jueves, 31 de octubre de 2019

Yo


Enciendo con cuidado la vela. Es la primera vez que voy a hacer esto y estoy algo nerviosa. ¿De verdad va a ocurrir algo? ¿De verdad todo lo malo va a desaparecer? ¿Las malas energías que rodean mi vida se van a disipar hasta no ser más que una leve vibración momentánea? ¿Las manos negras y los fantasmas de la nostalgia van a dejar de perseguirme?
Dejo la vela en el suelo de madera, a dos palmos de mis piernas cruzadas. Estoy en un nuevo hogar, lejos del apartamento en el que vivía y en el que transcurrieron mis años más oscuros. Con mi sueldo actual me puedo permitir un pequeño piso compartido a varios kilómetros del centro de la ciudad, con amplios ventanales para dejar entrar la luz natural y con un pequeño cuarto para mí sola. Una auténtica delicia.
Tengo la puerta cerrada para que ni Elena ni Adrián puedan entrar. Les he dicho que necesito algo de intimidad, que no me molesten. Y sé que no van a hacerlo. Desde el primer momento habían sido unas personas amables y atentas conmigo. Ellos habían evitado que Víctor terminara de estrangularme en el callejón de las afueras y me habían animado para que le denunciara ante la policía y pidiera una orden de alejamiento. A día de hoy, el buen rumbo de mi vida se lo debo a ellos, a las dos grandes personas que me acogieron cuando más lo necesitaba.
Suspiro y vuelvo a mi pequeño ritual. Tengo el diario de Julliet abierto por el mismo centro. En sus páginas, cuenta cómo se deshizo de la sombra del hombre que la estaba acosando. Escribió en su nombre en una hoja de papel con carbón y la quemó poco a poco en la llama de una vela, hasta que se consumió por completo. Luego, hizo que las cenizas volaran lejos con un soplido. Yo repetí aquel pequeño ritual con el nombre completo de Víctor. No estaba muy convencida de que funcionara, pero lo cierto era que, después de haberlo completado, me sentí como si un gran peso se elevara desde mis hombros y me dejara volver a respirar con tranquilidad. Como si poco a poco, mientras el nombre del hombre que más daño me había hecho en mi vida era lamido por las llamas, fuera un poco más libre.
Dejé la ventana abierta para ventilar y después abrí la puerta. Apenas había guardado el diario de Julliet cuando llegó Adrián, arrugando la nariz. Olía demasiado a quemado. 
—¿Se puede saber qué has hecho?
—Nada —contesté, con una sonrisa.
Dejé la vela junto a las otras, cerca de las hierbas aromáticas y la foto que tenía con León. Casi sin quererlo, le había hecho un pequeño altar a mi amigo perdido. Quería que, estuviera donde estuviese, se sintiera querido. Sintiera que lo echaba mucho de menos.
—¿Te apetece que vayamos esta tarde a algún sitio? —me pregunta Adrián, pasándose la mano por el cabello rubio. Sé que está nervioso. Quiere que acepte su invitación— Si te apetece, claro.
—¿Vamos a dejar a Elena sola en casa?
—¡Me habéis dejado muchas veces solo a mí y no me he quejado! —protesta.
Yo le sonrío. Es cierto que Elena y yo hemos forjado una gran amistad en este año y medio. Prácticamente parecemos hermanas.
Apago las velas de un soplido. Ya es casi de noche. En octubre anochece mucho antes, así que hace fresco en la calle. Cojo mi chaqueta de cuero y mi bolso negro. Y me cuelgo del brazo de Adrián. Él me sonríe, complacido. Tiene una sonrisa preciosa.
—¿A dónde vamos? —le pregunto.
—Esta noche es Halloween, así que en casi todos los bares y los pubs hay algo especial. Ya verás.
—¿Es una cita? —pregunto. Él se ruboriza. Es encantador.  
—Solo si tú quieres.
Nos paramos en el portal. Sus ojos verdes están clavados en los míos espera una respuesta. Sea cual sea. La necesita.
—Ya veremos— dijo, y tiro de la puerta.

~~

Ahora sé quién soy. Soy Julia, una mujer fuerte que en otro tiempo fue muy débil, muy pequeña. Una mujer que no lo hizo del todo bien, que pudo actuar mejor y que estuvo atrapada entre las redes de un maltratador. Os he contado mi historia de una manera extraña y desordenada, pero ahí está, a vuestra disposición siempre que queráis leerla. Tanto la mía como algunos de los pasajes que he logrado descifrar del diario de Julliet. Siento si no he sido lo suficientemente clara. Nunca suelo serlo.  Soy un desastre y siempre lo seré. Tengo que aceptarlo. 
Yo soy yo. Y tengo que aprender a convivir conmigo misma. Es muy simple y bastante complicado. Porque siempre, nosotros mismos somos nuestros peores críticos y nuestros peores verdugos. Y más aún cuando nos han hecho creer que no valemos nada y que necesitamos la aprobación de los que nos rodean para ser felices. Pero no es así. Ahora lo sé. Ahora sé que quiero ser feliz y voy a serlo aunque tropiece una y mil veces. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

Miedo


No me gusta salir de casa. Siento que me vigilan y me observan. Escucho el coche de Víctor cerca. Escucho sus pasos. Intuyo que él no anda demasiado lejos. Aún no se hace a la idea de que no quiero que vuelva a acercase a mí. Ya ha entendido que no lo necesito y eso le enfurece. Le enfurece no ejercer poder sobre mí, poder presionarme y hacer conmigo lo que le plazca. Todo este tiempo que ha estado alejado ha sido para hacerme ver que le necesito más de lo que pienso. Pero le ha salido el tiro por la culata.
Hoy ha venido a mi encuentro. Vuelvo a casa tarde después de hacer la compra. Sabe que en las afueras hay muchos rincones sin luz. Rincones peligrosos en los que no suele pasar nada bueno.
—Hola, Julia. ¿Podemos hablar?
Doy un respingo. No lo espero. Está oculto en la penumbra. Ni siquiera fuma, así que no he podido ver el resplandor del cigarro. Es demasiado silencioso. Demasiado meticuloso. Se acerca a mí y me pongo a temblar. No es la primera vez que intenta acorralarme, pero sí la primera que lo hace en un lugar tan horrible como aquel callejón oscuro y deprimente.
—No quiero hablar contigo.
—Es solo un momento. Necesito que volvamos a intentarlo. Sabes que te quiero más de lo que he querido a nadie en el mundo. ¿Lo sabes verdad?
Me encojo de hombros e intento pasarle. Él, sin embargo, se coloca delante de mí para evitar que siga avanzando. No quiero retroceder. No voy a darle el gusto de retroceder, pero me detengo. No quiero estar demasiado cerca de él.
—Sabes que estoy loco por ti. Sabes que estamos hechos el uno para el otro, Julia.
—Yo solo sé que me dejaste cuando más te necesitaba y que me trataste como una puta, Víctor. Ahora déjame pasar.
Él se cruza de brazos. Es inamovible. Tiene el ceño fruncido y parece nervioso. Palidezco. Acabo de recordar que no tengo batería en el móvil y no podré pedir auxilio si las cosas empiezan a tensarse.
—Nunca te he tratado mal. A no ser que te lo merecieras.
—Si crees que alguna vez he merecido que me trates mal, será mejor que me olvides y vayas a por otra chica.
Intento pasarle de nuevo, pero entonces él me coge de los brazos y me coloca contra la pared. Las bolsas de la compra han caído al suelo y su contenido rueda por el suelo. El miedo me paraliza. No sé qué va a hacerme. Aún me duele la última vez que me cruzó la cara, antes de romper nuestra relación. Una bofetada que creí merecer por mi mal comportamiento y a la que no di la importancia necesaria.
—Es que yo no quiero a otra chica. ¿Me has oído? ¿Me has oído? —pregunta nuevamente, prácticamente gritando.
Le pone de los nervios no tenerme bajo su control. Le enloquece que haya despertado. Que haya salido de su tela de araña tan perfectamente tejida. Me está mostrando su cara oculta. La bestia que se oculta tras el hombre bueno de modales impecables.
—Déjame, Víctor.
—Antes dime que me quieres. Dime la verdad, Julia.
Me tiemblan las piernas. No lo conozco. No sé quién es. No sé quién es esa persona que ha estado tanto tiempo conmigo. ¿Cómo he podido estar tan ciega?
—¡Dime la verdad!
—¡No! ¡No te quiero, Víctor! ¡Déjame en paz! ¡Olvídame!
En ese mismo momento me toma por el cuello y aprieta con fuerza, rabioso. Sus ojos están furiosos, febriles. Me sujeta la mano derecha con su mano izquierda y no me suelta a pesar de que yo le golpeo con el puño que me queda libre. Intento liberarme en vano. Es mucho más fuerte que yo. No puedo respirar. 
—Mira lo que me estás obligando a hacer, Julia. Yo no quiero esto.
No me suelta. El tiempo pasa. Estoy perdida. Va a matarme. Voy a ser una más.
—¡Eh! ¿Qué haces? ¡Suéltala!
De pronto, Víctor me libera de su garra y sale corriendo. Otro hombre sale tras él a toda velocidad. Una chica se arrodilla a mi lado. He caído al suelo de golpe, a punto de perder el sentido. La chica me habla, intenta tranquilizarme. Estoy temblando de miedo. Mi mente no reacciona. No puedo contestarle, pero sé que estoy a salvo. Y eso es suficiente.
Me he salvado.

