Yo he venido a ofrecer mi protección por un pequeño precio. 
Mi madre me cogió por los brazos y me apretó contra su pecho. Siempre he sospechado que ella intuía lo que aquel hombre despreciable estaba a punto de pedirles a cambio, quizás porque no apartaba sus ojos azules de mí hasta que no terminaba cada frase. Entonces, los dirigía hacia mi padre, para observar su expresión consternada. 
—Si vuestra hija fuera mi curandera personal, yo podría garantizar que esta casa está libre de brujas. ¿Por qué iba a tener a alguien de la familia trabajando para mí si estuviera relacionada con el demonio? 
Jamás vi más enfadado a mi padre. Si mi madre no lo hubiera detenido, sé que habría sido capaz de abofetear a Austin. Mi madre hizo bien. Esa falta de respeto, nos habría costado la vida. 
La conversación siguiente fue larga y densa. Mis padres no querían que me marchara con aquel hombre, querían que nos dejaran en paz y poder seguir viviendo como lo habíamos hecho hasta entonces, con nuestros conocimientos sobre plantas curativas y los animales domésticos, pero todos sabíamos que una vez nos señalaran como brujas nuestra vida se hundiría para siempre. 
No me fue difícil decidir. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por el bien de mi familia, por salvarlos de morir quemados vivos en la hoguera. Austin se frotó las manos al oír mi elección y, aunque mis padres trataron de detenerme, aceptaron que quisiera protegerles. Con cautela, mi madre pidió que nos dejaran un momento a solas para despedirnos y, entonces, me entregó mi posesión más valiosa. Se trataba de una pequeña joya, un anillo de oro con un labrado delicado y con una piedra verde semipreciosa engastada. Me pidió que lo guardara para siempre y que si, en cualquier momento lo necesitaba, lo utilizara. La piedra estaba hueca por dentro y, apretando un pequeño botón que podía accionarse fácilmente con el pulgar, se abría para mostrar un pequeño compartimento en el que perfectamente cabían cinco o seis gotas de alguna solución. 
Mi madre me abrazó y me besó, consciente de que podía ser la última vez que lo hacía. Mi padre se despidió de mí de la misma manera, bajo los ojos fríos de Austin. 
El primer viaje en su carruaje fue terrible, repleto de miradas sucias y palabras aún peores, pero nada comparado con los años que viví en su palacio. Su mujer y todo el servicio me miraban con recelo. Yo era una muchacha joven, de un pueblo humilde, que jamás había conocido los lujos de la realeza ni tampoco sus costumbres. Todo era nuevo para mí. Me sumergí de golpe en un mundo que jamás querría haber descubierto. En comparación con el resto del servicio, yo era tosca y torpe, no sabía modales y me costaba comportarme. Nadie me había enseñado que debía ser dulce, sumisa y callada. Tampoco estaba dispuesta a hacerlo. 
Para apartarme de la vista de su esposa, Austin, como él quería que lo llamara, me proporcionó una pequeña habitación donde yo elaboraría las curas que él necesitaba para los caballos y el servicio y también algunos polvos que conseguirían que su mujer, por fin, pudiera concebir un hijo. El matrimonio trataba por cualquier medio de conseguir un heredero, pero la salud de Mónica era frágil como el cristal. No estoy segura de si fueron mis remedios los que consiguieron que la mujer quedara embarazada, lo único que sé es que, tras su muerte y la muerte del niño durante el parto, Austin se dedicó a insultarme y a agredirme, acusándome de haber sido la causante de su desgracia. Durante meses me sentí amenazada. Yo no había tenido la culpa de sus muertes. Eran ellos los que habían forzado aquella situación. 
Harta de los malos tratos de Austin, me encerré en mi pequeño laboratorio durante días. El temperamento del hombre no hacía más que empeorar, otras mujeres del servicio habían sufrido sus arrebatos de ira y lloraban cuando nadie podía verlas. Yo las escuchaba desde mi pequeño santuario cuando bajaban un par de escaleras para desahogarse durante algunos minutos. 
Me miré los brazos amoratados. Las huellas de sus dedos estaban ahí, recordándome que era un hombre despreciable. Prefería no mirarme la cara. En su último arrebato me había partido el labio y me dolía la mandíbula. Yo había sido el objeto principal de su ira, pero no volvería a serlo. Nunca antes había pensado en usar el anillo que me regaló mi madre, hasta entonces. Tomé con decisión algunas de las plantas que empleaba para hacer remedios y con ellas elaboré un sutil veneno. La diferencia entre la medicina y el veneno radica en su dosis. Es algo que había aprendido desde pequeña. Con cuidado, vertí algunas gotas de color pardo en el pequeño compartimento de mi anillo y me aseguré de cerrarlo bien hasta que llegara mi oportunidad. 
Austin solía tomar un buen vaso de té de hierbas por las tardes, tras su siesta, así que me aseguré de estar en las cocinas buscando algo de comer para entonces. Cuando la cocinera estuvo de espaldas a mí, me acerqué hasta la taza y abrí el compartimento con el pulgar. No me tembló el pulso. Rápidamente vacié el contenido, que cayó gota a gota al té, y me marché hacia la despensa. Cuando me vio, la cocinera ni siquiera me saludó, sino que levantó la cabeza con orgullo y me pasó, como hacía siempre. Aquella vez me dolió menos. Prefería ser invisible. Otra sirvienta se llevó poco después la taza, mientras yo devoraba un pedazo de pan. Me había asegurado de retirar cualquier resto de veneno que pudiera tener en las manos. 
Repetí aquella operación durante meses, en los que la salud de Austin fue menguando poco a poco mientras le daba mil remedios que no tendrían éxito. El hombre murió sin sufrir demasiado, mientras dormía. Sus médicos no pudieron encontrar ni un solo resto del veneno ni ninguna planta en mi laboratorio por la que pudieran acusarme. Me aseguraba de destruir a diario los restos que pudieran quedar del veneno. 
Al no tener un solo hijo, los sobrinos de Austin heredaron la casa y toda su fortuna. Ambos decidieron rápidamente que no necesitaban mis servicios, pues no había sido capaz de mantener a su tío con vida y había propiciado la muerte de su tía. A pesar de todo, parecían contentos con mi incompetencia. Gracias a mí, eran aún más ricos. Quizás por eso me dieron dinero de sobra como para poder vivir cómodamente, algunos vestidos viejos de la difunta, que yo me encargué de transformar en prendas mucho más cómodas y hermosas, y me facilitaron un carruaje que me llevó de vuelta a casa. 
No soy capaz de describir la cara de felicidad de mis padres al verme volver sana y salva a nuestro hogar. Mi madre me besó y miró el anillo. Yo asentí con la cabeza. No necesitamos decir nada más. Teníamos mucho tiempo que recuperar.