martes, 29 de octubre de 2019

Amistad


—¡Te vas a enterar! —grité.
Tenía el pelo lleno de barro. Estaba empapada de pies a cabeza y mi ropa estaba prácticamente destrozada. Me había raspado las rodillas y también las palmas de las manos. En la cabeza tenía un chichón considerable. En unos días se pondría morado.
—¿Yo? —preguntó León, confuso— ¿Por qué yo?
Él también tenía el labio reventado y también estaba lleno de barro. Le habían cogido de la parte posterior de la cabeza y le habían hundido el rostro en un charco, pero por suerte le habían soltado con relativa rapidez. Estaba hecho un asco por mi culpa. Sus padres le iban a echar una reprimenda tremenda por mi culpa. Las cosas en su casa no estaban muy bien y yo no había hecho más que empeorar la situación. Le consideraban un niño agresivo e incorregible. En más de una ocasión lo habían amenazado con llevarlo a un internado. Pero sus padres nunca habrían tenido dinero para tanto.
Ambos teníamos apenas diez años. Yo estaba subida a su espalda.
—Por no haber venido antes.
Le eché los brazos al cuello y sollocé. No entendía por qué tenían que apartarnos del resto de niños del colegio. Decían que éramos raros, pero no lo éramos. Éramos como todos, pero ellos no lo veían. Y no contentos con apartarnos, además nos pegaban cuando salíamos de aquella pequeña cárcel. Siempre.
Ese día, León había conseguido escapar, pero yo me había tropezado. Era una patosa irremediable y me había torcido un tobillo. Pero lo peor de todo, es que además de tener que soportar el dolor de mi caída, también me habían llovido algunos puñetazos. Hasta que León volvió para quitármelos de encima. Entonces, se cebaron con él y se olvidaron de mí.
—Podría haberme ido corriendo, Julia. Y haberte dejado tirada.
—Pero no lo vas a hacer.
—¿Ah, no? —preguntó, sarcástico— ¿Por qué no?
Yo le abracé con fuerza y uní mi mejilla a la suya. Su piel estaba templada. Él siempre había sido cálido.
—Porque eres mi mejor amigo y siempre lo vas a ser. ¿Verdad?
Él se sonroja, pero sonríe, complacido.
León siempre estuvo ahí para mí cuando más lo necesité. Me defendió cuando yo no era capaz de hacerlo. Luchó por mí. Nos queríamos. Estábamos dispuestos a hacer lo que sea el uno por el otro. Hasta que yo lo destruí todo. Hasta que dejé que me manipularan hasta convertirme en una marioneta.
Me sueno la nariz y dejó la foto que tengo con León sobre la cómoda. Estoy subida sobre su espalda mientras él sujeta la cámara. Somos muy felices. Antes de que las drogas llegaran a su vida. Antes de que Víctor llegara a la mía.
Lo he perdido para siempre. He perdido al mejor amigo que jamás he podido desear. A la persona que más me quería en el mundo. Lo he perdido para siempre. 

lunes, 28 de octubre de 2019

Tristeza


Víctor me mira desde el sofá. No me comprende. No entiende el dolor que estoy sintiendo, por mucho que lo intente. Siempre me dice que tengo que dejar de llorar de una vez. Que León no era una persona tan importante. Que solo era un drogadicto que me había metido en un mundo horrible del que, por suerte, había salido. Y sin embargo, yo siento en lo más profundo de mi corazón una tristeza enorme. Era mi único amigo, mi mejor amigo, una persona que me quería con locura y me lo había demostrado muchísimas veces. Y yo lo abandoné cuando más me necesitaba.
—Si en vez de ese zarrapastroso hubiera muerto yo, no llorarías tanto —dice, algo rabioso.
—Sabes que no es verdad.
Se encoge de hombros y sigue viendo la televisión. Hace unos cuantos días que es muy frío conmigo. Está enfadado. Dice que le doy demasiada importancia a algo que no lo tiene. Quizás sea demasiado dramática. Quizás tenga razón. Siempre la tiene.
—Parece que lo quieres más que a mí, Julia.
—Os quiero igual a los dos. O al menos os quería igual.
Los ojos de Víctor me acuchillan. No debería haberle dicho eso. León no era bueno para mí y no debía quererle. No debía tener sentimientos por él. Y acababa de ponerlos al mismo nivel. Acababa de insultar a Víctor.
—¡No quería decir eso! —exclamo, pero ya es tarde.
Víctor se ha levantado y se acerca hacia mí con las manos metidas en los bolsillos. Parece triste, pero algo me dice que no lo está. Más bien está decepcionado. Estoy segura de que pensaba que lo quería por encima de todas las cosas. Al menos es lo que él se merece. Que lo quiera por encima de todas las cosas, pero no es así. Por mucho que lo he intentado.
—Me voy a dar un paseo.
—Perdóname, Víctor. No quería decir eso.
Intento coger su mano, pero él se escabulle. No quiere tocarme. No quiere mirarme a los ojos. Y eso que aún no sabe toda la verdad. Aún no sabe que León y yo hemos estado juntos y que nos veíamos a pesar de que él no quería.
—¿Cómo puedo demostrarte que te quiero más a ti que a él? —pregunto.
Se detiene. Aún no ha abierto la puerta.
—¿No se te ocurre ninguna manera?
Niego con la cabeza. Creo que ya se lo he demostrado muchas veces, pero nunca es suficiente. Con él parece que nunca es suficiente.
Se gira. Viene hacia mí. Me coge de la cintura y de la barbilla. Y me besa. Cree que mi intimidad no ha sido explorada por León, pero se equivoca. Aún así, no me importa. Quiero que se sienta especial. Que sepa que es especial para mí.
Nos dirigimos a la habitación. Estoy triste y no me apetece, pero da igual. Todo sea para evitar que Víctor se enfade conmigo.

domingo, 27 de octubre de 2019

Fuego


Tiro de la mano de Niall para que camine más deprisa. Tenemos que alejarnos cuanto antes de las cabañas y del bosque. Tenemos que llegar al río.
A nuestras espaldas se escuchan las voces que nos persiguen. Las antorchas que iluminan el camino. Las pisadas que hacen crujir las raíces de los árboles a su paso. No tenemos mucho tiempo. Están muy cerca.
Helena va delante de mí. Lleva a Phoebe en brazos y a Evelyn cogida a su mano. Louise va con ellas. Ante ellos, algunas mujeres con sus hijos y sus compañeros. Otras, como yo, han dejado atrás un pedazo de su corazón. Leonard y otros hombres se están enfrentando a los monstruos que han venido a matarnos.
Le habían prendido fuego a las casas mientras dormíamos. El humo y las llamas nos habían despertado y habíamos tenido que salir con lo puesto. Todas nuestras pertenencias, nuestros hogares, nuestros refugios, estaban en llamas, mientras los más valientes de la pequeña aldea luchaban por evitar que el fuego lo devorara todo y los monstruos trataban de atraparlos, herirlos o matarlos.
—Mamá. ¿Por qué no viene papá con nosotros? —pregunta Niall.
Mi pequeño no deja de mirar hacia atrás. Espera que Leonard regrese, pero es demasiado pronto.
—Vamos. No podemos pararnos.
Seguimos hasta el río. A algunos pasos de la margen hay una pequeña cueva que solemos usar como almacén y que ahora va a servirnos como refugio. Arrinconamos las herramientas y los sacos de grano, después de tomar las horcas y los martillos como armas. No estamos dispuestos a dejarnos cazar tan fácilmente.
Vemos a lo lejos las llamas y el humo. El fuego ha tenido que destruirlo todo. Nuestros compañeros no han podido apagarlo. Quizás estén en peligro. Saco de mi mandil una vela blanca que he rescatado de mi pequeña cabaña y la coloco en el centro de la cueva. Todos me miran con ojos brillantes y ansiosos, pero no me inmuto. Sé que no tenemos fuego, pero no importa. Fuego no es lo que necesitamos ahora mismo. Rodeo la vela con unas flores moradas que recogimos ayer y que aún tengo en el fondo de mi mandil y suspiro. Le suplico al cielo que no ocurra nada. Que vuelvan sanos y salvos. Los necesitamos.
Helena se marcha con Louise. Tienen la genial idea de recoger hierbas y agua para preparar medicinas por si Leonard y los demás vuelven heridos. Graham les acompaña. No deben hacer ruido por si los monstruos, de rostro y costumbres humanas, aparecen.
Al cabo de un tiempo, escuchamos pasos. No pueden ser de ellos. Son pasos vacilantes. Temerosos tal vez. Nadie quiere salir a echar un vistazo. Temen que puedas hacerles daño. Le pido a Cecile que cuide de Niall y me aventuro hacia el bosque. Pueden que sean los monstruos, pero también puede que sea alguno de los nuestros que necesita ayuda.
Veo un hombre caminar entre la maleza. Le siguen algunos más. No llevan antorchas ni armas. Distingo la silueta de Leonard. Es el que camina primero. Va encorvado. Antes de que lleguen a donde estoy yo, tienen que ayudarle a caminar. Eugene y Fedrick también vienen. Me acerco a ellos. Yo seré la que ayude a Leonard a llegar hasta la cueva.
Me dice, jadeando y a media voz, que no han podido hacer nada. Que Daniel y Theodor han sido capturados. No han tenido piedad con ellos y les han apaleado hasta dejarlos inconscientes en el suelo.
Llegamos hasta nuestro refugio. No sé cómo, la vela ha sido encendida. Ayudo a Leonard a recostarse contra la pared y Niall le abraza con fuerza, llorando. Sé que ha pasado mucho miedo. Helena se acerca para curar las heridas de mi compañero. Tiene una brecha en el cráneo, un palmo sobre la sien, y le han pinchado a la altura de las costillas. Sangra considerablemente, pero él no le da importancia y se deja hacer. Me siento junto a él y me abraza. Se deja caer sobre mí, con sus manos enlazadas en las mías.
Ambos miramos hacia donde estuvo nuestro hogar. No queda ni rastro del fuego, solo humo. La mañana empieza a despuntar cuando Leonard cae presa del sueño y Niall se duerme a su lado. Dejo que descansen. Sé que yo no podré dormir en mucho tiempo.    

sábado, 26 de octubre de 2019

Máscaras


Nunca antes he visto esa expresión de ira en los ojos de Víctor. Parecen dos grandes cuchillos de hielo que quieren atravesarme. Está rabioso. Se está conteniendo para no saltar hacia mí.
—¿Cómo has dicho?
—Fue solo un desliz. Pero siento que tenía que decírtelo.
Hacía semanas que estaba muy triste por la muerte de León. Aún no había logrado asimilarlo. Y Víctor me había preguntado en varias ocasiones por qué me afectaba tanto si ya no nos veíamos. Si ya apenas hablábamos. Al final la culpa había hecho mella en mí y había confesado que, antes de dejar de vernos, León y yo habíamos pasado varias noches juntos.
—¿Me has estado engañando? —preguntó, acercándose peligrosamente a mí. Ambos estábamos de pie, en la cocina— ¡Responde!
—Víctor… Por favor.
—He dicho que me respondas.
Me empuja con fuerza contra la pared de la cocina y me toma por los hombros. Sus ojos están clavados en los míos. Está sudando y tiene la mandíbula apretada. Sus dedos se hunden en mi piel. Me hace daño.
—¿Cuántas veces me has engañado? ¿Cuánto tiempo?
Tengo la mente en blanco. Jamás pensé que Víctor podría comportarse así. Él es dulce y bueno. Él nunca me haría daño. Quiere lo mejor para mí.
—¡Que contestes, zorra!
Golpea con el puño la pared, a dos palmos de mi rostro y yo grito. Comienzo a llorar a causa del miedo. Sus mejillas están encendidas. Su expresión me aterra. Quiero que me suelte.
Momentáneamente me recuerda a la expresión que veía en los ojos de mi padre cuando amenazaba a mi madre. Pero ese recuerdo desaparece. Su rostro se dulcifica. Desfrunce el ceño y me mira con ternura. Me abraza y me besa la frente. Comienza a llorar. Le tiemblan las manos. Sus nudillos están ensangrentados.
—Lo siento. No quería decir eso. Perdóname. No quería llamarte así. Sabes que jamás te habría llamado así si no hubieras hecho algo tan horrible. ¿Verdad?
Yo asiento, aún en shock. Sé que me lo he merecido. Él no es así. No tendría que haberlo sido si yo no le hubiera traicionado. Toda la culpa es mía. Debería haberme apartado de León como él me dijo. Debería haber apartado la tentación desde el principio. León era una mala influencia para mí y él lo sabía. Por eso me había pedido que lo dejara a un lado. Víctor sabía qué era lo mejor para mí.
—Ya no volveré a verlo. No volveré a mandarle mensajes. Te prometo que no volverá a pasar, Víctor. Por favor, no te pongas así.
Nos abrazamos. Ambos hemos obrado mal, pero no importa. Nos queremos. Nos entendemos. Y podemos con todo. Con lo que sea.
Nuestro amor es fuerte. Nosotros lo somos todo.

viernes, 25 de octubre de 2019

Perdido


—¡No está! ¡No está! —exclamo desde debajo de la cama.
—Seguro que lo has perdido. Eres un desastre.
—¡Deja de reírte de mí y ayúdame, León!
Él suspira. Está harto de mí y no es para menos. Siempre ando perdiendo las cosas importantes y se ve obligado a buscar conmigo hasta que aparecen en el lugar menos pensado. Me da una ligera patada en el culo para hacerme rabiar, se arrodilla a mi lado y enciende la linterna del móvil.
—¿En serio no pensaste en apuntar su número en los contactos como hace todo el mundo?
—Deja de repetirlo de una vez. Me lo dio en una tarjeta y tengo que encontrarla. Su letra es preciosa.
—Ya… —murmura— Voy a buscar entre los libros otra vez.
Se incorpora ágilmente y vuelve al escritorio. Yo sigo con mi tarea debajo de la cama. Tengo que remover muchas cajas llenas de zapatos y ropa vieja. No podría perdonarme que por no buscar bien perdiera el único modo que tenía para contactar con Víctor.
—Lo he encontrado —anuncia, agitando la tarjeta—. Pues no tiene tan buena letra.
—¿Qué sabrás tú? Ni siquiera acabaste el instituto.
Le arranco la nota de las manos. Me gruñe, pero no le doy importancia. Estoy muy feliz de haberla encontrado.
León me observa anotar el número. Ha cogido un cigarro y lo ha encendido. Fuma al lado de la ventana para que el humo no inunde la habitación. Sabe que no me gusta que el olor se quede en la ropa y en la cama.
—¿Y bien? ¿Vas a hablarle? —pregunta. Su voz no parece demasiado jovial.
—Por supuesto. Tiene unos ojazos, León. Es guapo y educado y…
Mi amigo aparta la vista. No quiere seguir escuchándome. Yo me olvido de él y abro los mensajes. La foto de Víctor me sonríe desde su perfil. Yo le sonrío. Es perfecto. Todo es perfecto.
—Julia… ¿Cuando empieces a salir con ese tío, vas a olvidarte de mí?
Levanto la vista del teléfono. Sé que León siente algo por mí. Siempre lo he sabido. Incluso nos hemos besado alguna vez, pero no estoy dispuesta a desaprovechar una oportunidad así. La oportunidad que me da la vida para salir de los barrios más oscuros de la ciudad.
—Nunca voy a olvidarme de ti, León. No digas tonterías.
Él se encoge de hombros y vuelve a darle otra calada a su cigarro. Durante toda la tarde sigue pensativo, mientras Víctor y yo nos mandamos mensajes cada poco tiempo. Observa sin comentar ni una sola palabra. Sin soltar ni un solo chiste malo o ser sarcástico. Sin ser él mismo. Y yo no le doy importancia.
Al cabo de un tiempo, me rodea con sus brazos e intenta apartarme del teléfono. Quiere que hagamos algo juntos, pero a mí no me apetece. Además, quiero seguir traduciendo el diario. Poco más tarde, se marcha. Está triste, pero debe hacerse a la idea de que ahora existe algo más que él y yo. Ahora, en mi vida también está Víctor. Sé que, por eso, León me da por perdida, pero eso no es así. Tarde o temprano se dará cuenta.

jueves, 24 de octubre de 2019

Roto


¿Acabamos de romper? ¿Es cierto? ¿Acabamos de darnos el último beso y la última caricia?
Víctor sigue ahí, mirándome con ojos brillantes. Se ve determinación en su mirada. Y también impaciencia. A su espalda, a penas a dos mesas de distancia, le esperan sus amigos. La chica rubia que tanto detesto, la morena que se ríe como una hiena y el pelirrojo pecoso. Están mirándonos. Esperan a que me derrumbe delante de ellos.
—Creo que es lo mejor… —murmura— Ya no puedo confiar en ti.
—He dicho que lo siento, Víctor.
—Ya, pero me da igual. Si lo has hecho una vez puedes hacerlo mil veces más.
—Sabes que no es cierto. Sabes que yo no te engañaría nunca más.
Víctor desvía la mirada. Golpea suavemente y repetidamente la mesa de la cafetería con los nudillos y apoya la barbilla en la palma de la mano. No me mira a los ojos. Ya no confía en mí.
—¿Sabes? Te lo he dado todo. Y así es como tú me lo agradeces.
—¿Cuántas veces quieres que me disculpe? —pregunto. La voz no me sale del cuerpo.
Él sabe que estoy arrepentida. Le he suplicado perdón miles de veces en casa, antes de que se marchara. Me he puesto de rodillas ante él. Le he rogado que no se marche. Pero nada puede hacerle cambiar de opinión. Sé que sus amigos también le han forzado a formalizar nuestra ruptura. Por eso está aquí. Si no, no estaría dispuesto ni a hablar conmigo.
—Víctor. —Trago saliva. Estoy muy nerviosa—. Sabes que no fue mi intención. Sabes que León era muy persistente.
Alza una ceja. Está conteniendo la rabia. Lo noto en sus ojos.
—¿Me vas a decir que te engañó para que te acostaras con él, Julia?  
—Tú sabías que no era una buena influencia.
Suelta una pequeña carcajada y se recuesta sobre la silla, que cruje bajo su peso.
—¿Vas a aprovecharte de que está muerto para hacerle cargar con la culpa? Eso es muy rastrero. Hasta para ti.
Aprieto los puños bajo la mesa. Yo nunca he sido rastrera. ¿O sí? Debería haberlo evitado. O al menos habérselo contado desde el principio. Me he portado mal. Soy una persona horrible. Lo sé. Me merezco que me abandone. Merezco que me diga que soy rastrera y mucho más. Pero quiero luchar por él. Por lo que tenemos. Por lo que compartimos.
—Eres lo que más quiero en el mundo, Víctor. Déjame reparar mi error. Por favor.
Él se queda muy quieto. Sus ojos están fijos en el suelo de la cafetería. Sé que está pensando. Sé que él también quiere arreglarlo. Y sin embargo, se levanta, deja el dinero de su café sobre la mesa y se marcha.
Sus amigos le reciben entre risas y aplausos. Se lo llevan fuera de la cafetería. Parece un héroe que acabara de aniquilar a su peor enemigo o al menos lo tratan como tal.
Llamo al camarero para pagar la cuenta. Pago y me marcho. Siento el impulso de coger el teléfono y contarle a alguien lo que acaba de pasarme, pero ya no queda nadie al otro lado. Víctor tiene a su increíble familia y a sus amigos. Ellos van a apoyarle hasta que se recupere. Yo acabo de quedarme completamente sola.
Me pongo las gafas de sol y me permito llorar un poco. Lo peor llegará cuando vuelva a casa. Le he dicho que le quiero. Le he pedido una oportunidad para arreglar las cosas. Y él simplemente se ha levantado y se ha marchado.
Ha hecho bien. Es mejor que se aleje de alguien tan horrible como yo. 

miércoles, 23 de octubre de 2019

Timidez


No puedo creer lo rápido que crece Niall. Hace apenas dos inviernos era muy pequeño y frágil y, ahora, parece un niño de goma, todo el día de un lado para otro. Explora el mundo con sus grandes y brillantes ojos color azabache, como los de su padre. Es curioso y muy activo y, sin embargo, es tan tímido…
Hace poco tiempo que ha tenido un encontronazo con Evelyn, la hija mayor de Helena y Louis. La niña, ha heredado el corazón tierno de su padre y el carácter de su madre y lo cierto es que, para tener apenas cuatro años, es muy imponente. Niall se acercó a ella a gatas y cogió con su manita uno de sus cabellos rojizos, estirando de él. Evelyn, confusa y molesta a causa de la sorpresa, se volvió gritando.
—¡Déjame en paz! ¡No me toques!
Desde entonces, Niall rehuye de ella. No quiere ni verla a pesar de que no sabe su nombre. Agacha la cabeza cuando pasa cerca y busca consuelo en las piernas de Leonard o entre mis faldas.
—Ven, mi vida —le digo.
Lo cojo entre mis brazos y lo llevo de paseo. Tengo una idea para que mi pequeño y la hija de Helena se lleven bien. Al fin y al cabo, somos una comunidad y debemos ayudarnos entre nosotros. No podemos tenernos miedo.
Helena llega pronto al lugar indicado, nuestro pequeño claro con el círculo de piedra. Evelyn está cogida de su mano y se hurga la nariz con el dedo índice. Su madre tarda poco tiempo en reprenderla. Yo le sonrío. No pasa nada. Son solo niños y aún no entienden el comportamiento del mundo de los adultos.
Nada más verla, Niall esconde la cabeza en mi pecho. Esta claro que mi hijo va a tener una memoria prodigiosa. Un regalo de los dioses. Y también una condena.
—Mami… —murmura— A casa…
—Primero vamos a hacer una cosa. Evelyn ha venido a verte.
Niall solloza, pero a pesar de ello le dejo en el suelo. Helena se ha acercado hasta nosotros con su hija y también se aleja ligeramente para que los dos niños se queden solos. Mi pequeño mira hacia abajo, asustado. Evelyn parece cansada de una situación tan desagradable.
Me acerco hasta ellos y me arrodillo en el suelo arenoso.
—Evelyn. ¿No quieres decirle nada a Niall?
En un principio ella niega con la cabeza, pero se vuelve para mirar a su madre. Se la ve avergonzada.
—Siento haberte gritado, Niall. Perdóname… —murmura, a media voz.
—¿Y tú, Niall? ¿Vas a decir algo?
Mi pequeño asiente lentamente y le sonríe a la niña. Aún no se atreve a acercarse demasiado. No tiene el carácter introvertido que compartimos su padre y yo. Él es mucho más reservado. Va a ser un hombre serio. Espero que no demasiado. Eso tampoco es bueno.
—¿Evilyn? —pregunta, sin mucho acierto.
—Evelyn. ¿Tú cómo te llamas?
—Niall —contesta, con una carcajada.
Mi niño se lleva las manos a la cara y luego palmotea. Sabe que lo ha hecho bien y está feliz. Puede que le cueste hacer amigos, pero por suerte no olvidará cómo hacerlo. No olvidará que pedir disculpas y perdonar es la base de una buena amistad.
Miro a Helena y sonreímos. Somos dos buenas brujas, hermanas y dos grandes madres.

martes, 22 de octubre de 2019

Fortaleza


Sigo caminando bajo la lluvia. Estoy empapada, el agua ha calado hasta mi ropa interior y, sin embargo, sigo andando por las calles encharcadas.
El coche de Víctor viene detrás de mí. Escucho su motor. Soy consciente de que no me dejará en paz hasta que no se haya convertido en mi salvador. En el príncipe de reluciente armadura que me rescate del dragón. Aunque ya no hubiera ningún dragón al que matar. Porque el dragón ya estaba muerto.
En veinte minutos, llego al apartamento. Víctor había dejado de perseguirme para llegar antes. Está allí, frente a la puerta, esperando de brazos cruzados.
—Julia… ¿Quieres escucharme?
Le dirijo una mirada cargada de ira. Es más que evidente que no quiero escucharle.
—Aparta. Quiero abrir la puerta y entrar en casa.
—No. Antes tienes que escucharme.
—Aparta —repito. Cada vez estoy más enfadada.
Víctor mira mi mano y palidece. He cogido las llaves de manera que las puntas afiladas quedan hacia afuera, entre mis dedos. Es un truco que León me había enseñado para defenderme cuando apenas éramos unos niños.
—No tienes que ponerte así.
—Que te apartes.
Él se hace a un lado y yo abro rápidamente la puerta. Me giro a toda velocidad. Quiero impedirle la entrada, pero él coloca su pie en el quicio de la puerta. Es insistente. Siempre lo ha sido.
—Solo quiero ayudarte. Me has dejado muy preocupado.
—Podrías haberte preocupado por mí todos estos meses. Ahora ya es tarde.
Hizo algo de fuerza con sus brazos para abrir la puerta. Yo la retuve con mi cuerpo. No estaba dispuesta a dejarle pasar. Costara lo que costase.
—Gracias a mí estás viva. Si no hubiera llegado a tiempo ahora estarías en el cauce del río.
—Mañana te mandaré unas flores para agradecértelo —dije, malhumorada.
—¿Cómo puedes ser así? ¿Cómo puedes dejarme aquí cuando quiero apoyarte? ¿Cómo puedes olvidarte de todo lo que hemos pasado juntos?
—Igual que lo has olvidado tú. Vete. O esta vez llamaré a la policía. No voy a volver a callarme.
Víctor contrajo los labios en una fina línea y se apartó de la puerta. Sin dejarle decir ni una palabra más, cerré con fuerza y eché la llave. Golpeé con la palma la madera blanca y grité. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? ¿Cómo podía haber estado tan ciega tanto tiempo? ¿Por qué había dejado que los remordimientos me atormentaran de aquella manera? ¿Por qué no había dejado de culparme a mí misma por destruirlo todo? Yo no había sido la única culpable. ¿Por qué había sido tan débil?
Me encaminé hacia el dormitorio. Cogí todas las fotos que tenía con Víctor, el tabaco y el mechero. Este último fue el primero en salir volando por el balcón. Seguidamente, el paquete de cigarrillos a medias y por último, una a una, las fotos de la que había sido una de las persona que más había amado en mi vida. Los marcos y los cristales reventaban al golpear contra el suelo del descampado que tenía frente a mí.
Quizás me había equivocado. Tal vez tenía que haber quemado todo y tirar después el mechero. Pero ya poco importaba.
Me quité la ropa empapada y me di una ducha larga y caliente. Cambié las sábanas por unas limpias y me metí en la cama. Por fin, después de muchos meses, tuve una noche tranquila sin tormentos ni fantasmas.

lunes, 21 de octubre de 2019

Debilidad


No puedo creer que lo haya hecho. No puedo creer que de verdad haya sido capaz de quitarse la vida.
Me siento sobre uno de los bancos de piedra del parque. Víctor se sienta a mi lado y frota mis brazos para hacerme sentir reconfortada. Sabe que ahora mismo estoy helada por dentro.
—No te martirices…
Reviso con ansia los mensajes. Aquí están. Hace dos días que León dio su último aviso. Quería que fuera a verle. Quería pasar la tarde conmigo. Me dijo que me necesitaba. Y yo simplemente le ignoré. Aquellos mensajes… aquellos mensajes fueron su último grito de auxilio. Y yo…
—¿Cómo ha sido? —pregunto, a media voz. Las lágrimas ruedan por mis mejillas. No puedo contener el llanto.
Víctor se encoge de hombros. A él no le importa lo más mínimo lo que haya pasado con León, pero sí que le importo yo. Sé que no quiere hacerme daño.
—Necesito saberlo. Por favor… —imploro.
—Sobredosis —escupe—. Lo ha encontrado el casero. Le dio un ultimátum para pagar el apartamento y fue a buscar el dinero.
—¿Dónde se lo han llevado?
—Al parecer sus padres aún seguían manteniéndolo en la póliza del seguro, así que lo han llevado a una funeraria de las afueras. Mañana lo enterrarán.
Asiento. No puedo asimilarlo. León se ha quitado la vida. Ha acabado cediendo. Sus debilidades han acabado venciéndolo.
—¿Ellos van a ir? —pregunto, pero ya sé la respuesta. Hacía muchos años que los padres de León se habían desvinculado de él. Lo habían apartado de su familia prácticamente a patadas.
—El casero no los ha mencionado para nada. Solo me ha dicho lo del seguro.
Asiento de nuevo. No dejo de imaginarme a León sentado al borde de la cama. Con la jeringuilla en la mano. Cargada con el doble de la dosis que su cuerpo puede soportar. Sabiendo que cuando empuje el émbolo y el líquido se incorpore a su sangre no habrá vuelta atrás. Sabiendo que sus padres no derramarían una lágrima por él. Sabiendo que yo no he querido saber nada de él cuando me necesitaba. Sintiéndose vulnerable y débil. Y esperando que no fuera demasiado doloroso. 
—¿Por qué lo ha hecho?
—¿Quién sabe? Nunca ha estado muy bien de la cabeza.
Le dirijo a Víctor una mirada encendida y él enmudece. Sabe que lo que ha dicho está mal, pero no me pide perdón. Simplemente me ayuda a levantarme. Quiere que vaya a casa y me cambie para ir al tanatorio.
Lo odia, me prohibió volver a verlo si quería mantener nuestra relación y aun así quiere que me despida de él por última vez. Víctor no es malvado, simplemente quiere lo mejor para mí. Para ambos. Sabe que soy débil y por eso debe llevar la voz cantante. Sabe que necesito que me dirija.
Sabe que lo necesito.

domingo, 20 de octubre de 2019

Leyendas


Hoy, como todos los años en esta fecha, hemos decorado el interior de las casas con calabazas y velas. El olor a incienso y flores inunda nuestros cálidos hogares. Hemos hecho dulces, galletas y bizcochos, con harina, leche y miel, en abundancia, para cuando los niños de las otras brujas vengan a buscarlos. Debe haber suficiente para todos.
—¿Puedo comer algunos más, mamá? —me pregunta Niall.
Sus ojos oscuros me miran con inocencia y ternura. Sonríe. Sabe cómo tiene que pedir las cosas para salirse con la suya.
—Aún es pronto. Tenemos que dejar dulces para Evelyn y Olivia.
Le tiendo la mano y lo llevo hacia el fuego. El pequeño se sienta con las piernas cruzadas. Me sigue mirando. Sabe que siempre que lo llevo hacia la chimenea es para contarle alguna de mis historias.
—¿Has oído hablar sobre La danza de Breogan?
Niall sacude la cabeza. Sus ojos me ruegan que me siente con él y le cuente aquella leyenda. Y así lo hago. Mi niño se acomoda en mi regazo y contempla el fuego mientras le acaricio el cabello negro como la noche. Sé que va a escucharme atentamente. Siempre lo hace.
—Había una vez, un leñador llamado Breogan. Era un hombre fuerte al que le encantaba beber y bailar. Una noche como hoy, mientras cazaba, vio a un grupo de gente vestida con ropa elegante y con el rostro pintado con líneas blancas que llevaba cestas repletas de bizcochos, frutas y miel. Iban cantando y bailando. Tenían instrumentos brillantes y parecían muy felices.
>>Breogan, curioso, se acerco a todas aquellas personas. Una de las chicas, lo tomó del brazo y le pasó su cesta. Él, orgulloso, no se lo pensó dos veces antes de aceptar su oferta y los siguió. Conocía las canciones y también los bailes. Había bailado durante toda su vida alrededor de la hoguera hasta el amanecer y aquel día no iba a ser diferente. Bailó hasta que sus fuerzas menguaron y entonces se retiró a descansar a los pies de un gran árbol mientras comía un poco de bizcocho de calabaza.
>>La chica que le había invitado a asistir a aquella fiesta se acercó entonces hasta él. Le sonrió y se sentó a su lado.
—¿Aún no sabes dónde estás? —le preguntó— ¿No te acuerdas de mí?
>>Él negó con la cabeza. Era cierto que los rasgos de aquella muchacha le eran familiares. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no la veía. Ella le sonrió de nuevo y le murmuró su nombre al oído.
>>Inmediatamente, el rostro cuadrado de Breogan palideció. Recordaba claramente a aquella chica. Le había dado el último adiós al principio de aquel mismo año. Y también había asistido a despedirse de todas aquellas personas que bailaban con él durante la noche. Eran algunos de sus vecinos que ya habían fallecido.
>>Los espíritus se burlaron de él, lo acorralaron y no lo dejaron escapar. Breogan se desmayó al sentirse acorralado.
>>Nada más salir el sol, el joven cazador despertó en el centro de un círculo de piedra.
—¿Cómo el que hay detrás de casa? —pregunta Niall.
Asiento y le acaricio el cabello. No sé si es demasiado pequeño para contarle una historia como esta. Solo tiene cinco años.
—Como el que hay detrás de casa— sonrío—. La fiesta a la que Breogan asistió fue la fiesta de los espíritus. Durante el Samahin, salen al bosque y son poderosos. Por eso nosotros nos disfrazamos como ellos, encendemos hogueras para evitarlos y les ofrecemos dulces y otras cosas para comer.
—¿Así acaba la historia?
Asiento y él sonríe. Rápidamente se pone de pie y va hacia la mesa donde está preparada la comida. Coge un puñado de galletas y se encamina hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —pregunto.
—Afuera. Quiero poner comida para que vengan los espíritus. Quiero ver uno.
Me pongo de pie y le sigo. Le sonrío. Es un niño excepcional.
—Vamos, cariño. Aunque no te entristezcas si al final no viene ninguno.

sábado, 19 de octubre de 2019

Luz


—¿Es que no me escuchas? ¿Julia? ¡Julia!
Levanto la vista hacia tu rostro. Pareces muy preocupado. Tus ojos arden. Has parado el coche en mitad de la nada. En medio de ninguna parte. Aún queda mucho para llegar al centro de la ciudad. Para llegar al apartamento que me dejaste como si se tratara de limosna. Seguimos en los suburbios. Mi territorio. Ninguna parte.
—Has estado a punto de matarte. ¿En qué estabas pensando?
Me encojo de hombros. No sé en qué pienso. Hace semanas que no pienso en nada. Ni en nadie. Simplemente hay vacío. Inexistencia. Soledad. Miedo. Y quiero dejar de sentir todas esas cosas. Quiero dejar atrás esos sentimientos que me hieren.
—En desaparecer… —murmuro.
Las gotas de lluvia siguen golpeando la luna del coche. Los limpiaparabrisas siguen su vaivén, ajenos a la tensión que se mantiene en el interior del habitáculo del coche. Me miras. Te has quedado sin palabras. Quizá nunca te imaginaste que fueras a verme subida sobre la baranda del puente, dispuesta a saltar al cauce seco. Tú nunca habías visto el abismo. Tampoco lo habías sentido. Ni habías escuchado su llamada.
—Ojalá me pareciera más a ti. Tú siempre sabes lo que tienes que hacer.
Suspiras y acaricias el volante con las manos.
—Ahora mismo no sé qué hacer. No sé qué decir. Volvía de camino a casa y te he encontrado subida al puente a punto de…
Sonreí. Le costaba reconocer que había querido suicidarme.
—Puedes decirlo. No va a cambiar nada.
—No quiero decirlo. No quiero que vuelva a suceder algo tan horrible. No si puedo evitarlo.
Me río con ganas después de mucho tiempo. La situación me parece demasiado cómica. En más de un año no te has preocupado por mi bienestar. Me has evitado por todos los medios posibles. No has contestado a mis llamadas. Me has menospreciado. No te ha importado verme hundida. No te ha importado mi dolor. Hasta que todo te ha estallado en la cara.
Frunzo el ceño. Y te miro. Un interruptor ha girado en mi cabeza.
—Yo no necesito tu ayuda.
Parpadeas un par de veces.
—¿Cómo dices?
—Que no necesito tu ayuda. No ahora. Ni ahora ni nunca.
Abro la puerta del coche y salgo a la lluvia. Gritas a voces mi nombre. Me llamas. Pero me da igual. Me enfureces. Tu dolor falso. Tus lágrimas al verme en el puente. Tu hipocresía. En todo este tiempo no te he importado lo más mínimo. Y ahora insinúas que soy importante para ti. 
El dolor ha dado paso a la ira. Ardo por dentro. Mi sangre hierve en mis venas, martillea en mis oídos. Estoy furiosa.
—¡Julia!
—¡Que te den, Víctor! ¡Ahora y siempre! ¡Olvídate de lo que has visto hoy! ¡Haz como que no existo! Como has hecho todos estos meses. ¡Ni se te ocurra seguirme!
Me calo la capucha de mi sudadera y meto las manos en los bolsillos. Sigue lloviendo y la lluvia me empapa. Pero me da igual. No tengo tabaco. Pero me da igual. Todo me da igual.
La luz de las farolas ilumina mi camino. Las manos que tiraban de mí, la oscuridad que me rodeaba, ha quedado en el interior del coche. Envuelven a Víctor, que me mira con ojos entristecidos. Le saco el dedo corazón y le sonrío. Su sombra no volverá a perseguirme nunca más.

viernes, 18 de octubre de 2019

Mitología


Esta noche he tenido un sueño extraño. Estaba sentada en el círculo de piedra, con las piernas cruzadas. Frente a mí ardía una gran hoguera de color verde claro. Estaba tan cerca que podría haberme quemado con las llamas de colores y sin embargo, el fuego era templado. Cálido. Acogedor. Inspirando, cerré los ojos y me dejé embriagar por el perfume que desprendían las llamas. Romero. Flores silvestres. Canela…
Poco a poco, abrí los ojos. La luz de la hoguera había menguado. Y yo no quería que se apagase. Quería que siguiera ardiendo y alimentara mi energía tal y como lo estaba haciendo.
Me sobresalté y di un ligero respingo. Frente a mí ya no ardía un gran fuego, sino que se encontraba un hombre de piel tostada, con la espalda, los brazos y las caderas cubiertas de vello pardo. Tan solo llevaba unos pantalones anchos de color crema y sus pies, cubiertos de pelo, estaban descalzos. Estaba sentado con las piernas cruzadas y los las manos enlazadas sobre el vientre. Sus ojos eran de un color verde intenso y su sonrisa, enmarcada por una barba larga, era tierna. Sobre su cabeza, se erguían unos grandes e imponentes cuernos de ciervo.
Tenía frente a mí a Cernunnos. El Dios Verde.
Me quedé sin palabras. Petrificada. Era tan real que jamás habría imaginado que soñaba. Con elegancia, el dios se incorporó y dio un par de pasos hacia mí. Me tendía su mano derecha, por la que reptaba una serpiente plateada. Yo la acepté y me levanté. La serpiente fría y húmeda se enroscó en mi muñeca.
Los ojos del dios quedaron muy por encima de los míos, así que tenía que agachar la cabeza si quería mirarme fijamente.  Pronunció algunas palabras es un idioma arcaico que yo no comprendía y entonces se arrodilló frente a mí. Con suma delicadeza, tocó mi vientre con las puntas de sus cuernos. Inmediatamente, un calor sofocante se apoderó de mi cuerpo.
Y entonces desperté.
Leonard roncaba junto a mí, tumbado de medio lado. Su cuerpo moreno estaba bañado por la luna creciente que se colaba por la ventana. La estancia seguía cálida a pesar de que en la chimenea solo quedaban cenizas. Con cuidado de no despertarle, me incorporé sobre el lecho y miré por la ventana. Aún esperaba ver a aquel dios con cuernos de ciervo pululando por los árboles que rodeaban la cabaña.
Sonreí y acaricié mi vientre. Si mi sueño era acertado. Si había sido una premonición. En nueve lunas, Leonard y yo tendíamos un niño en nuestros brazos.

jueves, 17 de octubre de 2019

Pisadas


Uno de los bibliotecarios me ha pedido que me marche pronto. Están a punto de cerrar, pero yo estoy demasiado concentrada en mi trabajo como para dejarlo ahora. No morirán si se van cinco minutos más tarde a casa.
Hace tiempo que encontré el viejo diario entre las antigüedades del mercadillo de verano. Apenas era legible, pero, gracias a mi esfuerzo y mi dedicación, he conseguido restaurarlo parcialmente. El pequeño manuscrito habla sobre una mujer nacida en la bretaña francesa: Julliet; y su relación con la magia y el esoterismo durante la segunda mitad del siglo XVII. Está escrito en francés y en inglés, hecho que ha entorpecido considerablemente mi tarea.  
Su historia me fascina. Julliete era una mujer inteligente. Dominante. Atrevida. Con cada palabra que traduzco, con cada párrafo que consigo leer me acerco más a ella, a su forma de pensar y relacionarse con el mundo que la rodea. Con cada frase me siento más cerca, casi como si la tuviera a mi lado, contándome su historia. Es una persona mágica y valiente. Creativa. Un referente para mí. Un ejemplo a seguir. 
Los bibliotecarios tosen y empiezan a hablar prácticamente a voces mientras colocan los libros, que hay sobre el carrito de devoluciones, en las estanterías. Es hora de volver a casa. Cierro el diario con sumo cuidado y lo introduzco en el interior de la mochila, entre el portátil y mis cuadernos de notas. Saco el móvil y salgo por la puerta de la sala hacia la entrada.  
Tengo cinco mensajes. Uno es de Víctor, me pregunta cuándo voy a volver a casa, los otros cuatro de León. Ha vuelto a meterse en problemas. Debe dinero y quiere que se lo preste, pero no voy a volver a caer en esa trampa. Él volverá a gastarse el dinero en drogas y querrá compartirlas conmigo. Ya no voy a volver a dejarme embaucar ni una vez más. Quiero ser fuerte y no seguir sus pasos o acabaré tan mal como él. Deslizo con el dedo sus mensajes para hacerlos desaparecer y me concentro en el mensaje de Víctor. Le contesto que estoy a punto de llegar y guardo el móvil.
Ha llovido y hay barro al salir del edificio. Alguien ha pasado por ahí con unas botas grandes. Las pisadas están encharcadas. Salto sobre ellas y las sigo, como si se tratara de una rayuela. Parecen que han sido colocadas ahí para mí. Quizás Julliete ha venido a visitarme y ha dejado su rastro. Sonrío.
Soñar nunca está de más.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Realidad


Estoy de pie, frente al espejo. Esa persona, al otro lado, no soy yo. Está demasiado delgada. La ropa le cuelga de los brazos huesudos y los pantalones apenas se sujetan en la cintura. Tiene los ojos hundidos y el cabello pajizo y seco. Está triste. Y desgastada. Pálida. Muerta.
Me siento poco a poco sobre el suelo frío y la chica del espejo también lo hace. Me mira. Yo la miro a ella. Muevo un brazo y ella me imita. No parpadeo. Quiero soprenderla haciendo un movimiento distinto. Decirle que ha fallado a la hora de seguir cada uno de mis pasos. Esa chica no soy yo. No es mi reflejo. Yo no puedo tener un aspecto tan horrible.
Me enciendo un cigarrillo. Ella tiene otro. El humo que sale de sus pulmones es exactamente igual al que sale de los míos. Sus ojos pardos, febriles y húmedos, idénticos a los que arden entre mis párpados. Me duele la cabeza. Quizás a ella también le duela y, al igual que yo, no mueva un solo músculo para evitarlo. Hace días que el médico me recetó algunos medicamentos para el resfriado. Sin embargo, he decidido no tomarlos. Dice que son seguros. Me ha recalcado que no me harán ningún daño, aunque tome una pastilla —comprimido lo llama él— tras otra. Así no me interesa medicarme. Al menos el tabaco me mata lentamente.
La puerta de la entrada se abre. Se escuchan unos pasos por el pasillo, pero yo prefiero no moverme. Solo hay una persona a parte de mí que tenga la llave del apartamento y me ha dejado claro más de una vez que no quiere volver a verme. Los pasos se acercan, Cada vez están más cerca del dormitorio. De mi pequeño refugio. Se detienen a mi espalda. En la puerta.
—Pensaba que no estabas aquí —dices. Tu voz es muy fría.
Yo simplemente me encojo de hombros. Tengo la vista clavada en las manos huesudas de la chica del espejo. En sus nudillos pálidos y despellejados.
—Se suponía que hoy ibas a estar fuera. Que me ibas a dejar recoger mis cosas en paz.
—No voy a molestarte… —murmuro—. Puedes hacer lo que quieras.
Entras dentro y abres el armario. Escucho cómo corres la cremallera de la maleta y empiezas meter toda tu ropa dentro. También tus libros, tus discos, todo lo que alguna vez fue tuyo y quisiste compartir conmigo. Cierras de nuevo la cremallera, rápidamente, con un sonido agudo. Colocas la maleta en el suelo y la arrastras. Hasta que quedas detrás de mí. Veo tus botas en el espejo. Están relucientes. Tú siempre has sido reluciente. Das media vuelta y te marchas. Sin decir ni una palabra más. Tus pasos resuenan con fuerza en el pasillo. La puerta se abre. Pasas. Y la cierras con un portazo que me estremece.
No puedo moverme. Estoy paralizada. No puedo hacer nada. Tan solo temblar. Me enjugo lentamente las lágrimas con la manga de mi sudadera y levanto la vista. La chica del espejo también está llorando. Sus ojos están enrojecidos. También sufre tanto como yo. Acaricio con cuidado la fría superficie del espejo. Quizá sí sea mi reflejo.  Quizás haya dejado de soñar. No puedo escapar de las pesadillas despertando. Todo es real.
Tan real que hiere en lo más profundo del alma. 

martes, 15 de octubre de 2019

Magia


La hoguera arde en el centro del claro. Estamos sentados en corro. Seis mujeres y tres hombres. Nueve personas. Con las manos cogidas. Mirando hacia el cielo estrellado. Esta noche comienza el reinado de la oscuridad. El inicio de la fase más oscura de la tierra. El verano ha muerto. El sol se esconderá en las tinieblas. Las cosechas no crecerán. Pronto caerá la nieve. Y aún así estamos de celebración, con las caras pintadas de blanco para que los malos espíritus se alejen de nosotros. Apartándolos de nosotros gracias al fuego purificador. Celebramos la vida a través de la muerte. La llegada del invierno. Estamos felices. Cantamos, cogidos de las manos. Rezamos a nuestro modo. A nuestros dioses. A los dioses de los renegados. Si nuestros vecinos supieran… Si supieran nuestras creencias no nos dejarían bailar junto a la hoguera. Nos arrojarían a ella.
La fiesta es larga. Es nuestro año nuevo. No solo nuestras voces cantan al unísono y forman una melodía hermosa y cohesionada. Una flauta y un tambor nos acompañan. Elisse y Carl son expertos. Tocan como auténticos profesionales. Son dos nobles. Dos personas que no debían estar aquí, pero lo están y nos consideran iguales. Somos iguales para ellos y eso nos enorgullece. No todas las personas se dejan corromper por la plata y el oro. 
Después de los bailes, me dejo caer exhausta entre las raíces de un gran olmo. Leonard se ríe de mí a lo lejos mientras charla con Marie y Viktor se ha marchado para beber algo.  Nosotros tres fuimos los que iniciamos esto, los que encontramos a las demás brujas y las iniciamos en nuestros rituales. En los cristales, los aceites, las hogueras, los cánticos. Y estamos orgullosos. Mucho.
—¡Julliet! —exclama Louise. Viene por el camino agitando los brazos. Está cubierto de sudor— ¡Es una niña, Julliet! ¡Es preciosa!
Me puse en pie y le di un gran abrazo. Louise había sido el primer hombre que se unió a nosotros. Y con él su esposa Helena. Y ahora su hija también sería parte de la familia. Cada vez éramos más. Cada vez éramos más fuertes, más poderosos.
—Deberíamos hacer algún hechizo de protección. Voy a coger algunas cosas y llevaré a Leonard conmigo. Él sabe de esto.
Louise asiente. Su sonrisa es tierna. Está muy feliz. Por fin su hija ha llegado al mundo. El nacimiento es un momento increíble, cargado de energía, de magia. Y aún más el día de Samhain. Un día en el que la muerte vence a la vida, la vida ha vencido a la muerte. 
—¿Cómo va a llamarse? —pregunta Viktor, que llega entonces.
Él sonrió de nuevo.
—Diana. 
—Un nombre muy acertado —dice Leonard y le da una palmadita en la espalda—. Julliet y yo recogeremos algunas hierbas e iremos a vuestra casa. Esperadnos.
Louise se marcha por donde ha venido y nos deja solos. El resto de las brujas ya comienzan a marcharse y a despedirse de nosotros. Para ellos la noche ya ha acabado, pero nosotros no. Aún nos queda un ritual que completar. Una nueva vida que proteger frente a la maldad y la podredumbre del mundo que la rodea.
Leonard vuelve con las hierbas pronto. Me da la mano y tira de mí. Yo tomo la manga de Viktor y los tres comenzamos a correr por el sendero polvoriento entre risas y bromas.

lunes, 14 de octubre de 2019

Lectura


He vuelto. La luz tenue de las lámparas. La calidez de los pasillos. El olor a libro nuevo. No es la primera vez que vengo a la biblioteca. En realidad, llevo todo el año acudiendo a esta pequeña estancia repleta de libros con la esperanza de volver a cruzarme contigo.
Nos vimos por pura casualidad. Llegué a la biblioteca sudando y completamente empapada por la lluvia. A causa de mi mala cabeza, había olvidado el paraguas en casa y me vi obligada a correr desde la parada de autobús más cercana hasta la entrada del edificio. Había acabado calada hasta los huesos, pero aún así decidí entrar y sentarme cerca del radiador. Ni siquiera cogí un libro. Me dejé caer con cuidado sobre la mesa, jadeando por el esfuerzo.
—¿Estás bien?
Levanté poco a poco la vista. Estabas sentado frente a mí. Tus ojos verdes se encontraron con los míos. Unos ojos que me recordaron a algunos otros que había visto antes. En un sueño. Me sonrojé y tú sonreíste. Bajé la mirada. Pensaba que ibas a burlarte de mí.
—¿Necesitas algo?
—Estoy bien —contesté secamente.
Ese día no continuamos la conversación.
Tras el fin de semana, volvimos a coincidir. Volvimos a sentarnos cerca, esta vez el uno junto al otro. Más bien, tú buscaste sentarte a mi lado. En un principio, me molestó. Preferí ignorarte y eso hice durante las siguientes semanas. Sin embargo, tú volvías a mi lado. Una y otra vez. No te cansabas de intentarlo. Y yo no me cansaba de ignorarte. Hasta que desapareciste. Hasta que me di cuenta que necesitaba que estuvieras ahí para concentrarme en los libros. Tu sola presencia me hacía sentirme diferente. Me hacía sentirme bien. O al menos, algo mejor.
Y por eso he vuelto. Para encontrarte. Para volver a sentarme a tu lado y tal vez preguntarte por qué te has ausentado. Si has encontrado algo mejor que hacer que estudiar en una biblioteca ruinosa de un barrio a las afueras de la ciudad.
Doblo la esquina y vuelvo a mi sitio. El de siempre. Y esta vez estás ahí, esperando. Leyendo un pequeño libro de cubierta azul. El corazón me late con fuerza en el pecho y la sonrisa se me ensancha. Has vuelto.
Me siento con cuidado a tu lado y te sonrío. Tú me devuelves la sonrisa. Tienes un brazo vendado.
—¿Por eso no has venido a estudiar? —pregunto, mirando tu cabestrillo.
—Me atropellaron al salir de la biblioteca —confiesas, con un suspiro—. Pero ya estoy bien. No quedan secuelas.
—Lo siento… —murmuro. Me he quedado blanca de la impresión. Jamás habría imaginado lo que en realidad le había pasado.
—Gracias.
Me sonríes y vuelves a tu lectura.
—Por… por cierto —balbuceo. La sangre me martillea en la cabeza. Estoy muy nerviosa—. ¿Cuál es tu nombre?
Levantas la vista. Estoy segura de que esos ojos los he visto antes.
—Pensaba que nunca ibas a preguntármelo —sonríes de nuevo y yo me sonrojo—. Me llamo Víctor. ¿Y tú?
—Julia.
Me sonríes y vuelves al libro. Suspiro y cojo aire. Después de decirte mi nombre me siento más libre. Más feliz. 
Presiento que esto solo es el comienzo. 

domingo, 13 de octubre de 2019

Fantasmas


Aún me pesan esos recuerdos. Aún me pesan esas palabras. Los fantasmas del pasado aún me persiguen. Manos invisibles que me arrastran. Bocas invisibles que se ríen y se burlan de mis decisiones. Lenguas bífidas y húmedas que susurran palabras envenenadas en mis oídos.
Camino por la calle con la cabeza gacha como un autómata. Han pasado muchos años, pero aún tengo miedo. Aún me aterra pasar por aquel lugar. Me aterra encontrarme con alguno de ellos y que su recuerdo fantasmal adquiera forma corpórea, se vuelva de carne y hueso. Y se ría. Y vuelva a decir mi nombre. Y vuelva a pensar lo que pensaba.
Para ellos no he cambiado nada. Ellos no han cambiado nada para mí. Siguen siendo los mismos niños que se reían, que hablaban, que se burlaban, que me apartaban… Suspiro. Por suerte, a mí nunca me tocaron. León me dice que hay quien lo pasó peor. Él lo sabe bien. Sus cicatrices y algunos de sus huesos rotos se lo recuerdan a diario. Y aún así sigue luchando. Seguimos luchando por vencerlos. No a ellos, sino a su recuerdo, al dolor, al remanente invisible que aún conservamos en nuestra memoria. En nuestro subconsciente.
—¿Vas a ir? —me pregunta, muy serio.
—Víctor me ha dicho que podría ser bueno para mí —murmuro, poco convencida.
Él frunce el ceño y sigue mirando hacia abajo. Estamos sentados sobre el río. En el puente destartalado de las afueras. Nuestras piernas cuelgan sobre el agua turbia.
—Si te dijera que saltaras sería bueno para ti también lo creerías. ¿Qué sabrá él?
—Ya no somos niños. No es lo mismo.
—No. Somos adultos que es peor.
Me encojo de hombros. Los adultos tienen otras normas de comportamiento. Están más encorsetados. No nos harán ningún daño. Eso es lo que Víctor me ha dicho al menos. Sus palabras me han dado aliento.
—¿Entonces no vas a venir conmigo?
—Antes prefiero subirme a la barandilla y saltar…
Sonríe. Está bromeando. Al menos eso espero.
—No me hace ninguna gracia.
—A mí tampoco. ¿Entonces le vas a hacer caso? ¿Vas a olvidarte de tu instinto?
Asiento poco a poco. No me faltan ganas de salir corriendo y olvidarme de la situación. De quedarme en casa metida entre las sábanas. Olvidarme de que todos mis fantasmas se reunían entre ellos. Olvidarme de que tengo que enfrentarme a sus formas corpóreas. Sin embargo, Víctor me había convencido para bailar entre ellos. Debía integrarme. Debía vencer al pasado. Debía volverme más fuerte.
Vuelvo a mirar a León. Él se ha hecho fuerte. Ha crecido y mucha gente le teme. Sin embargo, dentro de él sigue latiendo el mismo niño asustado que volvía con la ropa rota, sin libros y con heridas a casa. Sus cicatrices, como las mías, siguen ahí, bajo la piel. Y nuestros fantasmas siguen atormentándonos. Por muy fuertes que finjamos ser.

sábado, 12 de octubre de 2019

Nostalgia


Hoy no he podido salir de la cama. No es que no quiera, es que no tengo fuerzas. Las cosas del día a día son demasiado para mí. Cualquier actividad, por pequeña que sea, se me hace un mundo. Me crea ansiedad. Me paraliza. No soy capaz de gestionar mis acciones, mis necesidades, mis emociones. Soy una completa inútil.  
Enciendo un cigarrillo y lo fumo sentada, con las sabanas enrolladas en las piernas, mientras miro por la ventana manchada por la lluvia. 
He escondido algunas de tus fotos, otras las he quemado. Las de León las he borrado de la memoria del móvil. Ya no tengo nada que me recuerde a vosotros. Vuestra presencia constante mata poco a poco, me recuerda que ya no estáis conmigo, que no sois más que historias del pasado. Me faltáis en lo más profundo de mi alma, me hacéis tanta falta que duele.
Os veo en mis sueños, casi os puedo sentir en ellos, como si aún no os hubierais ido. Sois una pieza fundamental en mí, en el agujero tan hondo que siento en el pecho y que no tiene cura. 
Sin embargo, es inútil que aparte vuestra imagen de mis ojos. El humo del tabaco, las estrellas en el cielo, las grandes jaulas de acero y cristal que me aprisionan, las flores, los libros, la cerveza, el café. Todo me recuerda a vosotros. Cada uno era único. Cada uno a su manera. Y me completabais. Me hacíais una persona completa.
Le doy otra calada al cigarro y dejó salir poco a poco el humo. Me froto el rostro con la palma de la mano. Intento desperezarme. Sacudirme de encima esta sensación tan desagradable que me agarrota y me hunde. Pero no puedo.
Vuelvo la cabeza hacia el pasillo. Quizás debería ir a la cocina y comer algo. Recuerdo. No me queda nada en la nevera. Poco importa. Tampoco tengo hambre. Hace días que no he probado bocado. Hace semanas que no salgo. Hace meses que no soy yo.
Hace años que no respiro.
Ya no soy yo misma. Ya no sé quién soy.
Bajo la cabeza y las lágrimas recorren mis mejillas como dos arroyos finos y transparentes. Os echo de menos, pero también me echo de menos a mí misma.